Anti-secuencia demoniaca en Europa Central

 

Anti-secuencia demoniaca en Europa central

 

Dice que, a partir de la expansión, en la pantalla de carga y aprovechando el microsegundo de sonido frenado, mover el joystick en las direcciones opuestas que el muñeco en la pantalla indique. O sea, ponerlo en un sentido contrario al que el juego quiere para así cumplir el primer paso que me recomendaron los expertos. Yo les creo a ellos, son manes duros para los videojuegos. Son Carlitos Carvajal, el repitente, el profe de Informática y SebAXXX_887 quien, todo el mundo sabe, es el mejor youtuber de trucos para el San Andreas y da links buenos para descargar emuladores de Game Cube.

Y pues, como la idea es alcanzar el punto ideal en el que la pantalla se salga, se expanda y se alborote para que ahí me den el susto rico de que es verdad lo que me dijeron en el recreo.

Y estoy con un poquito de miedo.

Pero es sencillo recordar que debo oprimir cuadrado, círculo, triángulo, triángulo para sacar el poder especial que me da la espada mística, y eso ya lo tengo más grabado en la cabeza que la postura en la silla de Andreíta Torres y los ríos de Colombia. Y así ya lo tenga clarito, es difícil empezar a jugar a la inversa, a divertirse con un espejo atrás de los ojos y repetir el baile de mi personaje al revés siendo triángulo, triángulo, círculo, cuadrado para que se empiece a poner extraño el juego y yo puedo escuchar como la consola va raspando el disco, como si empezara a girar con su velocidad violenta hacia el otro sentido y las grapas de plástico que lo sujetan son dedos que tantean la fibra del archivo preguntándose: ¿Y este marica qué?

Y ya me empiezo a divertir como sintiendo un agujero sobre mi vejiga, eso que uno siente cuando se suelta el ascensor o mi papá me alzaba y me ponía a volar entre los pasillos del Alkosto porque se empiezan a generara cosas.

Siempre se generan cosas.

Se sueltan piezas y piezas que no son polígonos sueltos sino sensaciones de un miedito más grande, jueputa, se va a dañar el juego, va a aparecer el demonio del Final Fantasy, sentiré que me chupan y me hala una mano de lluvia brillante hacia el televisor, pero yo soy más inteligente y repetiré: “Ángel de la guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día hasta que me pongas en paz y alegría con todos los santos Jesús, José y María. Amén y amén”. Y yo sé que mi abuelita Margoth me bendice y evitará que el demonio del televisor me haga daño porque ella es la presidenta ple-nis-po…ten-cia ¿Cómo? Ple-ni-po-ten-cia.ri-a, eso, del grupo de oración de La Soledad y si mi abuelita Margoth me bendice pues nadie me va a hacer daño y Dios entiende si le robo la tarea a Zuluaga o si le dejo mocos en el pelo a Andreíta, tan linda Andreíta, con doce años y ya es de esas niñas grandes que fuma cigarrillo, se sube la falda y escucha La Mega.

Capaz que el dibujo de las figuras en el papel, así como yo los copie, a las carreras, son tal vez el idioma de una secta de gente mala con capotas sobre la cabeza y vestidos todos de negro, o son como esos ricachones con máscaras que salen en las películas que rentan mis papás en el Betatonio. A lo mejor son un grupo de huevones tímidos que se creen importantes por taparse la cara y repetir cosas oscuras. Me sacan los ojos y los ponen como huevos flotantes sobre la hoja para que recuerde como quebrar el juego y me hacen volar a otra parte, lejos, a un edificio a medio construir donde hay muchas cámaras de video y conejitos corriendo, como las películas de mis papás en Betatonio.

Y entonces sigo poniendo los botones en el orden que me da la mano, reviso la hojita de papel arrugado y dejo el control sobre mi pierna y con una mano lo manejo, como un piano pequeño, esperando que me salte la niña del Aro a la cara y me asuste o ese monacho calvo que sale en “No apto para cardiacos” pero en realidad solo se pone más y más lento el juego. Va pataleando sin rumbo a que me salga la pantalla azúl.

Ahora sí tengo miedo.

No quiero dañar la consola porque se la compré de segunda a mi vecino, el hijo del gordo y barbudo que es de Checoslovaquia o Hungría o Polonia o uno de esos países que salen en los documentales de la segunda guerra mundial y a los que nunca van las gomelas de mi colegio en sus quinceaños.

No.

Si daño esta play tendré que encargarle a mi vecino que vaya a Checoslovaquia y me traiga una nueva y eso me va a salir muy caro porque para llegar hasta allá tiene que atravesar el mundo con una hoja en el bolsillo que le diga “Please, neighbor, I need a playstation” en mi inglés de diccionario así mi vecino hable español y se ponga camisetas de Millonarios los domingos pero cuando la gente sale del país se le olvida el español y no sé si a mi vecino le alcance para comprar un playstation en Checoslovaquia con el dinero que hago vendiendo Bubbaloo en la ruta.

Jueputa, no.

¿Para qué daño mi play entonces?

Le voy a decir a mis amigos que igual lo hice y el televisor se ensanchó y salió un montón de humo y todo se tinturó de morado y en las nubes interiores se veían rostros con lágrimas y sentí que ví mi propia muerte y el fin del mundo que será el día 6 del mes 6 del año 6 y todo se va a destruir excepto la casa de mi abuelita Margoth que por rezar y darme plata para dulces fue elevada en un carril de luz blanca hasta el oasis en medio de la destrucción; Praga, capital de la República Checa, porque Checoslovaquia ya no existe y mis amigos no saben, ingenuos, huevones, nunca hacen las tareas ni de geografía ni de historia.

“De ahí era Drácula, de Chochoslovaquia jajaja.”

“¿Ese es el de las paletas?”

“No, huevón. Drácula era de Rumania”




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