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Cinco noches con Ferney

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  Miramos las cajas en la parte de arriba. Dicen que se van a caer y nos van a aplastar, yo creo que no, que es pura exageración o miedo de los bodegueros. Pienso en la forma en que las cajas están mal colocadas, en el borde, ariscas, sacando sus puntas y dejando un espacio muy pequeñito por donde pasa la luz del bombillo, el ruido del reloj Mondadori que se trajeron de España, la risa boba de los empleados viejos a punto de pegarle un puntapié a las estanterías para que nos caiga todo encima. Me quedo callado. El Arturo, al lado mío, dice que todo parece un meme, el de cinco noches con Ferney. ¿En qué consiste el meme de cinco noches con el Ferney? Pues me cuenta. Hacemos tiempo mientras caen las cajas y la señora de la vocal absoluta entra a la bodega a gritarnos, a decirnos que le vamos a dañar sus libros y su negocio. Que la pobrecita no tiene plata para darnos un contrato a tiempo completo. Entonces cinco noches con Ferney.   En el fondo negro los bordes d...

El Dharma del culo

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La elipsis es arriba, abajo, al centro y como quien dice, redonda, magnífica de amplitud y figura, de caída para volver a subir después, de posición progresiva hasta la cúpula, al techo del estudio de grabación con sus luces blancas y sus telepronters donde avisaban que ya pronto se haría la pausa para los comerciales.  Ya pronto.  Y ella decía que sí y que estaba muy contenta y que si ya se habían dado cuenta que Melissa se puso una cola gigante y camina como pato con indigestión. Y entonces Eduardo dice “¡Ay, sagrado rostro! ¿Qué haremos con estas muchachas, Dios mío?” y empieza a pedirle a la honorable audiencia que mande sobres de manila con tres empaques plásticos de caldo La superior (¿LA SUPERIOR? LA QUE MÁS GUSTAAAA) para participar en el sorteo de una moto y dos ollas pitadoras.  Que sí, que estoy muy contenta.  Y es que se le notaba que estaba eufórica y ella aún no sabía que su amiga se lanzaría por el balcón de su apartamento abrazada a una estatua de la ...

La veintiseisava porra con esperanza de llegar

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    Cuando era niño estudiaba en un colegio del norte. Tenía un amiguito que se llamaba Martín, él era hijo de un general del ejército. Un día me tocó cumplir nueve años e invité a Martín a mi casa. Mis cuchos me iban a hacer una fiesta de los más de elegante en el salón comunal, sin payasos porque ya era niño grande y sin recreacionistas porque los adolescentes me daban lástima incluso desde antes que yo fuera adolescente. Entonces mis papás me dijeron que sí, que todo bien, que iba a poder regalarles a los niños esos muñequitos de los caballeros del zodiaco que me habían parecido tan deformes y tan hermosos en San Victorino. Unos monachos torcidos que se derretían al calor y que vendía un paisa que le tiraba los perros a mi mamá cuando íbamos al glorioso “Centro Comercial Mayorista El Ahorrador”. El paisa ese quería comprarme mango viche, pero a mí no me gusta ni el mango viche ni los paisas. Me gustan menos los paisas que el mango viche. Los muñequitos de los caballer...

Lugarcito

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       Pasamos derecho en el bus. Yo no entré al cuarto para fumadores porque olía a cigarrillo. Me parece increíble que un bus tenga un cuarto para fumadores y cojines con fotos de paisajes. En el cuarto de los fumadores las ventanas son más limpias. Me dicen que entre, pero no lo hago. Me saludan, mueven la manito como un abanico de caricatura que dice “chaoooo, adiós” pero yo no respondo porque soy consciente que ya lo pasamos, que ya seguimos derecho y la carretera no me dejará volver a pasar por acá, por el centro comercial Bassura (con doble ese) en Yakarta. Cuando vi la señal pensé que era una broma directa de Dios, una falla visible del mundo que me corresponde por estar vivo, acá, en este mismísimo bus, o una vibración en mi mano y mi ceja para distorsionar las cosas y hacer una telita líquida que me difumina lo que mis ojos pueden ver; según el doctor de los ojos soy alérgico al humo del cigarrillo. Pero el centro comercial Bassura estaba ahí y decía ...

día de odio (3.3.3)

Uno Cada repetición de mi cuerpo, lento y automático, deja un lugar vacío por donde no quedó nada (la nada de la nada) y donde, ojalá, Dios me hubiera permitido acostarme porque con la rabia de mis pasos sólo hubiera querido dormir. Dormir y ponerme horizontal como un cadáver (así, exactamente así) y pegarle tiros al aire con una pistola de dedos. Una pistola que es mi propio puño y escupe fuegos artificiales de colores que nadie verá (no) porque no estoy acostado ni mi mano es una pistola (Dios gran hijueputa).   Dos Entonces estoy acostado (hagamos de cuenta) y en la pulsación de mi mano no hay pólvora ni cohetes chinos y no hay luces LED de carritos de juguete ni motores pequeños como los de un dildo. Entonces me acuesto y mi cuerpo no es un dispositivo de la noche (por y para la noche) que me convierta en todos los objetos que llenan mi vacío y evitan que estire la cumbamba hacia adelante, como un animal, en esa obsesión bucal de la que mi mamá se burla cuando cree qu...

La broca

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  Cuando me bajé del tren la gorra estaba pintada de rojo en la base. Me quité la gorra, me metí a la ducha con el resto de la ropa puesta y saqué un jabón pequeño de su bolsa plástica. Cuando terminé de bañarme, a la media hora, la ropa ya se había secado, pero yo aún pintaba todo lo que me pusiera en la cabeza de rojo. Todo, todo pintado de rojo. Estaba sudando cobre. Me puse a pensar por qué estaría sudando cobre. Me puse a pensar si tenía que ver con el dolor inferior; el del hígado cansado o el de mis pies que se tuercen hacia adentro, los que no me dejaban patear con comba ni bailar merengue con puro borde interno, así, como mi papá (rey merenguero introvertido).   Pensé que lo que sentía eran los dolores de la pastilla que no me tragué. Los dolores de la comida que guardé atrás de las muelas. La que guardé porque las vitaminas pueden ser útiles después, después y otro día, en mi conteo de calorías del día anterior. Me acordé del tren, me acordé de cómo quemaban lo...