Lugarcito
Pasamos derecho en el bus. Yo no entré al cuarto para fumadores porque olía a cigarrillo. Me parece increíble que un bus tenga un cuarto para fumadores y cojines con fotos de paisajes.
En el cuarto de los fumadores las ventanas son más limpias. Me dicen que entre,
pero no lo hago. Me saludan, mueven la manito como un abanico de caricatura que
dice “chaoooo, adiós” pero yo no respondo porque soy consciente que ya lo
pasamos, que ya seguimos derecho y la carretera no me dejará volver a pasar por
acá, por el centro comercial Bassura (con doble ese) en Yakarta.
Cuando vi la señal pensé que era una broma directa de Dios, una falla
visible del mundo que me corresponde por estar vivo, acá, en este mismísimo bus,
o una vibración en mi mano y mi ceja para distorsionar las cosas y hacer una
telita líquida que me difumina lo que mis ojos pueden ver; según el doctor de los
ojos soy alérgico al humo del cigarrillo.
Pero el centro comercial Bassura estaba ahí y decía eso, bassura, con
doble ese y mayúscula para recordar que es un lugar en el mundo por el que
pasamos rapidísimo (sin entrar al cuarto de fumadores, sin entrar al centro
comercial) para llegar a nuestro hotel encaramado, en una calle ahuecada con
parches de cemento mojado. Saco el celular y tomo una foto y quiero que los que
estén adentro del cuarto observen y se rían y entiendan el chiste que sólo dos
personas podemos leer porque sólo somos dos los que sabemos lo que significa
basura (una ese) y explicar demasiado sería cortar el chiste sin que haya
nacido completamente, premiando a la nada por ser la nada misma y dejando
nuestras manos abiertas (figurativo) como la caricatura del vagabundo feliz que
muestra que sus bolsillos están vacíos y que adentro no hay ni siquiera
boronas. No. Tampoco hay colillas de cigarrillos ni cojines de paisajes como
los del cuarto de fumadores. Y entonces mirar por la ventana es buscar otros
chistes rápidos que nadie entendería, y la humedad en el bordecito del vidrio
sirve para dibujar letricas que no durarán nada porque el aire acondicionado
está a toda y pronto se borrará lo que se escribió (lo que sea que se pensó que
podría ser el inicio de otro chiste) y ya no importa porque ya nos fuimos del
barrio Bassura, el distrito Bassura, el centro comercial con anuncio grandote en
letras amarillas y supermercado japonés con la silueta del monte Fuji.
No me gustan los supermercados japoneses. Mucha letrica y mucha
caricatura maricona con los ojotes saltones y muchas instrucciones como si uno
fuese impedido hasta para abrir una botella de agua.
Bassura lejos, sin chiste, y en el cuartico vuelven a sacudir la mano
pero entiendo que lo hacen como invitación, como para decir que caiga y que
ellos se acomodan en un bordecito para que yo me pueda sentar y descanse las
manos y respire hondo con la lloradera que me taparía los ojos y no me dejaría
ver que estamos dando una vuelta, que el bus está girando sobre sí mismo
haciendo una U para volver al muelle y, junto al muelle, a la carretera más
grande donde vi un centro comercial que nos sirvió de chiste.
Chiste que ahora tengo que explicarles a todos los que no entienden el
idioma de la basura. Los que no saben que basura es basura y que la palabra misma
con doble ese es quizá una confirmación de que el sitio es más basuroso que
todos los otros lugares que he conocido donde se encaraman las canecas, donde
los niños le meten cajas de cartón con restos de salsa y papa a un payaso por
la boca.
Pienso en fumar y ser el mejor amigo de todos. El mejor amigo de los fumadores
(eso) aunque me da pereza fumar (no sé) y siento que ya está muy tarde como para
meterme en una adicción nueva.
Me caen bien los fumadores, se habla rico con ellos.
A veces fingía fumar para hablar con gente en discotecas. El sabor era
tan feo que se me olvidaba el nombre de la persona con la que estaba hablando.
Luego les pedía que me dijeran sus nombres otra vez, me acordaba del sonidito
de la primera sílaba y tenía que pasar la pena de no recordar el nombre de un
desconocido recién conocido en una discoteca.
Los cojines tienen fotos de Bali, de palacios, de torres con lagos y
dragones con penachos en la cabeza y ojotes gigantes. Muevo la mano. Chao,
chaoooo. Pasamos frente al centro comercial Bassura y también muevo la mano, la
sacudo como matando una mosca y ya no me río ni digo nada porque el chiste ya
se quemó en sí mismo. Ya se fue todo lo anecdótico de lo que se vio rápido
(rápido y corto) en el vidrio más grande. Siempre vidrio más grande.

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