Cuatro lados, un círculo

 

En el lote, los cinco palos puestos en puntos equidistantes. Sirven como referentes de hilo y carbón. Establecen el más allá del ya casi y el poco falta del ahí a la vuelta con el medidor de la esa hilacha plástica, la escandalosa de los policías que dice PELIGRO NO PASE, pero ya no es amarilla. Se desprende. Suelta su color hasta ponerse tan pálida como la orina de un enfermo. Fea y más fea en cada llovizna que le iba desmontando el color en goterones de licor aguado, pero aún era el mosco que se movía entre los cinco palos y repetía la secuencia de su vuelo a la misma altura y velocidad entre las estacas.

Para provocación satánica y conspiración letal de los cinco mochos en la casa de arriba, por arrechar la materia de la paranoia con coincidencias sacadas de la manga, esa, la que está en caída de casi 75 grados sobre el cementerio de estacas, y calculaban y repetían en un modulador 3D el vuelo del mosco entre los palos, sin posarse nunca sobre el listón amarillo, repitiendo un zumbido más grande.

Repitiendo un zumbido más grande.

Y más grande.

Capaz de hacer que cayeran desde arriba (75 grados en el rabillo inferior del ojo izquierdo de Dios) todas las colillas y las virutas de corcho. Y los mochos escupían y hacían competencias para que el goterón de saliva tumbase al mosco en el pastizal crecido. Y no cayó. Pero entonces los mochos sacaban pistolas anaranjadas de la buhardilla mohosa en la cima de la casa y disparaban dardos de espuma azul que nunca le pegaban al mosco.

Repetían.

Tiraban al enano envuelto en un tapete blanco loma abajo.

Apretaban las manos y frotaban para darse calor y se volvían locos de tanto repetir en esquemas y maquetas la secuencia a derecha e izquierda, subiendo y bajando cuando el NO PASE aún se puede ver, pero atraviesa un carril curvo de luz cuando no está lloviendo.

Y otro día.

Y siempre de frente a la montaña que está más arriba, pero está aplanada, monte chato, que saca colores repetidos y alargados sin que los mochos se den cuenta. Otros. Y menos aún se acordarán de tirarse sobre el pasto y revolcarse cuando uno de ellos se volvió loco con un alicate y les quería quitar los pulgares a los demás.

Nadie dijo nada más.

Pero se pusieron las varillas de madera para abrir el hueco sobre la tierra, acostumbrarla, batir el palo hacia los lados y batemos café sin café y sin agua y sin azúcar en la tierra para que el hueco responda y la tierra esté agraciada cuando metamos la varilla de metal.

Las antenas.

Y pongamos chispitas y volcanes y estambres con estropajo candente de líquidos verdes que den la vuelta y la vuelta.

Otra vez.

Para que nos devuelvan las manos, para que la mosca deje de echarle la maldición de su vuelo diario y riguroso al proceso y la montaña se quede quietecita sin desbocarse en avalancha ni la tierra se revuelva haciendo un dibujo más grande.

Más.

Mas amplio.

De un pentagrama que aprendieron a hacer por un video musical de Marilyn Manson.

De lo rico que es abrirse la cabeza sin que las manos ni el ruido ni la mosca repitan, para siempre, que no están derechas las estacas. Y caerán en la luz que se digne a llover sobre la otra capa (aplanada) de la montaña que observa más arriba al círculo de cinco sombras diminutas, repetidas en cinco palos blandengues y mal colocados.

Repitiendo que aún no coinciden ni las partículas ni las ondas planetarias capaces de hacer que llueva. Por voluntad. Que llueva.

Pero las moscas piensan otra cosa.




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