2.2.2-balcón

Para Babaleria, aprecio.

 

Pegado en el espacio entre el techo y la ciudad salgo yo, numerado, hacia el más al frente de mi puerta, al culo de otro lugar que no ha empezado (que ya se perdió para siempre sin mí) y otra vez espero, espero los segundos que hagan falta y espero la pared (tampoco).

Espero numerado que llegue el sonido de la calle. Espero espléndido la columna de los pajarracos que vendrán al balcón con su pico untado de mango.

Lindos.

Y dan ganas de lamerles el pico y pegarlos a todos con un alicate para hacer una cadenita de pájaros, de pájaros cantadores para usar como despertador, como orquesta de bolsillo y como parlante para esos temazos, los de la playa atrás de la montaña con la rubia esa. La rubia, la que repite, en todo su cuerpo y más atrás, que quiere salir. Salir al mar. Salir a un tubo y a la calle frontal de mi barrio donde hay un potrero, una moto que se volvió un carro y un palo de mango que los pajarracos se comen: al frente, el culo.

Y cuando se cruza la puerta y hay un sonido que está abajito de la calle, como la imitación fácil del mmmmmm (se utiliza la letra m repetida porque la idea es que suene como un murmullo) pero inferior a los carros.

Y salir. Salir sin salir.

Y en las tiendas de vestidos las señoras hacen trajes de papel que cuelgan en puntillas. Cada quien pasa, sonríe, y se toman la foto tipo documento (muy elegante) en el traje de papel. Cortan con los dientes lo que queda de rollo (el papel) y junto a la construcción y la tienda y el potrero una inclinación del viento, de la luz, del aguacero de tierra caliente que cae a esta hora, un edificio con esqueleto naranja.

Lo que queda, un papel más oscuro al contacto con la boca.

Y en el balcón que no sale y que empuja empieza ahí otra pregunta. Una pregunta que tengo yo en la punta de mi corazón y me hace desconocer de la palabra para ser feliz, la palabra de la pregunta de la gente deliciosa que es deliciosa porque no está en mis dientes, de los cagones, de tantos escritores cagones que sólo hablan de sus buenas intenciones como si el mundo fuera el objetivo de la belleza. Maricas. Marica no de gay porque me caen bien los gays sino marica de idiotas. Maricas porque el mundo ya es lo suficientemente hermoso sin la mediación de lo que se le debe cambiar, sin su culpa por no ser Dios y en cambio ser unos cagones agentes de la paz. Pendejos. Como si cambiar el mundo importara de algo y entonces todo esto pasa al frente (no atrás) porque atrás está el balcón.

Y a los lados lo que queda de la ciudad cuando espera que baje la rubia de la playa atrás de la montaña. Mamacita. Que se llama algo así como Wung Gao y yo intuyo que ese es su nombre porque yo sólo conozco las palabras nombre, ser, poseer, esto, derecha, izquierda, azúcar, picante, arroz, pollo, pescado, salsa y bolsa.

Y entonces, como eso es lo que creo que es su nombre y como también sé que Gao es similar a “khao” que viene a ser arroz y se pronuncia con la anticipación gutural del gaznate que no chilla, entonces la rubia (mamacita) se llama Wung “arroz” y es el tubo oculto de una noche y el contenedor de todo lo que ella quiera decir y meter y guardar y expandir como una alcancía (más, más arriba) pero la casa no sale porque la casa es recta (al frente) y la señorita Wung utiliza una cartera con un monacho colgante, un habubu o habibi o wuwuwu o como sea que se llame ese demonio horrible que tienen todas las peladas playeras atrás de la montaña en sus bolsos (esos monachitos) que saltan en la televisión y salen en la publicidad de la clínicas de testosterona del señor Priyath, militar golpista y amigo cercano al rey elefante, para reponer la estabilidad masculina de todos los hombres de Asok a los que les bajó la testosterona.

Y que dizque se supone que por eso son miserables.

Y el señor Priyath también vende criptomonedas que él mismo inventa con su sobrino, un pajero antisocial que vive en Singapur, y vende muy bien esas criptomonedas porque son imágenes coleccionables de nuestro señor Buda revolviendo un cuenco vacío.

Me pregunto. Hago la pregunta. ¿En la montaña? Tampoco

Creo que atrás no se sabe y que si se llegase a saber el revuelto de la ciudad no dejaría ver otra cosa (los habubus esos que tapan las nubes) y cuando llueve o llega el monzón es que mi amiga me llama desde por allá, desde atrás de la montaña, para decirme “Llegó el mozo” y yo le explico que “mozo” y monzón son evoluciones del mismo concepto (expandido) de un círculo incompleto que se establece en la cabeza de las personas y que les hace ver figuras rápidas, estructuras con colores que van alternando como un patrón, como la textura de un tapete que entra y sale de la noche por el ojo y del ojo a un cuerpo delicioso. Uno. Uno y todos los cuerpos fantásticos que van cayendo de la nube y se meten en los habubus para poseerlos (monachos horrorosos) que le drenan la verraquera al señor Priyath, a su sobrino que colecciona estatuas de plástico de hatsune miku con tentáculos en el culo y al gran hijueputa rey elefante, el perdido, que me empuja desde la puerta para que no se despachurre el edificio que cuelga (como una teta sujeta por un nervio) de la llegada o no de los pájaros que comen mango, de la temporada de mozones y de la repetición visual (en la televisión, en las partículas numeradas de los algoritmos) de mi casa con su silencio basto. Aplaudida. Con algo atrás que no es un balcón y no se me escapa. No se escapa porque la letra del deseo es la vida del tubo (otro) y sin nombre le tiro la pepa de mango al rey elefante que me estira la mano y hace el gesto de la pinza pequeña, los dos dedos, la ofensa que le hizo el rey calvo a la serpiente del Mekong cuando ella le dijo que su nombre era Naga (protectora a la que debo mi vida, repetición amorosa) y que sus sueños eran mandatos ocultos, que cubriría al rey calvo de la lluvia durante la temporada de los mozos.

Los habubus son feos. Mamarrachos que se cuelga Wung Arroz en la oreja derecha, la que aún le queda. Le comento a la señorita Wung que mi abuelo tenía un amigo. El amigo de mi abuelo perdió una oreja en la guerra de Rojas Pinilla contra los que le decían maricón (por cobarde más no por gay) y entonces el amigo de mi abuelo volvió al Olaya con una medalla y sin una oreja.

Mi abuelo decidió llamar a su amigo sin oreja “Pocillo”. Le explico a la señorita Wung que pocillo es cuenco para tomar bebidas calientes, vaso, contenedor, tubo cerrado en una punta. Ella se ríe y yo sé que eso significa que me detesta. Que le doy asco y que no volverá a hablarme nunca más. Naturalmente, la señorita Wung no dice de frente lo que piensa.

El rey calvo tampoco sabía decirle a la Naga (venerada protectora de mis ojos cuando duermo) que se le estaba metiendo agua por el culo, que le dolía el sieso y los cuadriles por estar tanto tiempo sentado.

Maricones son los cagones. Los que escriben con miedo del que los lee.

En el barrio Olaya mi abuelo abre la puerta. Dejo la maricada y salgo con él a comer huesos de marrano y pájaros crudos con el estómago lleno de mango.

Los pájaros no tienen dientes y se tragan todo tal y como lo picotean. Esto no lo puedo confirmar porque no sé de biología.

No me interesa saberlo.


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