Ñengo Flow guiso

 

Para la Señora de nombre de vocal y todos los desgraciados que no tuvieron ni la decencia de despedirse.



La cabeza le cayó a un lado, el lado izquierdo de la moto. Pasó un camión y le aplastó el cráneo. Los sesos quedaron esparcidos en la calle, regados como pastel celebrando algo que a Dios le debe parecer graciosísimo, pero a todos los demás muy cruel. 

Esa tarde ella iba en la moto porque se iba a ver con él. Él pensaba finalmente dejarle las cosas claras, dejar de tenerla esperando una relación seria que no quería tener, pero al final cedió, aceptó, se dijo a sí mismo “Bueno, ¿Qué carajos? Digámosle de una vez que sí y nada malo va a pasar”.

Esa tarde le aplastaron el cráneo y él se quedó esperando a que ella llegara, dándole vueltas a la botella de cerveza, pidiendo otra, pidiendo luego una bretaña con limón porque algo así como la pena o la culpa le decía que cómo iba a ser tan descarado de darle el beso del saludo con olor a cerveza, borracho, eructando sílabas rápidas para decir de una vez por todas que quería estar con ella, que sí, que bueno, que porqué se había demorado tanto.

Él ve hacia afuera, en la entrada del bar un sujeto extraño no se quita el casco de la moto y la dueña del bar le dice a su hija (esa, la misma, la del tatuaje del beso y el escudo de Millonarios en el cuello) que la deje hablar con el doctor Estupiñán un ratico.

En la mesa del fondo dos peladitos que no tendrán más de dieciocho años se besuconean con dos muchachitas borrachas que sacan plátanos de una maleta y mastican lentamente entre beso y beso. En la mesa hay otro pelado, uno que no besa a nadie. El que no besa a nadie vapea y mira a través del capul de su corte de brócoli los videos hechos con inteligencia artificial de rubias tetonas abrazando a un cantante gordo con sombrero de vaquero.

A veces, el solitario con corte de brócoli también lo mira a él y piensa que ese sujeto de la otra mesa se ve patético, esperando a alguien que lo dejó plantado.

El solitario con pelo de brócoli se siente bien consigo mismo, a él nadie lo dejó plantado, simplemente no supo como caerle a alguna de las dos muchachitas que se besan con sus amigos.

En los televisores una copia digital, un muñeco de goma que quiere parecer Maelo Ruiz (pero no lo es) se monta en un unicornio y atraviesa un desierto al atardecer.

Se acaba el video, en ese momento a ella le aplasta la cabeza un camión.

Un motociclista con chaqueta de las “Gonobikerreas” grita cosas, saca el celular, graba el cadáver aplastado, graba la placa del camión, tira putazos y empieza a gritar “Alerta, alerta” como si fuera un reportero extasiado pasando la primicia de su carrera. El camión sintió un turupe, un pequeñito desnivel.

(Ni idea. El camionero también iba tarde para una reunión. Todo el mundo tiene cosas importantes que hacer).

Él mira la copia digital de Maelo Ruiz y piensa si algún día será como él. Piensa si podrá merecer la dicha de ser una imagen ficticia creada por un algoritmo que se pierda en el horizonte y tenga una pelada que lo ame, una pelada linda, una pelada más o menos linda, alguien que lo quiera a fin de cuentas.

Las muchachas se paran de la mesa y sacan la bolsa de patacones medio vacía de la maleta.

Van a tomar aire y salen riéndose del bar, cuidadosas de no empujar al sujeto del casco que toma una cerveza importada recubierta de escarcha, una que la dueña del bar tenía escondida al fondo de la nevera desde hace rato, y entonces el sujeto del casco le pregunta a la hija de la dueña (la de tatuaje del beso y el escudo de Millonarios en el cuello) si no quiere acompañarlo un día al estadio a comer carne de barril, choriperro y fernet contrabandeado en botellas de cocacola abiertas con un cuchillo.

Por un momento, nadie está en el bar aparte del doble plástico de Maelo Ruíz.

-Ya se está haciendo tarde. Ya dudo que venga.

Las peladitas se arreglan el pelo, se ríen, miran el celular. No les gusta ninguno de los dos. Ninguno de los dos besa bien.

-Él es como tierno, no sé.

-No sé, a mí él no me da confianza.

-Creo que te va a dejar esperando, porque él dijo antes que no quería nada con nadie ahora en su vida.

- ¿Y será que aún está con esta otra vieja?

-No sé, yo creo que sí porque aún se hablan como si nada.

- ¿Si ves? Es que por eso no confío en él.

-Pero maneja un camión.

- ¿Y eso qué? ¿No viste que tuvo un accidente hace poquito?

- ¿Y sí será verdad que él salió corriendo?

-Pues yo creo. Es que quien se va a complicar la vida por una boba sin cabeza.

Él observa al sujeto del casco caerle a la hija de la dueña e invitarla al estadio y sólo ahí entiende que el sujeto es un gota a gota, que la dueña del bar aún no tiene la plata para pagarle y a lo mejor va a regalarle su hija al hombre del casco para que no le rompa los vidrios del bar y pueda seguir atendiendo a su distinguida clientela tranquilamente.

Sus clientes en el momento son:

·         Dos muchachas que comen plátanos fritos de una bolsa plástica y se besuconeaban con dos peladitos de dieciocho.

·         Dos peladitos de dieciocho que le lamían los brackets a las muchachas previamente mencionadas. (Estos peladitos ahora vapean y también se les olvida el mundo exterior viendo las sonrisa y las tetas y Maelo Ruiz en inteligencia artificial).

·         Un muchacho con corte de brócoli que ve a un tipo solitario tomar bretaña y aguantar los eructos. (El muchacho cabeza de brócoli piensa una excusa para irse del bar, llegar a su casa, masturbarse y dormir en jeans apretados dentro de su cama).

·         Un tipo solitario que toma bretaña y aguanta sus eructos.

La clientela del bar se calla, observa a la hija de la dueña y al gótico de casco negro, espectral, que ahora se ve patético (cachetón en ese casco que le queda pequeño) tratando de levantarse a una peladita con el tatuaje de un beso en el cuello. Las muchachas de los plátanos se pasan la lengua por sus dientes, por los Brackets, por los cobertores de aluminio sobre sus dientes que guardan rocas amarillas con mucha sal. Ninguna quiere besar al peladito que se estaban besando hace poco. El Pelo de Brócoli es medio lindo pero tonto, lento, ojeroso, apendejado viendo mujeres y cantantes de salsa hechos con inteligencia artificial y piensan que a lo mejor el Pelo de Brócoli es así, artificialmente inteligente, falsamente lúcido porque de vez en cuando se tira un comentario interesante entre clase y clase.

Pelo de Brócoli no es inteligente, dice esos comentarios rebuscados que sólo puede decir un marihuanero frustrado con su vida, un pajero que se quedó a puertas de sentir el sabor de un plátano frito con babas de una desconocida en un bar que ni siquiera tiene suficiente dinero para pagarle a un gota gota (qué absoluta infamia) y más bien se abstrae de sí mismo pensando en ese lugar místico al que irá el doble plástico de Maelo Ruíz, el islote en el desierto de las nubes donde rubias tetonas le soben la barriga como él desea ser sobado, sin hacer nada, parco, en el movimiento de sus rodillas ansiosas porque si no es la bareta es la paja pero Pelo de Brócoli necesita siempre una forma de apendejarse para hacerse sentir inteligente.

Ah, sí, también hay un tipo solitario que toma bretaña.

Y el sujeto de la bretaña decide pagarle a la dueña porque qué lamentable dejar que su hija vaya al estadio a ver un partido de Millonarios con un gota a gota, un sujeto con cara de buñuelo que quiere parecer malo para la madre y bueno para la hija y se ríe como Ñengo Flow fumando un cigarrillo de mora azúl que deja el bar oliendo a amanecedero de guaracha, a atracadero distrital de celulares y chaquetas de cuero de peladitos borrachos que no supieron irse a sus casas cuando ya era hora.

-Me voy, bro.

-Marica, ¿Cómo así? ¿Y eso? ¿No es que iba a venir la Nicolle y hacíamos el tres pa tres?

-No, bro. Nicolle se mató en una moto. ¿No se acuerda?

- ¿Nicolle era la china de la cabeza espichurrada?

-Esa, la flaquita

-Cagada, bro, las flacas son talladorsitas.

-Coma mierda, huevón.

            Esa tarde nadie confirmó nada, nadie se cuadró con nadie, nadie se juró amor eterno, nadie llegó a su cita en un bar maluco, nadie se devolvió con ninguna pelada de boca de plátano en un taxi zapatico escuchando temas de Maelo Ruíz y pensando si el gordo hijueputa ese también tendría la fortuna de ellos, los que huyen del mundo en un unicornio de inteligencia artificial con babas, sodio industrial, tufo y olorcito en la nuca a cigarrillo de mora azúl/amanecedero de guaracha/atracadero distrital. No.

            La hija de la dueña guardó el número del gota a gota en su celular: “Ñengo Flow guiso”.

            El Pelo de Brócoli tampoco se hizo la paja. Ingrato.




 

 

 

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