Aquí, acá, allá y al lado

 

Aquí, acá, allá y al lado

A veces se vuelve fácil y otras muy difícil. Eso, decir “El cuadrado tiene cuatro lados” al frente del salón, diagonal al tablero.

Es mejor diagonal.

Si estuviese completamente de espaldas al tablero me expongo a que las líneas divisorias entre los tableros me atraviesen, como rayos láser, y me partan en fragmentos rajados, humeantes, como en ese episodio de Happy Tree Friends en que a la ardillita rosada la atraviesan tres motosierras, al tiempo, por querer comerse el chocolate del alce azul.

Entonces, como no quiero que me corten, me paro diagonal al tablero. Me da miedo que salgan rayos destructores, brillantes y azulitos como en las películas, y me dejen rojo de la vergüenza, tolerando el oso más grande de mi vida que ojalá se acabe cuando me atraviesen los rayos láser del tablero. Ojalá.

“El cuadrado tiene cuatro lados”

El lado de arriba, el de abajo, el de la derecha y el de la izquierda. El cuadrado equilátero puede ser una cajita de dibujos en el tablero. Aquí cabe el contorno de una moneda. Aquí una carita feliz. Y es muy lindo ver como todos me apoyan y me dan la razón desde sus pupitres, porque sé que el cuadrado es una caja y quiero imaginar que lo puedo sacar del tablero y que sea una figura viva, así, como en los comerciales, una cajita 3D que pueda atravesar con mi mano, meterla, esconder mi cabeza y salir disfrazado de caja al centro comercial.

            Já, severo disfraz.

Al igual que es bonito pensarme caminando por los pasillos de un centro comercial y me tiran pétalos de rosa. “Ay, sí. Ay, sí. Gracias, no me olviden” Y más chévere aún usar la caja para manosearme en el salón, rico, sin que las niñas fofas de trencitas me digan nada. ¿Y yo que hago? ¿Y uno cómo le pide a Miss Karen que no se recueste en el… Ay, no. En el…En el qué? Ay sí. Y entonces para dibujar el cuadrado se debe coger la regla de madera y tener el pupitre limpio, sin viruta de minas de colores o bolsas de hoja de cuaderno ni papeles de chicles masticados ni palos de bom bom bun con los que hago lanzas para tirarle a los ojos a los perros de mi vecina. Y, papito Dios, que no me hagan una venganza violenta como a la ardilla rosadita de Happy Tree Friends cuando el alce azul la metió en una licuadora, y tan bonita que es Miss Karen anotando en su cuaderno, al fondo del salón, poniéndome la nota más alta de la clase por mi inmenso talento para dar exposiciones y vender la idea mística de un cuadrado, cuatro lados, en diagonal, con el tablero grande que usan en los cursos de más arriba para las ecuaciones de matemáticas que tienen letras y las niñas grandes se ponen el mechón como tiradito para adelante y al tiempo para atrás.

La gente grande, Papito Dios. Ya quiero ser grande para tener un celular con Bluetooth y me pasen todas las canciones de Reykon.

Pero no tengo buenas notas y Miss Karen me pregunta otra vez que si se estiran los lados de un cuadrado qué figura va a salir y, ay, yo quiero decir isósceles porque es una palabra bonita con muchas sílabas. I, ese, o, ce, e, ele, e, ese. Pero, ay, se me olvidó la tilde en la o y, ¿Cómo puedo ser tan bobo?

No, tengo miedo, no voy a pasar, voy a perder.

No.

 El cuadrado es la cajita para guardar los dientes y los juguetes de dinosaurio que guardo de las piñatas.

Sí.

Muchas gracias por escuchar mi presentación sobre el cuadrado.

Ojalá pararme al frente, guapo y sacando el culo como una paloma y fijar la línea que se proyecta de mis cejas en los chicles secos que cuelgan del techo. Pararme derechito en el tablero para que me atraviesen los rayos láser-cuchillas de Dios para matarme. Ay. No voy a poder ver televisión por la noche. La novela. Quiero yo mismo dibujar un cuadrado y meterme ahí.

Ojalá Miss Karen, esté desnuda y me diga que muy bien, que pasé la exposición.

O, mejor, quiero un celular de tapita. Sí, de esos que tienen tapa y se pueden enviar las canciones por Bluetooth. Que los niños grandes me manden todas las canciones de Reykon. Que me pasen el ringtone de Happy Tree Friends y mandar SEX al 4554, sí, como los niños grandes, como las cajitas ampliadas en los bolsillos y las cabezas, más y más grandes, que me guarden y me dejen dormir.

Hoy, ayer, mañana.

El domingo cuando se me olvide hacer la cartelera para la exposición.

El lunes cuando me orine y me dé pena exponer sobre los poliedros.





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