Nuevas posturas en la silla (02/24)
Nuevas posturas en la
silla
El cuerpo psíquico, ampliado, lejos. Es
como observar las luces desde la ventana que titilan a pesar de que la lluvia
interior de los ojos, y que las lágrimas y la suciedad en los cristales de las
gafas, ya sólo muestran las luces montadas en otra montaña que está más lejos.
Y la montaña repite otro color, porque sus luces originales se perdieron y se
cambiaron. Porque. Porque en ellas la amplificación es a otra habitación que ve
hacia una montaña más al sur.
Ahí viven los osos de anteojos, los
árboles llenos de agua que se desploman de tanta lluvia y las carretas con
máquinas y azadones gastados, todos, que cortan el pasto y lo meten en costales
de franjas azules y rojas, rojas y azules, con la bandera del país. Amo la
lluvia ahí, en la montaña atrás de la otra montaña que es invisible.
En una carretera los conductores ponen
sus manos en la cuerina gastada y empiezan a lamerse los restos de salsa
picante entre las uñas. Las uñas tendrán todas las bacterias que pasarán a sus
ojos. Sus ojos tendrán una infección ultra lacrimosa que les llenará los ojos
de agua y no podrán darse cuenta de que el carro que conducen tiene que voltear
en una bifurcación hacia una carretera ascendente o una descendente. El
conductor no sabrá que tiene la opción de encaramarse a la montaña con el
zumbido de su carro, ni que se acostará en piloto automático lamiéndose las
manos y chocará con un farol amarillento a mitad del ascenso por la montaña.
No. No sabrá. Pero puede que esté contento al pensar que, con sus dedos en la
boca y la infección de sus lagrimales, las glándulas lo obligarán a pensar en
que con esos mismos dedos (y esas mismas uñas cochinas) tocó la curva interior
de un tubo de carne que se montaba hacia un ombligo, profundo y encorvado, sin
ser trombón u otro instrumento de aire, subido como tubería de placas y placas
superpuestas y fibras de asbesto para evitar que se humedezca el interior con
el exterior. Ahí. Entre la carne que se cierra entre sus dedos larguiruchos y la
sensación persistente de humedad, viscosa.
Y ahí mismo le patinará el timón en las
manos y el carro se manejará solo hasta chocar con el farol amarillo que
prenderá y apagará y caerá rojizo sobre el carro cegado, sin alcanzar el tope,
a medias. A medias. Siempre a medias. Cuando la luz desparezca y el calor del
motor y el incendio del carro convertido en una bola de gasolina pintada en el
espacio, profunda, se incendie y llegue hasta la lluvia aposentada atrás de esa
montaña.
La que no veo.
Y se llene la glándula del olor
anterior al choque y a la distracción de los dedos en la boca, y anterior a la
humedad permeada en todo y a los líquidos del interior abajo del ombligo y la
infección que se curaba tres veces al día con unas gotas que su optómetra le
recomendó (no hizo caso) pero puede acostarse tranquilo como un globo
brillante.
Globo
naranja.
Mejor, naranja con azul.
Que vuela entre una montaña y otra,
entre las luces de los faroles que me parpadean por su distancia, y estalla como
un carro bomba en las nubes. Sincronizado en el plan maestro de las
regresiones. Esas dos. Las corporales de evocación dormida, la cabeza que
alcanzó a pensar “tengo hambre” con las virutas de cebolla y de ají habanero y
de líquido preseminal arrepentido de la oportunidad que tuvo para voltear por
la otra salida, coger la oreja izquierda, derecho, la oreja a la derecha entre
la gasolinera, y parquearse en la entrada de su casa.
Jamás subir la montaña.
Esperar frente a la reja a que su
esposa en batón largo y percudido le abra. Buenas noches. Hola. Mañana tengo
que salir temprano, a las cuatro. No lo voy a despertar, eso es su
responsabilidad.
O dejarse matar en un ascenso de
espiral, con la inclinación del carro derrapante en los ángulos de la carretera
a la montaña.
Sin saber que atrás hay otra montaña.
Un cúmulo de agua flotante. Así. Como
un cuerpo largo y evanescente.
No importa.
No Importa.

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