3.3.Y
Don
Pepe es un amigo especial porque sabe agradecer cada vez que recibe algo y sabe
subirse las puntas de su bigote en curvitas agradables (como combas de algo
curvo, de todo lo que es curvo en el mundo), y es tan pero tan agradable
sobarle la cabeza con la mano desnuda o con un pañuelo y pasarle de nuevo la
mano o el pañuelo con tantas ganas de demostrarle su afecto que la calva de Don
Pepe se va volviendo más y más transparente, y tan lindo que es él con su
nobleza, de rodillas, dejándose usar como espejo portátil o manantial de las
aguas más puras de todas: las aguas que no se toman.
Pienso
en Don Pepe, a veces, cuando le estoy sobando su cabeza.
Pienso
que Don Pepe puede implantarse adentro mío y generarme una seguidilla de cosas
que veo en mi cabeza, tal cual, pero no son realmente cosas. Siendo mejor
ejemplificado como un encadenamiento de foticos que no son completamente un
árbol o un ombligo sino otra potencialidad con sus bordes curvos y líneas rápidas
en los lugares que deberían ser rectos. Pienso, que si la cabeza ha sido tan
clara y prístina conmigo y me ha dejado observar al mundo entero a través de
las visiones que pasan rapídisimo detrás de mis ojos entonces, por lo menos,
por decencia más que por lo menos, por mero orden lógico en la cabeza de un
señor que se arrodilla junto a nuestra mesa para que le sobemos la cabeza; por
todo eso, merezco mayor definición en las imágenes y no solamente esto, lo que
me está dando el cubo blanco de Don Pepe que es, mejor dicho de entre todas las
formas, la curvatura que siempre relata a las imágenes de un programador que ni
siquiera se da la molestia de estar vivo.
Algunas
veces las imágenes se ponen con alas (en los costados) y ahí yo podría decir
que está la decisión latente entre montarse en la gárgola con Don Pepe o
quedarse, como estamos ahora, todos rodeando la mesa y la cabeza llena de vapor,
pero sin el salto concreto a meternos en una cavidad de tres cosas: Del arriba,
del abajo y del profundo.
Cuando
se toman las alas y se ponen en la línea de proyección, todos en la mesa
sentimos un acelere, un golpeteo de tum-tum que viene siendo una aceleración
crónica en la manera y así las luces parezcan hacer otro robot con un vaso de
agua y una canción incompleta que repite el estribillo de no-sé-cuál-canción y,
aunque estoy cerca, no se puede meter en otro agujero porque siempre es un
algoritmo el que dificulta que una cosa sea completamente lo que pretende
dibujar. Repetido. Y es como un elogio a que todo sea perfecto pero a nadie le
importa que las cosas estén bien puestecitas, pulidas y divinas para poner en
el mueble de la tía. A nadie le importa porque la perfección y la mesura son
atributos de máquina y, si estamos todos en este estado de decidir ponernos un
par de alas y que se acelere lo que se proyecta atrás de las pupilas es porque
sabemos que es mejor estar en una calle con caminos elevados y andamios y
muchas plataformas, cruzando de un lugar a otro, buscando el yogurt de menta
que patrocina un muñecote de ojos grandotes y que escupe onomatopeyas rodeadas de
fuego y emojis de conejitos rabiosos, pero eso pasa en todos los idiomas porque
todos son incomprensibles.
Y
ahí es cuando yo miro de frente al muñecote inmenso que usa un vestido del
mismo color del yogurt de menta y le pregunto si él sabe que se les cortaron las
ubres a las vacas para intensificar el flujo de la leche aún sin tratamiento
para generar el yogurt y que el tinte aguamarina sirve para ocultar los
coágulos de sangre o las esponjas del seno macerado que habrá de mezclarse en
tubos gigantes. Y yo me pregunto si será que en esa máquina es posible hacer
tan de todo que uno pueda zambullirse y aparecer, por portales imprevistos que
juegan en labios cortos y largos.
Labio
más corto que otro y queda una punta de piel salida. Así como Nemo que tenía
una aleta más pequeña que la otra. Y, por cada espacio en donde no se entre a
la cabeza de Don Pepe por dentrar-dentrando en otro círculo junto a una mesa
por donde soplará un aire que quiebre y genere (así, por ser otro círculo, pero
no tan perfecto) a un hombre que está en un carro con un revólver y un vaso de
agua en compañía de su amigo, un muchacho mucho más joven. El muchacho suele
usar chaqueta de cuero en casi todas las variaciones visuales y el señor suele
tener unas gafas que nunca alcanzan a definirse como oscuras o de uso diario,
pero que se escapan por un agujero siempre incompleto sobre su hombro.
Variable,
hombro variable.
Entonces,
si el hombro viene a ser la figura variable es por ahí por donde puede decirse
que tal y todas y cada una de las imágenes que generó el emulador son cortadas
y están en un gran tubo de pasteurización y que giran por un motor subterráneo
que mueve y agita en su parte superior con una pala gigante.
Y
esto sucede principalmente porque el dedo de Dios es una pala. Un generador de
espirales por dónde se observa sin ser visto y no se ve, pero se escucha,
solamente se escucha, un tintineo de látigos en códigos y luces como velas que
se queman rápido en cajas de cartón.
Segundo,
porque los cuatro espacios se regeneran cuando el muñeco dice algo y salen unas
letras que yo no conozco muy bien ni me interesa saber y solamente me puedo
recostar (tres piezas, el camastro del rey dónde la gente se mete a rezar y
llorar) en una plataforma de mármol que se mueve hacia sus lados, pero no cae. Generosidad.
Para una distención que se esparce y no se suelta totalmente, pensar que flota,
objetar para dar las gracias y decirle al programador con todo y su casa de
espíritus entre el edificio blanco, ahí donde también funciona un estudio de
grabación para los comerciales de la empresa de yogures, que las gaseosas de
color rojo y los jugos de fresa en los altares son un reemplazo a la sangre de
animal que debería ser usada en estas peticiones divinas porque sencillamente
no hay milagro sin sacrificio.
Don
Pepe me corre la mano de su cabeza y la pone en su barriga, se soba a su mismo
su barrigota peluda con mi mano que no capta aún el cambio de una piel y calva
y viaje con alitas atrás de las orejas y pausa para-post al sistema generativo
de los colores en el proyector LED del edificio. No. Todo no se termina de acoplar,
pero Don Pepe comienza con:
“Buda dame plata.
Buda dame plata.
Buda dame plata”
Siendo precisamente una categorización de la
letra porque no habría más bifurcación en su grafía misma y el dibujo pasa a
aparato que anula su uso, dejando otra, haciendo visible la maqueta de la
estructura sismorresistente, aquí, en la plataforma donde el rey se recostaba y
dormía de lado, pero le generaba obstrucciones respiratorias, otras,

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