La broca
Cuando me bajé del tren la gorra estaba pintada de rojo en la base. Me quité la gorra, me metí a la ducha con el resto de la ropa puesta y saqué un jabón pequeño de su bolsa plástica. Cuando terminé de bañarme, a la media hora, la ropa ya se había secado, pero yo aún pintaba todo lo que me pusiera en la cabeza de rojo. Todo, todo pintado de rojo. Estaba sudando cobre. Me puse a pensar por qué estaría sudando cobre. Me puse a pensar si tenía que ver con el dolor inferior; el del hígado cansado o el de mis pies que se tuercen hacia adentro, los que no me dejaban patear con comba ni bailar merengue con puro borde interno, así, como mi papá (rey merenguero introvertido). Pensé que lo que sentía eran los dolores de la pastilla que no me tragué. Los dolores de la comida que guardé atrás de las muelas. La que guardé porque las vitaminas pueden ser útiles después, después y otro día, en mi conteo de calorías del día anterior. Me acordé del tren, me acordé de cómo quemaban lo...