Aplauso en caja (12/23)

 

Aplauso en caja

En un cuento sumergido. Aplacado y metido en su bolsillo. En el día del elefante que se durmió y cayó sobre su espalda, que se puso con las patas arriba y pidió que bajara una mano con la textura de las nubes y le sobara su barriga. En el día milagroso de las piezas que se unían, que se asignaban por numeración en escala de esqueletos, como los niños de la tierra abandonada que sacan los huesos de las ollas del sancocho, que abren los cadáveres con sus dedos sin uñas y lamen el interior y comen la carne cruda tal cual está. Se acuestan adentro de los animales muertos y se rodean con sus pieles, se arropan en la cobija del cuero.

Sentí en ese día. Sentí cómo se abría un milagro en pulsaciones pequeñas, con el ritmo de la antena en el cielo. Esa gran torre de hierro que pulsaba en pausas necesarias, las curvas y las vueltas de las figuras, las piezas de los fantasmas que se escapaban de los animales muertos, la pausa de los niños que no querían vomitar adentro de sus coberturas, de los animales secos ya sin humedad en la sangre.

            Ese día, los elefantes se pusieron a sí mismos en una caravana. Se sujetaron por sus colas y bajaban a lo largo de la calle, el cementerio de las cajas abiertas, al ritmo de la antena secreta con la luz abrasadora de Dios atrás de una nube. No lo juzgo. El luminoso obtura con el párpado de los animales, se puede decir, porque me lo dijo el elefante que me prestó su cuerpo, que Dios empeña la membrana de la vida por cortezas metálicas y que Dios se esconde para palpitar en la luz LED atrapada en la nube. Dios repica con su lengua entre los dientes. Dios aplaude antes de que se acabe la película y se mete desnudo en su cama de sábanas blandas. La secuencia de los elefantes repite otro paso, y la percusión se repite y se repite, formando un entorno de ensoñación para los que se acuestan (y nos acostamos) en la textura persistente de un tiraje celular. Y damos las gracias al cerrar la boca. Para darle paso al himno que llega por rutina, que será imán de tareas ambulantes con un signo de aprobación verde, cada vez más grande y sonoro, como un cordón de nylon con bolas acrílicas, nos comunicamos con el cuerpo en las manos, bajo la luna a plazos de Dios parpadeante.

            Salí de esa casa, me monté en un carro rojo, oscuro y brillante, en el asiento atrás de ella. Me habló de su viaje y que no volvería más. Pegó la cabeza en el vidrio soplando, poco a poco, el vapor de su estómago revuelto. Yo la olía atrás y estiré mi mano hasta tocarle el cuello. Se puso escarcha y olía bien. Atendió al conductor sin mirarlo, dejándole la despedida y la pregunta por las vueltas en su cara y la pobre nariz del señor conductor, su módulo externo tan hacia afuera como un pelícano de puntos negros en sus poros inmensos y tantos granos azules de perlas y caviar apenas redondo. El señor conductor le entregó las vueltas y prendió la luz rosada en sus pies, cambió de emisora y agarró el bolso negro en el agujero de los pies de ella. El agujero estaba tamizado de amarillo, una cobertura sin sombra perceptible en cada letra de la palabra cuero, del registro de la luz, del recuerdo siempre inventado de una textura en un carro. Se metió rápido en el edificio. Le soltaba nudos y chispas rojas, eran los meteoritos de pequeños planetas orbitantes de un metal cualquiera.

Quería decir la palabra pero yo sólo miré más arriba de ella, al techo del edificio.

La antena que parpadeaba y persistía al costado de los ojos del mundo entero. Sentí que generaba olas sin campo expansivo, del grosor de mi piel, más gruesas aún, como las rodillas peladas de un elefante, como una señal de cartón en una calle destruída. Y pegué la cabeza al vidrio y soplé mi propia humareda del interior, sintiendo que mi estómago obedecía a las contracciones empapeladas de mi propia imaginación en un tubo. Otro recuerdo, una tienda de muebles con tejas altísimas de aluminio y un vacío indeterminado con luces largas y una melodía de altavoz dándonos las gracias, anunciando ganadores de rifas, de cheques sellados con un perro sin colores, y yo hui de tanto miedo a que me cayeran los elefantes encima, a que mis papás me dieran una palmada por mirar entre las piernas de la modelo que vende radios, de la caja infinita con dimensiones intermedias y mirar al fondo de las materas y escupirle a los retoños. Perseguir a mis papás y asomarme al muro gris que fue cuarteado para aparentar ladrillo y un puberto con una camiseta de Metallica se masturba con la cabeza en el vértice del plano, mirándo a la misma modelo de los radios con sus rodillas rojas, descascaradas por sed y con esos montículos comidos por su piel, sus poros. Y el puberto se volteó. Y me dio las gracias.

            En la sección de jardinería, un tobogán en forma de elefante. Me acosté bajo el techo ondulado del tobogán, la trompa que yo pensaba era la lengua del elefante, como la mía, pero nunca blanca ni dividida por una grieta de sangre. Y sin parpadear, mirando la luz blanca y alargada que piqueteaba, averiada, sin ser percibida. Me bajé la pantaloneta y los calzoncillos metidos al fondo de la raja y un poco cagados por el amagué que hacía con mi vientre y me oriné y desperté en el asiento trasero del carro rojo. Media hora después estaba sorbiendo el tuétano de la costilla como me enseño mi papá. Y sé que yo enterré la lengua y la dejé tiesa, manteniendo el disco de calcio de la vaca frente a mi nariz.

    Soy un elefante, le dije a mi papá. Y me tomó una foto. Esa foto que ni idea dónde estará.






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