66ª+68+45



Llegué a la casa, pero ya no había vibración en las bisagras. Tiré una piedra a la ventana y la piedra rebotó contra el cristal. Sin quebrarse, se hundió el cristal moviendo sus partículas hacia atrás guardando la roca que no saldría.

No se puede soltar.

Pero decir que la piedra se abre a otra caída es decir que no soltará sus músculos, tampoco, que se pondrá en otra capa de polvo, mejor así.

En el espacio que no rompió la piedra, dos líneas salen hacia arriba, cruzan una proyección fácil que hago desde la ventana:

1.      Si estiro mis brazos en línea recta desde acá alcanzaré la casa del vecino.

2.      El vecino no sabe porque no ha escuchado el primer golpe de la piedra en mi ventana.

3.      El espacio que mido en forma recta no se dobla ni se destiempla.

3.1. El límite puede ser el viento o la lluvia, la forma en la que las moscas sobrevuelan y hacen círculos.

3.2. Mejor así.

Y es complejo decir que no querré abrir con un taladro industrial la cabeza del flamenco de porcelana. Más difícil aún que no mataré al niño con sus carritos de aluminio en una pistola a compresión, una unión de tubos bombeados por una maleta negra con motores y válvulas potentes. La maleta es mi único equipaje, el motor que permite la ruptura de ventanas o la medición.

De lo no acá, del otro allá, a partir de cinco niveles que yo mismo puedo modular en la perilla de mi mano izquierda.

Puedo matar al perro de la casa esquinera. Puedo abrirle la cabeza y ponerle un soplo de hidrógeno en su cerebro destapado, un chorro frío que condense la humedad sangrante de su cabeza

(que inicie la producción anterior, aplazada, la de los mapas de la avenida antes de que empezaran a construir)

Y el niño se peina hacia atrás en el espejo. El niño tiene una frente bonita y una piel cuidada, se mueve y salta por todo el cuarto y no mira por la ventana cuando estiro los brazos.

Le tiro la piedra incapaz de matarlo.

Le pongo la válvula de mi cañón de aire en las orejas, le abro la boca y activo el modo del soplido permanente, cuando se puede devolver de la maleta al interior de sus pistones engrasados la baba con la lengua rosada del niño.

El perro se puede ahorcar con una polea completamente fabricada en hilo dental.

La calle tiene una heladería en la esquina, la primera heladería de la ciudad en tener un autoservicio que estuvo muy de moda en los ochenta. En el mapa el niño sin lengua mira al techo y levanta los brazos al frente. Su frente es el arriba, mi arriba, por la caída en posición de su cuerpo y por el hundimiento de la casa por los cabellos que galopan bajo tierra, moviendo toneladas y bultos de tierra remezclada con huesos mordidos.

El niño se comió al perro.

Es una creencia que tienen los vecinos de la casa de al frente para desprestigiar a sus vecinos. Los odian, principalmente, por ser extranjeros y tener máquinas apiladas en el garaje del primer piso.

Importadores de brocas dentales.

De taladros en miniatura para correr el asfalto y poner vigas de acero que sostengan a un tren flotante.

Por no ir a la heladería jamás y no comer helado porque son intolerantes a la lactosa.

El niño es capaz de hundirse en la silla y masticar sus mocos, pequeños porque su nariz es pequeña, cortarle la barriga al perro y decorar la casa con paisajes brumosos de las montañas de su país.

En la propulsión que puedo dar con la máquina en su máxima velocidad. Reponiendo las tuercas internas con soportes de madera que no sobrecalienten la alimentación central del piloto, simple o más fácil que cortar los suministros de agua con baterías externas, y recordarle al niño que la gallina es la misma chicken.

-Arriba, cuando su pelvis lo mantiene del corcho coloreado del parque.

-Abajo, cuando sus rodillas se doblan y se aburre por la falta de movimiento (los vecinos mataron a su perro con puntillas y sopletes de hidrógeno).

En la caída de la casa se puede decir que la calle perdió su centro de estabilidad, pienso en las grecas de las tuberías subterráneas, pienso en las turbinas en la boca y la cabeza del niño que observa la casa de sus vecinos, al otro lado de la ventana.

Estira los brazos y sube sus pies a una plataforma que le hice con restos de piedra y lodo, tierra con helechos de pasto como mechones de pelo de una cresta en el cráneo, de un cráneo sin carne de anclaje y textura.

Se quedó callado y nunca aprendió la diferencia entre el afuera y el adentro, a las palabras.

La cabeza le retorció el pecho y lo ahogó cuando se inclinó el camión y sus padres sacaron un metro industrial del garaje para medir la redondez de la bola del helado que se estaba comiendo.

Y la supo perfecta, sin dar las gracias por los implantes de aluminio que sacaban sus puntas en la cresta de sus dientes.




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