El Dharma del culo
La elipsis es arriba, abajo, al centro y como quien dice, redonda, magnífica de amplitud y figura, de caída para volver a subir después, de posición progresiva hasta la cúpula, al techo del estudio de grabación con sus luces blancas y sus telepronters donde avisaban que ya pronto se haría la pausa para los comerciales.
Ya pronto.
Y ella decía que sí y que estaba muy contenta y que si ya se habían dado cuenta que Melissa se puso una cola gigante y camina como pato con indigestión. Y entonces Eduardo dice “¡Ay, sagrado rostro! ¿Qué haremos con estas muchachas, Dios mío?” y empieza a pedirle a la honorable audiencia que mande sobres de manila con tres empaques plásticos de caldo La superior (¿LA SUPERIOR? LA QUE MÁS GUSTAAAA) para participar en el sorteo de una moto y dos ollas pitadoras.
Que sí, que estoy muy contenta.
Y es que se le notaba que estaba eufórica y ella aún no sabía que su amiga se lanzaría por el balcón de su apartamento abrazada a una estatua de la virgen María. Que se lanzó porque se le infectaron los implantes. Que los senos se le gangrenaron y el amor de su vida la estafó con un negocio de esmeraldas que era chimbo (chimbísimo), y era mejor que Alias Gordo Lindo le hubiera regalado una bolsa llena de botellas de cerveza rotas en vez de ese chancuco tan descarado por unas esmeraldas que no existían, que dizque iban a mandar lejos, a un país de por allá, de oriente, de esos que uno señala apuntando con los labios a un sitio lejos, re lejos, que dizque para recubrir el cuerpo de su majestad, el feto abortado por la última moza del rey.
Todo simultáneo, todo injusto para ella en su secreta felicidad.
Y el Dharma, ese bichito etéreo que va pa arriba, pa abajo; dharma redondo.
Y ahora mismo ella está feliz, en el set, hablando del culo de Melissa, y Eduardo llama a la señora Consuelito en Jamundí para decirle que ha sido seleccionada como la ganadora del concurso, y la señora repite que ella nunca pidió ninguna tarjeta de crédito, que si son los estafadores del patio cinco en la cárcel de La Trinidad que bien le pueden pedir plata a su gran puta madre.
Uyyy, señora Consuelito.
Y Alias Gordo Lindo se pasa el mondadientes por los frontales, los que se mandó a brillar en el consultorio del doctor Euclides con lija de ferretería y químicos corrosivos de esos que matan ballenas.
Alias Gordo Lindo dichoso con sus dientes que brillan en la oscuridad.
Alias Gordo Lindo, con el mondadientes en sus manos, hurga los pedazos de sobrebarriga y cebolla cabezona entre sus dientes. El desayuno es rico así, con mucha carne y mucho ají avinagrado, al borde del peñasco del cogote, antecitos del peaje hecho de guadua.
En el restaurante, un televisor sin sonido pasa el programa mañanero del canal regional sobre una nevera Postobon que sólo guarda carne cruda y yerbas.
Alias Gordo Lindo reconoce a los que salen en la pantalla, son como marioneticas de líneas y colores distorsionados, mudas, haciendo la rifa de caldos “La Superior” extendiendo sus caras y sus cuerpos embutidos en camisas satinadas. Eduardo es amigo de su flaca. Lo ha visto en el apartamento del balcón grande, grandote, tan grande que da vértigo sólo de pensar en él. El balcón da miedo porque tiene la baranda baja, muy baja, más abajo del centro gravitacional de cualquier ser humano que mida más de un metro treinta.
El balcón grande, aterrador, y todos los centros gravitacionales y todas las inseguridades que tiene su flaca cuando grita y le tira los platos y le dice que le va a contar todo a su esposa. Y Alias Gordo Lindo es diplomático y le dice que tranquila, que no hay necesidad de decirle nada a nadie, que no se están escondiendo, sino que sólo están manteniendo un bajo perfil, que el negocio de las esmeraldas para el rey de por allá, de ese país abajito de China y arriba de Australia, va lo más de bien.
Que hubo un golpe de estado hace quince días, pero eso no importa porque el rey es el rey.
Y Alias Gordo Lindo también es un rey.
Y entonces él recuerda a Eduardo cantando canciones de Juan Gabriel y gritando que todos los hombres son una mierda como si hubiera necesidad de recordar lo obvio. Y a la otra pelada, la alebrestada que ríe y ríe contentísima diciendo sabrá Dios qué cosas sobre el culo de Melissa y caminando como un pingüino en su pantomima coja, desbalanceada, y entonces, la otra pelada, la risueña, se sienta en el sofá.
Se sienta en el borde.
En el borde del sofá amarillo.
Y ella se ríe dándole la espalda a la cámara. Y ella oculta la cabeza y el cuerpo se le esconde como un resorte aplastado (resorte chato) con una inclinación que potencia el salto (presión diagonal), y entonces el gordo en la pantalla dice que no hay que darle tan duro al gobierno, que la embajada en ese país oriental es un buen destino para la cuñada de la primera dama, esa a la que le descubrieron dos avionetas llenas de perico y se grabó llorando en su Instagram haciéndose la víctima.
Tragedia familiar, tragedia nacional.
Y nadie recordaría (nadie jamás) las posiciones políticas del gordo en la pantalla porque el televisor del restaurante transmitía imágenes sin sonido (primero que todo), y porque después la presentadora se fue de espaldas en el sofá, se destutanó cayéndose por el lado opuesto de su resorte (la columna vertebral de su euforia) y ahí ni siquiera Eduardo pudo hacerle la pantalla a su amiga, y Melissa (con su culo gigante), le diría a toda el mundo que la vergüenza mayúscula de la presentadora que hablaba mal de ella demostraba que el Karma existe, que la ley del Dharma ondula entre los océanos lejanos del templo donde ella hizo su ofrenda, creyente, y que el feto con esmeraldas del rey la protegía de cualquier envidia.
Alias Gordo Lindo se cagó de la risa cuando vio a la presentadora irse de espaldas en el televisor del restaurante. No le dio vergüenza reírse como si el chiste de su estridencia fuese espantar los fantasmas de la carretera. No. Vergüenza la que debía sentir ella, la presentadora que se fue de espaldas en el sofá amarillo.
Alias Gordo Lindo expulsó aire por la humanidad restante de sus dientes, por el espacio entre cada témpano fluorescente que aún tenía resticos de sobrebarriga y una mancha café por décadas tomando tinto en ayunas. El lavaperros le dijo que dizque: “¿qué pasa, doctor? ¿Se acordó de algo?” Y Alias Gordo Lindo, cagado de la risa, descocido, encorvándose hacia adelante, pero sin perder el equilibrio como la pendeja del televisor, sacaba aire y tres sonidos, aire y dos sonidos, aire y una frase que su fiel guardaespaldas le entendió a la perfección por la cantidad de veces que lo había escuchado hablando borracho.
Y entonces el lavaperros volteó a ver al televisor, pero ya habían cambiado la toma. Ahora estaban mostrando a Beiby Meloso interpretando su nueva bachata electrónica.
El restaurante, las otras dos mesas con comensales atembados, muertos en el sueño del valle sorbiendo un caldo de costilla con demasiado cilantro.
En el restaurante todos tan madrugados en contra de su voluntad, tan dormidos y distantes que no le prestaron atención a Alias Gordo Lindo, que no vieron a la presentadora caerse de espaldas en el sofá, caerse proyectando la elipsis opuesta, la coreografía muda de la televisión colombiana y la repetición dharmica. El principio redondo de todos los finales.
Y que pereza porque nadie vio nada.
Y estaban tan metidos en la cuchara de metal que jamás de los jamases se enterarían que una presentadora de televisión se fue de espalda en vivo, que un traqueto estafó a una modelo con un negocio de esmeraldas, que en dos avionetas llenas de cocaína iban a enviar una estatua diminuta, un niño sentado, desnudo, con las piernas cruzadas capaz de garabatear los números ganadores de la lotería en remolinos sobre el agua.
No, nadie tendría porqué enterarse de nada.
No, el peñasco del cogote era una montaña que valía la pena subir sólo para inmediatamente después pensar en su bajada. La felicidad nunca fue completa (ni fue ni ha sido) y al menos en los platos de caldo hirviendo el cilantro se derretía, absorbiendo las burbujas de aceite que remataban el fondo.
Para Alias Gordo Lindo fue un momento especial, eso sí.
Abajo, al centro, permanente.
Y la velocidad con la que ella se levantó y se arregló el pelo preguntándole a los de producción si todo lo habían grabado, si no había manera de editarlo y empezar desde el último corte. Y Eduardo tapándose la boca con ambas manos, aguantándose un grito escandaloso que desconcentraría a Beiby Meloso y ahí sí sería más evidente que algo se rompió, que algo, acaso la cuarta pared de los cuerpos perfectos en un televisor mudo, acaso la forma en que ella se escondía en la curva de su espalda, descocida de la risa, imaginando el culo polimeroso con el que Melissa no podía sentarse en ningún inodoro, acaso algo, algo que se rompió atrás de la imagen sin sonido.
Otro círculo, redonda.
Y cuando estaban ya en el carro encaramándose por el cerro del cogote, el lavaperros le preguntó a Alias Gordo Lindo que porqué le pusieron ese alias, sabiendo que el porcentaje de que el traqueto le pegara un tiro, un calvazo, o le echara la madre era ridículamente alto. “¿Por qué no le pregunta a su gran puta madre más bien?” y así el lavaperros confirmó que la posibilidad se manifestó, que lo que pensó en su cabeza se condensó en realidad tangible, que si seguía con el coach de manifestación profunda pronto la ley de atracción funcionaría a su favor y podría atraer todo lo que siempre había soñado, todo lo que podría ver desde la cima de un peñasco que luego descendería vertiginosamente en curvas cerradas, pegaditas a los altares de la Virgen del Carmen donde otros ya se mataron.
Todo yendo en su respectivo orden, todo redondo, todos matándose.
Y la señora Consuelito en Jamundí cuelga el teléfono para medio segundo después darse cuenta de que no la llamaban ni para extorsionarla, ni para estafarla ni para pedirle plata o cogerla de recocha por ser la madre de un traqueto. No, no era eso.
Y se tapa la cara muerta de la vergüenza pensando que perdió la oportunidad de participar en el sorteo de caldos La Superior, y ella que se sabía toda la programación del canal desde la madrugada con el defensor del televidente hasta la medianoche con esos comediantes de los noventa que repetían chistes de suegra. Ella, que creía estar preparada para todo y se quedó, una vez más, quieta y apendejada mirando al techo.
Porque lo sabía todo, todo menos la forma de ganarse una olla pitadora y no tirar madrazos en televisión nacional.
Y miró en la parte de atrás del teléfono a ver si no habría un botón para devolver el tiempo, para decirle a Eduardo Larossa, ese bizcocho de boca grande y pelito parado en gel como mango chupado, que estaba muy contenta de participar, que caldos La Superior es lo mejor de lo mejor y que ella necesita la olla pitadora porque tener un hijo narcotraficante no significa estar picha en plata. Bueno, no siempre. Pero la señora Consuelito supo entonces que ya no la volverían a llamar, que la oportunidad se perdió y que le tocaría contentarse con ver la calle del frente atestada de vendedores de frutas, buñuelos y cachivaches desfilando en Renault 4 con la pintura caída.
Doña Consuelito giró la cabeza un poco a la izquierda, giró un poco a la derecha. Doña Consuelito repitió el techo, el gran proyector de sus fantasías secretas. A veces, el techo proyectaba a su hijo entrando a la casa con una reina de belleza, una flaca linda y amable como protagonista de telenovela de las cuatro de la tarde que le dice que su hijo es un gran hombre.
Otros días el techo proyecta a su hijo flaco, sin barriga y sin papada, adoptando en la registraduría su nuevo alias; alias Flaco Lindo.
Otros días el techo muestra a un niño asiático, un bebé desnudo con las manos en su regazo emitiendo una luz verde, muy verde, que ciega a Doña Consuelito entre ella más lo observe. La estatua verde saca hilos rápidos, serpientes de humo que dibujan dos bolas encaramadas; el número ocho, una bola a medio cerrar sobre otra; el número seis, un palo diagonal cayendo de un palo horizontal más corto; el siete.
En el techo, la estatua entraba rápido para luego perderse, dejando los dígitos por ahí botados, consistentemente desvaneciéndose, mientras el brillo del televisor avisaba que ya se acabaron los comerciales, que ya es hora de que el país entero se vaya a dormir.
Doña Consuelito se puso el teléfono en la oreja. Ocho, seis, siete. Ocho, seis, siete. Alias Gordo Lindo bajaba el peñasco del cogote.
Cerrando sus ojos imaginaba que estaba en una simulación; una cabina de muchas pantallas, controles remoto en forma de timón y parlantes con luces cambiantes que ponen reggaetón y vallenato acelerado al mismo tiempo, así, igualitico a un K-tronix, igualitico a ese al que la llevó su hijo un domingo a las tres de la tarde para comprarle una nevera nueva.
En la simulación de Doña Consuelito, las curvas se expandían y se retorcían para luego ser rectas y luego voltear casi completamente, apuntando al lugar que montaña arriba era recto, para finalmente volver a girar hacia el lado opuesto. Las curvas eran como combas de un movimiento más grande, una ondulación en la montaña, y sus caderas de roca y niebla, los lugares soñados donde se matan, mataron y matarían todos los borrachos frustrados por pagar un peaje tan caro.
En el set de grabación del canal regional, ella se cae, se va de espaldas, gira sobre el propio eje de su espalda en un sofá amarillo; el programa no se va a comerciales, no pueden, están en vivo. Un cantante de bachata electrónica empieza a cantar, nadie lo escucha porque todos los televisores del país están en silencio, pacientemente repitiendo el círculo.
Abajo, al lado.
Cayendo de sí mismo, un traqueto con el alias de “Gordo Lindo” piensa en su moza, una flaca, exreina de belleza que también caería, lanzándose por el balcón de su casa sujetando una estatua de la virgen María.
Segunda caída.
Un feto enterrado tiene en la unión de sus huesos retoños amarillos. Un campesino encuentra el feto-semilla, lo lleva al templo del pueblo y el monje superior le dice que debe hacer méritos para elevar el alma del feto. El campesino sueña con una montaña brutal, un imán de curvas y gritos donde todo el mundo cae. La montaña soñada no está en su país, las planicies aterradoras de campos de arroz y matas de plátano se pierden en el horizonte. Sin montañas, sin agresividad, la tierra del campesino sonríe y da las gracias incluso cuando hacen golpes de estado cada quince días. En el germen de la tierra, un rey le dice a su moza (la más reciente) que tiene que abortar si no quiere despertar con los ojos llenos de agua en el Mekong, ese río liminal donde la Naga (santa protectora de toda repetición) pone huevos que serán semillas, y las semillas germinarán como montañas y elevaciones salidas de agujeros al otro lado de la esfera, en el lado opuesto del mundo, confirmando el sueño permanente de campesinos, fetos y serpientes sagradas con el peñasco del cogote.
Debajo de esa montaña, un peaje de mierda que cobra por una carretera a doble calzada que parece decorada con altares a la virgen del Cármen..
Altares que no sirven para una puta mierda porque igual todo el mundo se queda sin frenos y cae.
Tercera, tercera caída.
Y el traqueto con los dientes de sobrebarriga, cilantro y brillo fluorescente de químico corrosivo se acuerda y proyecta (como su mamá en el techo de su casa en Jamundí con los números ganadores de la lotería) a la modelo que cae en televisión nacional evocando la redondez total del cuerpo absoluto, del cuerpo-huevo que no piensa en nada mientras cae.
Que va hacia abajo y siempre hacia el centro.
Y de todas las cosas vistas y repetidas y amplificadas por los números pasajeros y las apariciones silenciosas, las coincidencias en el programa matutino de Eduardo Larossa, el concurso de caldos La Superior, la exportación de esmeraldas a ese país asiático tan tranquilo y tan perturbador como un televisor distorsionado de sonrisas huecas en silencio. De todas, de todas las cosas vistas y todas las otras proyectadas en el interior de los párpados como secuencias necesarias para entender que todos se morirían sin ser conscientes, livianos, cayendo.
De todo no le quedó más que la imagen muda, el desazón de que uno siempre está inconsciente cuando cae.
Cuarta, círculo dharmico.
Y la flaca, la moza de alias Gordo Lindo, observa su balcón inmenso desde el sofá.
Las montañas al frente son rodillas tranquilas de un Dios acostado que hace pereza y mira a la nada (como ella) esperando el fin del mundo, esperando el milagro completo, esperando que las tetas se le pudran por los implantes mal colocados o, mejor aún, esperando un abrazo lo suficientemente potente para hacer que Dios se pare y salga de sus cobijas.
Ella piensa en alias Gordo Lindo, en el negocio de las esmeraldas y en cuánto le gustaría volver a salir en Televisión así fuera sólo leyendo los números ganadores de la lotería. Se pondría un traje Vinotinto, bien apretado, con medias veladas y tacón puntilludo así nadie le vea las piernas en la toma del sorteo y no le importa, no le importa nada, porque ella era dichosa simplemente leyendo el telepronter multiusos del canal regional donde a las nueve de la noche sólo tenía que decir:
“Muy buenas noches, apostadores del Elefante de Oro. Bienvenidos. Este es el sorteo cuatro, uno, uno, cuatro del día veintiséis de enero del año dos mil veintiséis. Saludamos a los delegados que nos acompañan y supervisan en representación de la Superintendencia de juegos y espectáculos de Chonburi y de nuestro patrocinador, caldos La Superior.
Bueno, mucha atención, ha llegado el momento de conocer el número ganador del sorteo Elefante de Oro y las patas, cada una de cinco millones de pesos. Mucha suerte para todos y que rueden las balotas. Recuerda participar por el premio mayor de hasta mil millones de pesos además de múltiples premios como microondas, equipos de sonido y tres motos Yamaha cero kilómetros. Autoriza, lotería departamental de Chonburi.
El número ganador es…”
La flaca recuerda cuando conoció a su amiga en los pasillos del estudio. Ella era amable. Una buena amiga, narcisista y un poco venenosa con sus comentarios hacia las demás, pero buena amiga. En el estudio del canal departamental pudo conocer lo mejor de lo mejor del mundo del espectáculo. Conoció a Eduardo Larossa, quién con el tiempo se convertiría en su mejor amigo. Conoció al gordo que dirigía el programa de variedades por la mañana, un señor que comía arepas embadurnadas en mantequilla, apoyaba ciegamente al rey, y era bastante exigente con las presentadoras que trabajaban con él.
También conoció a una nalgona que quería ser aún más nalgona, su nombre era Melissa.
Melissa se operó con el doctor Euclides. La flaca quería tener las tetas más grandes y Melissa le recomendó que fuera donde el doctor Euclides. El doctor tenía fama de ser un virtuoso capaz de conseguir los mejores resultados en cualquier procedimiento estético, desde implantes y lipoesculturas hasta diseños de sonrisa y aplicación de botox para reducir líneas de expresión.
El consultorio del doctor Euclides quedaba en el tercer piso de una casa de ladrillo en Jamundí. Para subir hasta el consultorio había que subir por una escalera minúscula que apenas estaba iluminada por un televisor sin sonido, un televisor antiguo, que brillaba como si tuviera barras de uranio brillante detrás del vidrio, detrás de la pantalla, adentro de la caja.
Sobre su escritorio, el doctor Euclides tenía una pequeña estatua verde de un niño con las piernas cruzadas.
Esa noche, el sorteo del Elefante de Oro cayó en el número 867.
La flaca se tiró por el balcón de su casa sin saber que se había ganado la lotería.
Las caídas se habrían de repetir, por los siglos de los siglos de los círculos ascendentes, en televisores sin sonido, dormidos, al borde de una carretera.

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