La broca

 

Cuando me bajé del tren la gorra estaba pintada de rojo en la base. Me quité la gorra, me metí a la ducha con el resto de la ropa puesta y saqué un jabón pequeño de su bolsa plástica. Cuando terminé de bañarme, a la media hora, la ropa ya se había secado, pero yo aún pintaba todo lo que me pusiera en la cabeza de rojo. Todo, todo pintado de rojo. Estaba sudando cobre.

Me puse a pensar por qué estaría sudando cobre. Me puse a pensar si tenía que ver con el dolor inferior; el del hígado cansado o el de mis pies que se tuercen hacia adentro, los que no me dejaban patear con comba ni bailar merengue con puro borde interno, así, como mi papá (rey merenguero introvertido).  

Pensé que lo que sentía eran los dolores de la pastilla que no me tragué. Los dolores de la comida que guardé atrás de las muelas. La que guardé porque las vitaminas pueden ser útiles después, después y otro día, en mi conteo de calorías del día anterior.

Me acordé del tren, me acordé de cómo quemaban los campos de arroz y yuca cruzando la provincia del norte, esa que tiene un nombre de bananos y picante y lluvia.

Los sonidos en el nombre son los sonidos de la provincia que pasó, rapidísima, en el incendio que vi desde el tren, a toda velocidad, con las ventanas abiertas porque sólo me alcanzó para pagar tercera clase. El tren de tercera clase es divertido, los vagones se mantienen frescos porque no hay ventanas. Las langostas, los zancudos y las lagartijas se van metiendo por las ventanas si no vamos rapidísimo o, por lo menos, a toda mierda. Quiero aplastar esos bichos porque son animales inservibles que apenas se meten al tren porque afuera el campo está ardiendo. Los campesinos lo quieren así y llevan generaciones quemando sus propios cultivos. Quiero aplastar los moscos, pero estoy viajando con una muchacha, M, que es animalista y un poco autista; es de esas personas que sienten más cariño por un animalejo que por otro ser humano. No puedo aplastar a los insectos porque M se pondría a llorar.

Yo no soy animalista, los animales me importan un culo y no me avergüenza decirlo. Me gusta que en este país casi nadie es animalista. Aquí he visto señoras pateando perros y conductores de moto reírse con sus sonrisas muecas y sus cigarrillos de tabaco negro y amapola tirándole colillas a gatos callejeros. Dicen que al otro lado del río comen iguana. En el norte del país, más o menos en esa provincia ardiente donde los campesinos queman la yuca y el arroz, es tradición que a un perro desjuiciado lo maten y lo cocinen en una olleta gigante, al vapor y con un montón de hojas de albahaca, ajíes, curry, troncos de bambú y salsa de tamarindo. La gente se come al perro cagada de la risa. A los otros perros desjuiciados se les obliga a comer carne de perro (del otro perro) de ese que siempre sonríe porque ya no tiene mejillas adentro de la olla.

Los animales me importan un culo, pero M es toda animalista y le encanta Pokémon (obsesión recurrente entre los animalistas, los autistas y los que son ambas cosas) y así me invite a que juguemos Pokémon en los dos Nintendo DS que ella se trajo de la ciudad, yo le hago la evasiva y le digo que no, que Pokémon me parece aburrido.

Le digo que por qué no mejor matamos a los bichos que se nos meten por la ventana. Me paso otra vez la toalla por la cara y queda roja, rojísima del cobre que me sale de la frente.

Cuando me monto a los buses, esas latotas rojas con blanco y piso de madera agujereada, me tengo que agarrar de las barandas en el techo. El sudor se acumula en mi codo, el antebrazo es naranja, tengo gotitas rojas y naranjas que me escurren y me da un sarpullido que no he podido solucionar ni con jabón de loto blanco ni con viruticas de jabón rey que aún me quedan en una bolsa plástica.

La camisa se me empapa con mapas sucios, mapas de continentes que sólo existen en el planeta de mi cuerpo sudoroso, sudor de cerdo rojo, cerdo de cobre que no puede ocultar a los bichos con un pisotón fuerte (pobrecitos) debajo de sus botas (las mías).

Pienso que todo el mundo se va a dar cuenta de los mapas rojos en mi ropa, que seré una lluvia pintarrajada de pánico expandido (color) del cual todos querrán huir. Me bajo del bus y veo un café internet al lado un edificio en demolición. En el café internet me hacen preguntas y finalmente me dejan seguir por la escalerita hasta el sótano.

En el sótano hay una distribuidora de camisetas a prueba de sudor. Están hechas con una tela especial que sólo se consigue en un país de Europa del este. Una influencer trajo un container lleno de esas camisetas y las vende en transmisiones que hace en una especie de tiktok donde también se pueden comprar criptomonedas y hacer apuestas deportivas. En las transmisiones, la influencer-empresaria de las camisetas a prueba de sudor se mete dildos en forma de tentáculo y chorrea baba sobre sus tetas. Cuando los espectadores compran más de 40 camisetas, ella se escribe el nombre del usuario en las tetas con un marcador de tablero. A veces una ruleta gira y un tiburón en esquíes empieza a cantar baladas mexicanas (esas) las cancioncitas que sonaban viejas hasta el mismo día en que las grabaron.

Otras veces la transmisión es reemplazada por una rifa de camisetas y ropa interior usada que no gana nadie. Tampoco es que mucha gente participe de esta dinámica.

En el sótano me tomaron medidas y me preguntaron por qué olía a axila y a leche, les contesté que estaba sudando cobre.

En el sótano me dijeron que no tenían camisetas para mi color de piel. Yo les dije que no fueran pendejos, que mi piel no era ni morada ni dorada, que me vendieran una camiseta, cualquier camiseta, y así salir del sótano mandándolos a todos gentilmente a comer mierda.

Me dieron una camiseta blanca con el estampado de un caballo muerto, pudriéndose en el desierto, en algún desierto. Saco la cabeza por la ventana y no hay caballos, sólo llamaradas grandotas, abrazables, coloreables, fantásticas. También hay un montón de bichos pendejos.

Saco la cabeza (otra vez) a la par de un mundo exterior sin insectos. Pobres insectos de mierda, hasta ellos se aburrieron, hasta ellos se desesperaron del calorón. Los moscos sudan, también, pero ellos no huelen a axila con leche y es por eso que los envidio.

Salgo del sótano y el edificio en demolición junto al café internet está mojado, rociado por esas mangueras que le pusieron a la punta de la grúa gigante para romper paredes y abrir suelos. Mejor dicho, hay una cuchara inmensa, una cuchara de Dios, Dios glotón, una cuchara que busca ablandar el cemento y la pintura para meterse un bocado de edificio, para masticar porque él (el Dios) tiene derecho de comer lo que quiera y de quemar el mundo si se le da la gana de incendiar o de hacerme sudar cobre (un día) por ese desprecio tan grande que le da verme feliz.

Digamos que feliz no, al menos no triste.

Y el edificio está mojado. Y yo también tengo todo el derecho del mundo a sudar, sudar con todas mis ganas y todo el esfuerzo de mis hormonas ahumadas (en la ventana) dueñas de su propia mancha roja. Y mañana tendré que venir al sótano para pedir un reembolso.

La camiseta del caballo muerto no aguantó mi sudor.

En mi casa, M está llorando porque se le murió un Pokémon. Yo le digo que se busque un problema serio, que si ella sabe lo que se siente sudar cobre y que a todo el mundo le dé asco tocarlo a uno por eso. Ella dice que ni idea, que se murió su Pokémon porque yo pisé una mosca en el tren mientras ella dormía con la boca abierta (tan pendeja). Y pensar que ella (tan tranquila) se veía divina con la bocota abierta, con los dientes medio salidos tragándose todo la fumarola coloreada del incendio, el de afuera.

En el interior de mi casa (el interior-adentro), en las esquinas, guardando larvas de otros insectos, ellos, todos los que no alcanzaré a matar porque no he comprado una nueva lata de veneno y ellas, ellas que son las mismas y los mismos, sabiendo que van a poder crecer y reproducirse en el espacio vacío, que dejarán sus huevos en la camiseta del caballo muerto porque M ya se va (como dije, el espacio vacío) y vendrá el sol desde afuera para reproducirse adentro y rebotar en las sábanas de polyester café. A M le digo que mis sábanas son cafés porque vivo en un motel y nadie quiere ver los fluidos del que estuvo antes. Huelo mal y me da pena pedir sábanas nuevas. Otra vez, el cobre.

La cama viene a ser el mismísimo lugar donde duermo, donde como, donde me deshidrato y pienso en la dieta de mis últimos días.

Por la mañana, las vitaminas. Luego un cálculo rápido (mental) del gasto en calorías y dinero del día anterior. Cuento números (repeticiones) porque el lenguaje del infinito son los dígitos. Cuento números en obsesiones rectas (diagonales hacia abajo) de un material para el quiebre que no puede tumbar un bloque. Los números imaginarios (hijueputas) son los de los economistas que usan el lenguaje de Dios para especular el vacío. Mi cuerpo limita su energía gastada, mi cuerpo proyecta una mancha pero la mancha nunca es un círculo perfecto. Sigo sudando cobre y eso no puede seguir siendo una posibilidad. No. Salgo de la ducha con nueva ropa seca.

Pienso. Hago otro cálculo (horizontal) en las sábanas de motel. La verdad es que estoy cansado del asco de mueca inexacta, del asco de la gente.

Ellos, con esas pieles tan bonitas y tan tersas de tantos alimentos diluidos en agua hirviendo que se cierran en sí mismas y hacen grietas pequeñas, pequeñas pero visibles, porque sudo el color de la tierra cruda y huelo a eso, lo sé porque lo veo en las caras de todo el mundo y en el vuelo indeciso de los moscos, los que aún no se deciden a picarme, y es que huelo a crudo.

El sudor es una crudeza interna, es la desilusión de mi cuerpo que no es perfecto ni angelical ni demoniaco y no se reproduce en sus virtudes para sacar de sí mismo un rayo de luz, una serpiente que salga de mi pineal y escriba las letras del futuro, de la profecía repetida de la milagrosa autodestrucción. M come mal, muy mal. Le aconsejo que empiece a tener un registro diario de calorías.

Su dieta consiste en sanduchitos de microondas que compra en un mini-market. Me he dado cuenta de que casi todo lo que come es de color rojo, blanco o naranja.

Los dientes de M se han vuelto transparentes; son cortezas duras pero vacías por dentro que reflejan el interior de su boca y el huecote sin fondo donde duerme el carbón del norte con los embutidos recalentados. Salsa picante y queso cheddar, además. Todo en un embutido hacia arriba (una torre) y todo adentro de su boca y su cuerpo, de su digestión y del color de su sudor en mi colchón.

Pienso en los pobres bichos de tren, en los pobres perros, en el pobre Pokémon que se murió por mi culpa. Entonces, un día, decido cambiar las condiciones de mi vida.

Le digo a M que hay un carrito que vende hamburguesas y perros calientes en la plaza central, frente a la iglesia. Ella sale contenta a confirmar que las hamburguesas estén tres veces fritas, que el aceite lo reciclan de un taller de mecánicos, que ni a las hamburguesas ni a los perros calientes le ponen cebolla, tomates fofos de microondas u hojas de lechuga tristes y blandas.

Ella, contenta de la vida, se sienta en un butaco de plástico y empieza a comer la hamburguesa que pidió. Yo salgo de la iglesia (corriendo) en una trusa verde que me aprieta los muslos y las tetillas. Tengo un brócoli de cartón gigante como máscara, le quito la hamburguesa, se la tiro al piso y le grito: “NO CONSUMAS COMIDA CHATARRA”. Ella se emputa y me persigue para pegarme. Yo corro en círculos con pasitos cortos (borde interno, bailarín de merengue, quinceaños de la vecina de mi tío en el salón comunal) y los brazos pegaditos como animal mocho (simulando) lo que viene a ser un amague de mi propia caída.

Como M tiene una dieta de mierda su estado físico es muy malo. No logra seguirme el paso y se vomita en la mitad del círculo imaginario que hemos dibujado con nuestra persecución de película muda (borde interno, proyección). Y entonces pienso en M (pobrecita) vomitándole a sus dientecitos transparentes y devolviéndose con el estómago vacío a jugar Pokémon.

A mí me parece innecesario cambiarme la ropa y voy así, disfrazado de brócoli gigante, para el café internet junto al edificio en demolición. La broca con mangueras de agua aún trata de romper el suelo del edificio, el edificio está sudando. Dios aún no rompe con su cuchara de metal.

La broca trata de meterse en el hueco que ya había hecho apenas ayer, pero como todo está húmedo se le escurre eso que pretende romper. Hoy el mapa oloroso de mi cuerpo es un archipiélago que remata en una isla arribita de mis nalgas.

 El día en que empecé a sudar cobre y mi cuerpo empezó a retumbar con los dolores externos, con las imágenes de la provincia que ardía en el vistazo rápido del tren, yo tenía pensado verme con una pelada. M no me interesa, le importan mucho los animales, es medio autista y juega Pokémon porque no sabe hablar con la gente. Aun así, ella me cae muy bien.

La pelada con la que me iba a ver estaba obsesionada con Kuromi y Hello Kitty, lo cual siempre es una mala señal, y me miraba mucho para saber si yo era lindo, feo o si simplemente olía a carne cruda con leche. No supe qué decirle ni cómo pedirle perdón por manchar su blusa de rojo, de color crudo.

El olor viene a ser la unión de dos planos, mi cuerpo y el cobre, mi cuerpo y el espacio vacío de ella, mis dientes y su boca que siempre estaba masticando un chicle de canela.

Ella comía chicle por una dieta extraña que estaba haciendo (yo nunca pensé que ella estuviera gorda y se lo dije), pero ella seguía masticando chicle y pensando en las líneas que la alejaban. Las líneas invisibles. Las líneas migratorias de un edificio que hace días estaban intentando demoler. En su cuerpo que no volvía a ser un círculo estirado y en su boca (siempre lejos de la mía) con olorcito a carne de perro. Decido no hacerle caso. Cruzo la calle y bajo al sótano del café internet.

Pido un reembolso, me dicen que no porque la camiseta está sudada. Los animales no se pueden aplastar. Odio a los perros, no me importa que los pateen en la calle, que se los coman con guiso de albahaca y curry. Toda la potencia del cobre está en una línea delgada, un olor o un mapa debajo de las paredes.

Las funciones de los dientes no se las sabe nadie. La boca vacía y la estructura transparente (otra pared) cortan el chicle.

El chicle nunca se va a romper. No tiene sentido que mojen las paredes

Hablo con la pelada obsesionada con Kuromi. Me dice que su color favorito es el morado. Vamos al mini market y le compro gomitas moradas con el logotipo de un dragón flacuchento que tiene un sombrero de copa y gafas oscuras. La pelada me pregunta si tengo otras amigas, si hablo con alguien. Yo le digo que, en mi ciudad, en el norte, allá donde queman los cultivos, yo era instructor de merengue y que le puedo enseñar a baile con borde interno.

En el bus, la latota blanca con roja y piso de madera agujereada, pienso en todo eso que no le gustó a la pelada Kuromi. Pienso en todas las cosas que fueron suficientes y en todas las cosas excesivas como para que ella no volviera a hablarme más. Lo qué más odio de esta ciudad es que la gente siempre se va sin decir por qué, se alejan sin dar explicaciones y yo quedo en plena tortura preguntándome qué fue lo que hice mal. Quizá todo lo hice mal, quizá el error fue venir a una cita en una trusa verde y con una máscara de brócoli. A lo mejor todo es culpa de este hijueputa sudor de cobre.

El muñeco de plástico en la pantalla, el humanoide ese que baila y canta y tiene la piel perfecta a pesar de que estamos a cuarenta y cinco grados centígrados, me dice que brócoli se dice brócoli.

Que, en el idioma de los muñecos, la palabra para llamar al brócoli es prestada. En el país de los muñecos no crece el brócoli.

En mi casa, M está acostada boca arriba en el colchón grandote, esa plataforma que hace las funciones de una casa pero que ya ni siquiera es cómoda porque M es liviana y yo peso mucho. Le pido a M que me preste su Nintendo DS para mandarle un mensaje a la gente que escribe, a la gente que espera, a la gente nativa del país de las líneas donde la expansión es elipsis y la dimensión es distancia oscura. Llamo, pero es de noche. Llamo, pero ya se fueron. Cerraron la persiana de metal y van a regalar las camisetas a prueba de sudor.

Nadie va a comprar nada si la influencer no está desnuda.

Sin casa, sin cuerpo, sin ropa, sin olor, sin boca y sin transparencia, mejor dicho, aburridísimo, más aburrido que un caballo en un balcón, me voy hasta el edificio de la cuchara gigante.

Planeo llegar caminando.

Llego caminando y juagado en mi propio sudor.




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