Petardo mudo en paracaídas
Los perros, con sus bocotas de dientes
salidos y chorreantes buscando masticarme la frente.
Ellos. Los animales más indeseables de
la creación divina de Dios.
Los sabuesos de fuerza salida y los
ratones calvos de ansiedad pendular, de mandíbula enclavada en su deseo por
masticar los huesos de otros perros, y con sus miembros de colorete rosa
montarse en carruseles y trencitos de superación, de lascivia y rabia por el
placer. Arriba y abajo, con los prefijos y sufijos que quieran los animalistas
en un carrusel que les crece en la cara “Divinos”, “Amorosos” pero para mí siendo
tan estúpidos, sí, bobos, bobos los perros, los animalistas prefieren amar a
cualquier cosa que no sea otro humano. Y ya me da lo mismo.
Ellos. Los que espantan a los ladrones
y a los que no los miran bonito.
Dame la patica.
Los que llegan con el olor del pánico
a tocarle la oreja al ser más noble de la historia humana, mordisquean en las
piernas a las vacas, a los perros, a los viejos y a mí; a mí que simplemente los
odio como no odio nada más.
Yo, que siempre he visto en su
manipuladora pasividad de fiera contenida al mordisco inventor de la palanca y
al dolor exacto de uno y cada absoluto dientecito en sus sonrisotas corroídas
de labios negros, separados, como mis dientes, de una garrapata y un gusano que
meterán en sus bocas.
De un beso absoluto y con mi lengua
adentro pasarles las virutas de una cáscara de huevo molida.
De sus piernas que poseo en un arrebato
para quebrar sus huesos y lamer la médula blanda de sus carnes brillantes.
Los perros. Cuánto los adoro.
Cuánto quise a uno, solamente a uno en
mi vida. Voy a hablar de él. Se llamaba Lucas y era blanco y pequeño, lleno de
tumores y bultos en su cuerpo que le hacían parecer un niño de fiesta, un peladito
que corre con barro en las manos por todo el salón comunal.
Imaginar la piñata del barrio, y Lucas,
el niño de huesos sobre empacados, con chaqueta sobre chaqueta de sus padres y
tíos. Con los zapatos metidos uno dentro del otro y los bultos de sus medias en
su boca. La boca de Luquitas, caída con esa maza roja con una costra morada que
le sacaba sangre cada vez que se la arrancaba, y mi exnovia, L, besaba paños
con alcohol y algodones con líquidos amarillos, espumas verdes, masticaba
lengua y dientes (el perro de la perra de la perra y el perro) y acariciaba el
tumor del pobrecito Lucas que sacaba la
lengua ansioso y movía su pelvis hacia adelante y hacia atrás, sin sacar su
colorete porque L me repetía que Lucas era castrado y posiblemente gay, que le
gustaba montar a otros perros (los más grandes del parque) y los labradores
machotes y acuerpados del club.
Lucas tenía el esqueleto encurrumbado. Mejor
dicho, el equivalente a decirle “Pate cumbia” a un cojo, pero en el esqueleto
completo de un French Poodle. Lucas tenía bolas y tumores gigantes, rojos y
morados tan masticables como asquerosos y una sonrisita mueca y bondadosa de
perro contento (como todos) con que le agarren el lomo y le repitan lo bonito
que cree ser. Cuánta envidia le tenía a ese perro que yo, siendo novio de L,
jamás fui tan querido como ese animal.
Las costras y tumores saltaban y se
esparcían como confeti y garrapatas de materia viva a otros perros genios que
montaban a Lucas, y no lo dejaban sino repetir el ciclo.
Sobre uno.
Sobre otro.
En una torre de perros con sus anos
salidos en purísimo prolapso anal. Chunchullos crudos. Esas telitas de carne
fofa.
Una torre donde todos se mastican sus
cuerpos y se muerden los cuellos, revueltos en el morbo suave de matarse en
plena montonera sexual. Y pensaban unos que podían comerse entero el premio
máximo, el tumor flotante de Lucas, el que L besaba con la sangre del perro aún
caída, y después me daba besos a mí.
Contento. Contento yo, ella no.
Yo contento porque la amaba desde que
la conocí. Ella indiferente porque no sabía ni mi nombre y durante meses sólo
me señalaba con la mano, como Dios o un padre amnésico, para pedirme cariño o
atención a ese perro medio embutido en sus propios músculos.
Entonces el perro se llamaba Lucas y
yo, tan tórtolo y huevón como tragado de una tipa que sólo tenía ojos para su
mascota, ese perro. En últimas, el atembado era yo porque L salía conmigo y me
hacía feliz, pero salía conmigo porque no tenía nada mejor que hacer y
caminábamos por las cuadras de su casa llevando a Lucas a alguna parte y ella
me cogía de la mano y me preguntaba: “¿Te gustan los perros?” Y yo le respondía
que obviamente amaba a los perros, y amaba su perforación horrenda en la ceja,
y amaba sin sarcasmo el absoluto entorno de todas las ideas que L tocaba, casi
sin darse por entendida, para acostarse mirando a las antenas gigantes en la
ventana de su cuarto, las mismas que le decían todas las noches que los ovnis
existían.
Que los ovnis dejaron de existir cuando
me contó ese secreto.
Que su perro le tiene miedo a la lluvia.
Que alguna vez una monja solitaria
vivió en su casa.
-Y esa monja, ¿Tenía perros?
-Supongo que no. Mi mamá me dijo que
vivía con una empleada. Ellas dos vivían acá cuando explotó la bomba.
Y yo la miro y le pregunto sin decirle,
¿Cuál bomba? ¿El perro con bolas de carne que persigue palomas, pero no puede
matarlas?
(No)
¿El novio de tu hermana haciendo
tai-chi y asoleándose el ano en el balcón donde se pensaba matar?
(No)
¿Tu mamá pidiéndote que no me acueste
en tu cama porque la dejo oliendo a manteco cochino?
(No)
¿Las lentejuelas de la máscara de
silicona que usa mi mamá para dormir, con sus tubos de polietileno negro que le
inundan la cara de aire de filtro la noche entera, con su pequeña mano morena
digitando puntos y comas en una tabla de Excel?
(No sé de qué me hablas)
Pero es que yo tampoco entendí como es
eso de que dejo tus sábanas oliendo a feo por mi sudor. Yo me baño todos los
días. ¿Será que le parezco manteco a tu mamá por comer pastel de yuca sin
servilleta? ¿O es porque me limpié con su mantel cuando se me regó el sancocho
de pescado?
(Que asco)
¿De qué hablas? Tu mamá cocina muy
rico.
(No me refiero a eso)
Y Lucas me mira y sabe que tengo la
razón. Lucas, el perro que siempre veo acostado en esa luz cálida del
apartamento de la monja, recostado en camas de cojines y bultos de felpa más y
más grandes que el diámetro de su cuerpo, incluyendo sus tumores, mirándome con
el rabillo inferior de sus ojos como queriéndome decir en secreto tácito de dos
cómplices con los dientes salidos:
“Ellas no tienen ni idea de que las voy
a matar por la noche. Que primero ahogaré a la señora que duerme conmigo. Le
morderé la cara y las manos a la niña loca que me besa los tumores y a la otra
le haré quererme tanto, que se tire del balcón con las matas ancestrales de su
mamá y le seguirá su novio envuelto en una sábana, como un fantasma.”
-Lucas, no. No deberías matarlas si te
dan todo. Te cambian la comida dos veces por semana. Te llevan al peluquero y a
tu guardería en la montaña. Te ponen sacos y caperuzas. Te toman fotos y las
ponen de fondo de pantalla.
-No. No importa. Es lo que está dicho.
Es lo que la casa me dice cuando todas se acuestan. Cuando todas miran al techo
de sus cuartos y esperan que la luz se apague. Yo veo en el balcón a un
fantasma que sube y me dice cosas. Es la monja. Me da órdenes y me dice que
tengo que hacerle caso porque va a volver a explotar otra bomba. Más fuerte aún
y vendrá del cielo, planeando poco a poco como un bulto en paracaídas. Y esta
vez la monja no podrá rezar entre los escombros del apartamento para que no se
derrumbe el edificio.
-La bomba no cayó del cielo. Entró por
el sótano.
-No sea tan marica. La bomba se
dibujaba en las nubes y se repetía en las ventanas de los apartamentos. La
bomba era un sonido extraño que empezaba en la madrugada y todos pensaban que
eran las chivas de la avenida o los gomelos borrachos lanzándole botellas a los
perros muertos.
- ¿Cómo era ese sonido?
- Imagínese un zumbido ascendente
pasando por tubos pequeños. El sonido, como cuando se activa el cuarto de
máquinas de un ascensor. El sonido se componía de infinitas activaciones y
palancas. La niña loca escucha ese ruido todas las noches. Por eso no sabe
dormir sino repetir imágenes hasta que se duerme.
-Ella es buena. Te quiere mucho. No
merece que la mates, Lucas.
-Yo sólo hago lo que la monja me diga.
Y Lucas me repetía y repetía la
profecía de la bomba y el sonido imposible de todos los contornos del barrio
imponiendo sus paredes a la sordera. Lucas podía ladrar al ritmo del sonido. Al
final, me contó la profecía completica así como se la dijo el fantasma de la
monja en el balcón.
-La bomba va a volver, pero no hará
ningún ruido. Será silenciosa. Quebrará las ventanas y los muebles. Derrumbará
edificios en completo silencio. Incendiará los cerros sin crear humo.
Lucas se quebró los ligamentos de una
pata trasera, un día, cuando jugaba con otro perro a morder y olerse el culo.
Ese día, la mamá de L trajo a Lucas
chillando de dolor, boca arriba y mostrando su ombligo de corcho blando, su
panza de pelos blancos.
A los tres días lo operaron. Le quedó
una cicatriz gigante en la pata.
Lucas se mordió los puntos de sutura y jadeaba
contento con su cono isabelino corrido a un lado, contento por morderse su
propia pata y dejar expuesto ese hueso de acero que le pusieron en su pata.
L lloraba y lloraba, desesperada, viendo
a su perrito contento por morderse la pierna y abrirse la herida, con sangre en
los bigotes blancos de su boca, quizá queriendo ir más allá y mordiendo sus
propios músculos y tendones porque a menudo Lucas se aburría de comer
concentrados, patés de cordero e infinitas nuevas marcas de comida para perro
que dejaba servida o metía en su boca para escupir al poco tiempo.
Importante recordar que a Lucas se le
caían los dientes.
Y Lucas no entendía su boca. Y ese día
estaba tan contento con su cicatriz abierta, subiendo y bajando por el
apartamento de la monja, moviendo el rabo emocionado por ver a L masticándose
sus dedos de la ansiedad, fría, sin saber qué hacer porque su mamá estaba
lejos, en tierra santa, pidiéndole a la monja una tregua por la profecía de la bomba
que merodeaba su casa todas las noches, entre el cielo, como un zepelín.
L habló con su mamá y decidieron
repetir la cirugía y cerrarle los puntos al perro, otra vez. Ella, que siempre
estaba ocupada, me pidió que cuidara a Lucas. Simplemente le mantenía el cuello
isabelino recto, evitaba que se lamiera los puntos, le daba agua en un cuenco
de plástico rosado y le subía su cobija hasta los hombros cuando el frío de la
bomba ya anunciaba la lluvia. Yo escribía al lado del perro, esperando que se
mordiera la pierna de acero para gritarle. Esa tendencia biológica a masticarse
las prótesis y las marcas de su cuerpo. Aprendí de L el placer por arrancarle
las costras de su lomo y servírselas en la boca, como pequeños bocados
caníbales.
Yo le rasgaba las costras, grandes o
pequeñas de su espalda, y con la punta de mi lengua trataba de abrirle su boca
mueca, llena de huecos amarillentos de larvas oscuras y puntos blanquecinos en
encías moradas. Ansioso, Lucas intentaba morderme porque desde su cirugía no
había montado a ningún perro. Lucas cagaba en el balcón, mirando a las nubes el
todopoderoso perro lascivo, buscando la forma ovalada de la bomba y
asegurándose muy bien de ponerme el culo cerca a mi cara para ver cómo se
contraía su pelvis y se extendía su ano hacia afuera, mañoso, con esa tela de
moco y ventosa que recubría su mierda antes de soltarla.
Se lamía el culo. Nunca le ví ningún
problema a que se lamiera el culo después de cagar. L lo saludaba eufórica
cuando llegaba y le daba croquetas, vitaminas, pollo cocido sin sal y estofados
de hígado cuando llegaba de la universidad y lo veía tan tranquilo al lado mío.
Si supiera… L lo besaba y le metía la lengua en los agujeros de sus costras
arrancadas, tocaba el espacio vacío donde colgaba el tumor viscoso que caía de
su mandíbula.
Cómo amaba a L y cómo odiaba al
estúpido de Lucas…
Tanto así que le rogué para que ella fuera
capaz de sujetarme los bultos gordos en mi cadera y así, ojalá, tocarle la piel
de su rostro tan tersa y llena de vellos diminutos que se pegaban a sus
mejillas y a la grasa de su cuerpo cuando sonreía, hermosa. Y a la forma
completa de su belleza gigante, de tranquilidad absoluta cuando me quiso.
Cuando fueron esos pocos meses bendecidos en que sentí que me podía querer
tanto como al estúpido perro.
En
otra superficie me acostaba, boca abajo, y sobaba mi barriga llena de agua
pensando en su mirada, desde arriba y al lado, en el centro y en las esquinas,
oculta en el brillo profundo de las cosas, plácida y acostada en otra idea, en
otro potencial de lenguaje que quería decir otra cosa. Moviendo su mano de lado
a lado, en despedida constante de mí, al cielo y al círculo en el centro de las
figuras, con sus huesos salidos en su boca abierta, dispuesta a decirme, por
todo lo que más deseo, que alguna vez me quiso casi tanto como adoraba a ese
puto perro. Amaba mucho a L. No sé si ella a mí.
L
recogía sus piernas y se movía en el tapete, al frente y hacia atrás, con una
cámara en un trípode apuntando a sus pies, y repetía como un mantra que su
perrito estaba enfermo y se iba a morir. Que Lucas la miraba con la certeza de
su muerte, echado en un bulto de cobijas de tigre. Yo le repetía hasta el
cansancio que su perro estaba sano, que su hueso metálico estaba salido, pero
no se veía infectado. Le dije que si el perro cagaba dándome el culo y jadeando
de emoción por saber que recogería sus bultos con la mano desnuda era porque el
perro amaba tanto la vida como para querer jodérmela.
Un animal que ama la vida no se muere,
le dije. Un animal ni siquiera es consciente de que está vivo, me respondió.
Me comprometí a darle sus medicamentos,
a supervisar que comiera bien, a ponerle gel verde en su herida abierta y
acompañé al perro y a L al consultorio de la veterinaria donde se repitió la
cirugía. Siento que el milagro lo hizo la madre de L en Israel abriendo no sé cuántas
puertas infinitas a dimensiones trascendentales de reptilianos e iluminatis, quienes
entendieron su entrega de luz y amor para cerrarle la cicatriz al perro.
Siento que el milagro profundo fue el
pacto que Lucas hizo con la monja, cuando ambos sabían que la bomba volvería y
que el edificio caería desde sus cimientos a la avenida y llenaría los balcones
de todos los gomelos de la ciudad con escombro y cristales cuarteados,
divididos hasta ser gotas de agua punzante, en las hojas de sus pinos y
lechugas sin químico que huelen a bozo sudado.
La
monja se elevó hasta el sol y se quemó con los brazos abiertos en un
microsegundo en que el sol se apagó (sí, tal cual como un bombillo) y el viento
de la montaña se tragó la fumarola de la bomba. Vino el impacto de la caída
completa. El cuarto de L, aún con la cámara, dispuesta a grabarse en un
performance repitiendo palabras demoniacas que creyó escuchar en canciones de
Rikarena al revés. Muy conceptual, nunca entendí esa obra.
El perro se estira en la baldosa blanca y abre
su boca vacía, se lame los labios y me observa porque sabe que no volveré jamás
a la casa de la monja. L revisa su computador una y otra vez tratando de escribir
una teoría conspirativa de numerología. Quiere que me vaya de su casa, pero no
sabe cómo decirme que me vaya. Quiere estar sola, ya no me quiere, pero no sabe
decir las cosas. Saca unos binoculares que le regalé por su cumpleaños y
observa el balcón de un gomelo que fuma marihuana. Le digo que apunte con sus
binoculares al club. Miramos el restaurante, los meseros llevan platos y
digitan los pedidos en computadores táctiles. Se ven horribles en esos vestidos
de pingüino, con una falsa elegancia estúpida de vejete rico y cansón. Cuando
explotó la bomba, el restaurante quedó intacto. Se rompieron platos y copas,
pero fue más por la prisa de la gente que huía pensando que el edificio se iba
a derrumbar. La mamá de L se irá a otro retiro con su secta extraña, ni idea a
dónde. Creo que es un grupo interesante. Me encantaría también abrir portales y
hablar con la monja, con los fantasmas, con los reptilianos y con el viento
rampante del cerro caliente, pero sin ceniza. La hermana de L me seguirá
mirando mal y su novio seguirá siendo un ser de luz, tan zen y tan tranquilo que
podrá embucharse cajas y cajas de leche Ades de almendra para que no le dé
diarrea. Me pondré una sábana en la cabeza y me tiraré por el balcón. La monja
me atrapará y me balanceará con la cabeza entre almohadas invisibles, en una
cuna, oscilando quizá un poquito para acá y otro para allá, sin montaña, sin carros
bomba, sin la mirada seca de L, ahí, esquina inferior izquierda, pegado, el
puesto de control del celador.
Lo peor de todo es que el animalito se
hacía querer.

Comentarios
Publicar un comentario