Rodilla de elefante (12/23)
Rodilla de elefante
Hay veces en las que se separa el
mundo, y se pone en la mitad una moneda gorda de cartón. En la moneda, el
número no se alcanza a definir claramente. Podría ser un cien o un setecientos.
Podría la moneda, al mismo tiempo, guardar el espacio de lo que se dice en
contraposición de los cuerpos que se mantienen en silencio, y la forma en la
que se rastrea la cabeza de la persona que está al frente, que mantiene rígida
su barbilla de piel salida, que recae en su hombro con el cigarrillo en la
mano, sin tocarlo a uno, porque no puede pasar, porque aún no sabe decirle que
se puso una moneda gigante, de cartón, entre los planos y las líneas del viento
en los flujos dinámicos de palabras sueltas. Aún no se han hundido los barcos
llenos de buenas intenciones. Casi sintiendo que pronto podré y podría y
siempre alcanzaré a darle las gracias como una excusa para tocarle la mano. A
esa, la izquierda, la mano que no me toca. Que no puede y menos quiere. Que
siente distancia. Que presiente en mi cabeza el cuerpo contraído de unos huesos
con puntas filosas en cada terminación, en cada cresta de la columna vertebral.
Sé que podré coger la moneda y
masticarla. Sé que el cartón tiene aún más adentro un sabor a martillo y a
elefante aplanado. Sé que la representación de las cosas me distrae de la forma
en la que corre su silla para no chocar sus rodillas, debajo, con los huesos
filudos y las aperturas de las ventosas negras. Las manotadas de poros en su
piel no humectada que extienden los pitillos de sus bocas en forma de dobleús,
marcando el relieve de eso que quiero agarrar. Su rodilla que quiero morder. El
islote de carne que quiero masticar mientras me sigue diciendo que está lejos,
que no le gusta la forma en la que me quedo observando el aluminio de la moneda
de chocolate.
-Es
un dulce
-No,
es una moneda de cartón. Pero ya me la comí. Queda el envoltorio.
-Eso
es aluminio. ¿De donde sacas que es cartón?
-Pues,
lo que pasa es que, de aquí, de la mitad que ya no está de la moneda, sale un
holograma de corteza oscura. Está pintada. También la puedo masticar, pero no
va a saber a chocolate.
-No
tengo ni idea.
-Yo
tampoco. Tus rodillas parecen bebés asiáticos gordos haciendo un berricnhe.
-No,
mis rodillas son bonitas. Y eso que hace unos años me rompí los meniscos.
-Sí,
son bonitas. Siempre que puedo, pienso en masticarlas.
Pensé
que en Botsuana cazan elefantes; los dejan agonizantes en el piso disparándoles
primero a las rodillas. Sentí la tristeza grande e insondable de un petardo
oscuro adentro de mi cabeza. Sentí la apertura de los ligamentos y las virutas
del hueso, como esas explosiones a cámara lenta de cocos y guanábanas en la
televisión de mi infancia ampliar un campo de visión y combate invisible entre
mi cuerpo y el tacto de su mano sujetando la otra mitad del envoltorio de la
moneda. Al tocarla con sus dedos sucios en la parte interior, donde no es
dorado sino básico aluminio opaco de trajín, doblez, chocolate, sobre
interpretación, supe que iba a abrir la boca para decirme que dejara de
prenderle cigarrillos si no me los iba a fumar. Natural. No importa. También
creí entender que su amiga se compró un dildo en forma de salamandra aplastada,
que el novio de su amiga lo escondió por celos, que tienen una dinámica de
atracción y repulsión en la que él se mete el dildo en el ano para darle celos
de la máquina y, al mismo tiempo, asquearla para que no use más esa mancha de
silicona morada que ella mirará con desesperación, buscando hasta encontrarlos,
las líneas y los puntos elongados de mierda que su novio, a propósito, no lavó.
Ella sabía que entre el cartón y su historia y mi deseo de morderle la rodilla
y los elefantes que habían muerto, innumerables, desparramados en sabanas de
pasto amarillento en Botsuana, su archivo profundo del dolor, el de ella, el que
aún no incluye las fotos de elefantes muertos que le envié, el día exacto en el
que ella se iría sin mirarme a los ojos y no me diría nada y yo le rogaría que
me quisiera porque deseo el cariño más que la humedad de la lengua y saldrá,
contenida, en un twingo que abre sus puertas hacia arriba, como las gaviotas, a
dormir sola e insegura, en su cama de sábanas negras, a masajearse las
rodillas.
Otro día dirá en que se indispuso. Que
empezó a sentir algo raro cuando hablaba conmigo, pensando en una moneda
invisible que nos separaba. Yo le diría que no había problema. Me moriría de
ganas por tocarle la rodilla y masticar la moneda. Durante días repitiendo
videos de cazadores de elefantes. Deteniendo el video y haciendo zoom cuando
destripan al animal. Me pararía, miraría por la ventana y movería mis
mandíbulas por ademán constante, nervioso, sintiendo la textura de un fantasma
duro y quebradizo.
Sería la sed. La misma de ese día. La
extensión de lija gris al fondo de mi lengua. La costumbre de masticar
superficies duras.

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