La veintiseisava porra con esperanza de llegar

 

 Cuando era niño estudiaba en un colegio del norte. Tenía un amiguito que se llamaba Martín, él era hijo de un general del ejército. Un día me tocó cumplir nueve años e invité a Martín a mi casa. Mis cuchos me iban a hacer una fiesta de los más de elegante en el salón comunal, sin payasos porque ya era niño grande y sin recreacionistas porque los adolescentes me daban lástima incluso desde antes que yo fuera adolescente.

Entonces mis papás me dijeron que sí, que todo bien, que iba a poder regalarles a los niños esos muñequitos de los caballeros del zodiaco que me habían parecido tan deformes y tan hermosos en San Victorino. Unos monachos torcidos que se derretían al calor y que vendía un paisa que le tiraba los perros a mi mamá cuando íbamos al glorioso “Centro Comercial Mayorista El Ahorrador”. El paisa ese quería comprarme mango viche, pero a mí no me gusta ni el mango viche ni los paisas.

Me gustan menos los paisas que el mango viche.

Los muñequitos de los caballeros del zodiaco eran feos con ganas, pero era divertido sujetar uno en cada mano y golpearlos mientras me imaginaba una batalla de cien mil centauros con metralletas contra cien mil enanos con bombas atómicas. Todo se sentía bien, muy bien, como para apenas llevar nueve años en este mundo.

Invité a Martín y él dijo que sí, que iba a venir. Dos días después la mamá de Martín llamó a mi casa y habló con mi mamá. Mi mamá hablaba con ese sonsonete todo pendejo que tienen los adultos para fingir ser cordiales con gente que les importa culo y medio y, cuando mi mamá colgó, me dijo muy seria que Martín no iba a venir, que a su mamá le parecía que vivíamos muy lejos.

Al final nadie fue a mi cumpleaños y pude quedarme con todos los juguetes de los caballeros del zodiaco. Los usé hasta destrozarlos uno por uno en mis trances violentos, desenfocando la mirada, absorto como autista o poseso, con los ojos en dirección al techo de mi cuarto. Sin ver nada.

Al menos ya no volví a ver al paisa de San Victorino. Ni idea de si mi mamá lo volvió a ver.

Entonces el Martín (Martín gran hijueputa) dejó de hablar conmigo y años después, cuando éramos pubertos, me tiraba balonazos y decía que yo era pobre, pajero y maricón. Decía que yo era una loca, una maricota, y que no tenía una verga ni tan grande ni tan peluda como la de él. El Martín creía que con mostrarles el pene a otros pelados de catorce años entonces eso lo hacía más macho.

Sobre esa vaina si prefiero quedarme Jeisson, mínimo común múltiplo o, como quien dice, sin comentarios.

Entonces el hijueputa de Martín me bajaba los pantalones (con bóxers y todo) y me preguntaba que cuánto me demoraba en llegar de mi casa al colegio todos los días.

Cuando era entrega de notas, el Martín llegaba en la camioneta blindada de su papá. El señor ese nunca se quitaba el uniforme y todos los papás le decían que era un héroe de la patria y un berraco y que había que darles bala a esos guerrilleros por tener a una señora medio francesa toda flaca y triste en la selva.

En ese entonces yo pensaba que esa señora era la Virgen María.

Una Virgen que estaba en la selva y las FARC la tenían secuestrada porque las FARC eran malas, malísimas, mejor dicho, satanás era el aprendiz de la guerrilla secuestrando a la Virgen María versión francesa, con los brazos flaquísimos y mirando al piso de hojas secas en esa foto canonizada.

Luego me vine a enterar que no era la Virgen María sino una señora francesa nada más.

En ambos casos me da igual, nunca fui católico.

Cuando me preguntaban que por dónde vivía en el glorioso colegio del norte yo respondía: “En la veintiseisava porra con esperanza de llegar”. Nadie entendía, pero me valía culo y medio. Yo estaba feliz jugando con mis muñequitos machacados mirando al techo.

Nadie me visitaba, pero eso no era importante. Podía ver “Muy buenos días” con Jotamario mientras desayunaba, “Pandillas, guerra y paz” a las once y, por la tarde, la novela de las venezolanas tetonas que Rosa no me dejaba ver, pero yo me escondía detrás del equipo de sonido y miraba ahí, caleto, frotándome contra el borde de la pared hasta que me daban cosquillitas y ganas de orinar.

A veces salía a caminar con Rosa hasta la guardería junto al potrero donde cuidaban a mi hermana.

Me encantaban, encantan y encantarán los parques de mi barrio, muy verdes y tranquilos por los siglos de los siglos.

Amén.

Y en una de esas vi una manzana como rara entre los senderos de ladrillo descuidado donde salía maleza. Era una manzana con tres huecos negros.

Rosa gritó, me pegó una palmada en la mano y me dijo que botara eso: “Eso es brujería, niño Andrés. No coja eso” Y yo pensé “Ok, es brujería. La brujería es mala” pero aún me daba como curiosidad esa manzana toda rarita tirada en el parque, así con esos tres huecos negros. Por un tiempo pensé en la manzana y a veces hacía apariciones estelares en mis pesadillas como la cosa más aterradora que mi subconsciente había visto en mi cortísima vida.

En ese colegio del norte me tenían aburridos los peladitos clasistas con sus pendejadas homoeróticas, sacudiéndose el pene entre ellos y con el Martín revisando que nadie lo tuviera más grande que él. Ese colegio era una mierda. Hasta un amigo mío se mató en el baño de su casa, ahorcándose mientras veía porno en su Ipod touch. Lo que más me ofendía de ese colegio es que nadie iba a visitarme.

Y entonces, cuando ya no estudiaba ahí, un día mi papá me llamó a su cuarto para ver el noticiero. En el noticiero de las siete salió una foto del papá de Martín y los periodistas se ponían muy serios hablando de cosas muy-muy-malas que supuestamente hizo el papá del hijueputa ese. Yo al principio pensaba que el papá de Martín era de las FARC porque como en ese entonces todo lo malo lo hacía las FARC, entonces si alguien hacía algo malo era por ser guerrillero. 

Luego supe lo que hizo el papá de Martín. El señor estaba involucrado en algo muy-muy-muy malo, pero nunca hizo parte de las FARC. Eso es una historia mucho más larga, pero, no sé, quizá otro día lo cuento. Por ahora sólo me queda decir que me cagué de la risa cuando vi al señor ese con cara de atembado diciendo que eran calumnias y que era inocente (Martín hijueputa, jajaja)

Todo lo malo que le pasó al Martín fue por no venir a mi cumpleaños.

Bueno, en fin, el caso es que al papá de Martín lo condenaron por falsos positivos y el glorioso general de la república escribió un libro diciendo que era inocente y que no mató a nadie. El prólogo se lo escribió un expresidente paisa. De nuevo, no me gustan los paisas ni el mango viche.

Yo me fui de ese colegio y Martín dejo de llamarme maricón. Su papá sigue encanado y cada cierto tiempo lo cita la JEP a preguntarle por lo que hizo. El señor sigue diciendo que nadie le dio ninguna orden de hacer nada.  

Y el hijueputa de Martín, diciendo que dizque yo vivo muy lejos. Pff, más pendejo él.

Y entonces un día, ya siendo yo un pelado más grandecito, fui al parque de mi barrio todo ansioso porque era de mis primeras veces fumando marihuana. Traté de armarme un porro pero, con pulso de maraquero y manos juagadas en el miedo, hice más desorden que cualquier cosa.

Un sujeto en bicicleta se me acercó por la espalda. Pensé que me iba a robar, pero era sólo un domiciliario que me iba a enseñar a echarme los plones en una manzana que tenía en una bolsita plástica.

Me puse a fumar con el sujeto de la bicicleta. Mirábamos a los árboles, no decíamos nada y volvíamos a fumar de la manzana con tres huecos. Ojalá pudiera decirle a Rosa que la manzana que recogí no era brujería, traste de marihuanero nada más.  

Bonito el parque. Con los años se volvió uno de mis lugares favoritos para fumar marihuana, meter ácido, soplar tusi o amanecer con la cumbamba inquieta esperando a que abrieran la panadería del gordo sopitas, ahí donde el caldo y la sobrebarriga era tan abundante que las meseras metían la uña en el plato para sujetarlo mejor. Muy lindo ese parque, muy lindo, sí.

Otro día tuve una cita en ese parque con una pelada que conocí en mi segundo colegio. Era una pelada como tímida y tierna y supongo que a los diecisiete años eso es belleza.

La peladita se llamaba Camila y se la pasaba viendo “Hora de aventura” y dibujitos japoneses que nunca pude pronunciar. Yo sinceramente le veía potencial a tener algo con ella. La Camila era querida conmigo, era bonita, estaba medio buena y yo me sentía confianzudo. En el día de la juventud salesiana conseguí un besito andeniado y un agarrón de nalga bailando “La Quemona”. Yo pensaba que en el peor de los casos conseguía una bluyineada, una chupadita de chimbo o tres besos distraídos para luego echarme una paja en mi casa. No pasó nada de nada. Camila no me volvió a contestar y como dos años después me enteré que empezó a estudiar arte, que no habla con nadie, tiene una obsesión toda rara con Hello Kitty y ahora se llama Cams, que empezó a transicionar y que dizque fue a la registraduría a cambiarse el nombre y todo.

-No entiendo. O sea, ¿ahora Camila es hombre?

-No diga eso, huevón. Las cosas no son tan en blanco y negro. Es un espectro, marica.

-Ay, pues. Obvio. Yo sé. Pero, dígame algo, ¿aún le puedo caer o no?

-Jajaja, coja oficio más bien.

Entonces cogí oficio. Empecé a trabajar y no volví a drogarme ni a tener citas en el parque.  

Ya después me fui de Colombia.

Un día, un amigo me dijo que le habían disparado como seis tiros a un candidato presidencial en el parque de mi barrio. En mi celular vi infinidad de videos y, efectivamente, al sujeto le habían disparado en mi parquecito lindo.

En los videos pixelados se alcanza a ver la panadería del gordo sopitas atrás del candidato. El OXXO que pusieron hace año y medio, ese en el que no tuve la oportunidad de emborracharme las veces suficientes como para tener algún apego sentimental por esa tienda. El árbol grande en el que orinaba cuando aún estaba lejos de mi casa y sentía que iba a perder la batalla. Al final, el que perdió la batalla terminó siendo el candidato presidencial. Lo mató un peladito de quince años. A esa edad yo no mataba gente, en cambio, le abría tres huecos a una manzana y me echaba los plones.

Se murió y como a los dos días un fantoche de traje negro, pantalones brillantes tan pegados a los muslos que (me imagino) le cortaban la circulación y mocasines sin media, salía a decir que el parque cambiaría su nombre por el del candidato presidencial baleado. El fantoche de traje feo (feo con ganas) decía que el mártir sería para siempre recordado en ese parque, en ese barrio, en esa localidad.

El expresidente paisa que le escribió el prólogo al papá de Martín también dijo que el país estaba en una crisis nunca antes vista, que todo iba mal-mal-muy mal y que, mejor dicho, a más tardar pasado mañana, el fin del mundo iba a llegar a Colombia.

El expresidente paisa dijo que un bombardeo atómico no sería nada en comparación de todas las cosas malas que le pasarían al país. Cuando el expresidente paisa decía eso, yo sólo pensaba en mis batallas imaginarias entre centauros con metralletas y enanos con bombas atómicas. En mis batallas mentales, Colombia siempre se salvaba.

El papá de Martín, el honorable general de la patria, también dijo algo. No me acuerdo qué dijo, por esos días todos decían lo mismo.

La Virgen María francesa, ahora libre de la maldad absoluta de las FARC (que son, mejor dicho, lo peor de lo peor de lo peor), también dijo algo. Tampoco me acuerdo de lo que dijo esa señora. Apenas la liberaron, la Virgen María francesa se fue a vivir a Francia y desde ahí, a veces, le entra una piquiña por ser presidenta de un país donde ni siquiera vive.

Para mí, ese parque siempre fue el parque de fumar bareta. El parque donde tuve una cita con una pelada que ahora es hombre.

El fantoche de trajecito enfundado y copete tieso en gel y pachulí puede ponerle el nombre que quiera a mi parque, a mi barrio, a la panadería del gordo sopitas, a las motos con parlantes mugientes vendiendo mazamorra, a la tienda de chécheres con peluches de ojos inmensos y cartas de amor en letra Timoteo, al parqueadero de ratas, mirlas y carros guaracheros. Es más, ese pendejo tan mal vestido puede hasta cambiarle el nombre a Colombia si se le da la gana y aún así seguiré amando, amando profundamente como he amado toda mi vida, aquellas cosas feas, tan feas que me ebullen el alma en la ternura más grande que esa ciudad tímida, atembada y violentamente hermosa jamás vio. Ese amor profundo por todo lo sucio y todo lo mediocre y todo lo plácido, único e infinito que el parque del barrio le puede brindar a uno.

Cuando cierro los ojos veo a mi barrio, tan feo y tan sexy, como los muñequitos de los caballeros del zodiaco que le comprábamos al paisa ese que le caía a mi mamá y quería que me quedara callado comprándome mango viche. Ese barrio así, feo, al borde de una pared verde donde las avionetas se chocaban porque sí, porque no y por si acaso, acaso máquinas fanáticas de suicidarse en las montañas.

Al borde de esas montañas, un excelentísimo senador de la república se embute en unos pantalones tan pegados que parecen los que usan los muchachos en Apollo´s men. El fantoche camina como un pingüino con indigestión y revisa un busto de hierro que pondrán en el parque donde yo iba a fumar marihuana.

A los dos días de que le dispararan al candidato, Martín fue al parque y dejó una corona de flores a nombre suyo y de su padre, el general ese que metieron a la cárcel por falsos positivos.

Hágame el hijueputa favor.

 


 

 

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