CAMAOMBLIGO

 

Al traducir su nombre, Wat Arun significa algo así como: el templo del amanecer. El Wat Arun se encuentra en Bangkok.

En el Wat Arun hay un templo más pequeño que todos los demás. Está a la salida del complejo, atrás de la pagoda gigante, junto al muelle sobre el río Chao Phraya.

En el templo pequeño hay una plataforma de madera negra con detalles amarillos en sus patas y la pintura colorida de una batalla del Mahabharata en toda la extensión de su plataforma elevada. La plataforma se alza a un metro sobre el piso de mármol.

La plataforma mide un metro y medio de largo por un metro de ancho. La plataforma es el camastro donde dormía un rey campesino que lideró a las tropas vencedoras en una guerra civil que partió al reino de Siam en el siglo XVIII; no recuerdo el nombre de ese rey.

Los tailandeses hacen una ofrenda, ponen sus manos en el pecho y agachan la cabeza en movimientos lentos, con una parábola cada vez mayor. Su frente apunta al piso y ellos murmuran y murmuran oraciones que jamás entiendo, sonando como una unión de sílabas y cascabeleos sibilantes que podría escuchar como una canción diluida que hace pensar en una tormenta eléctrica lejana, muy lejana, y ellos seguirán reverenciando y dejando billetes de veinte, cincuenta y cien bahts en una cajita transparente con una inscripción tailandesa en letras rojas.

Escucho sus oraciones. Son algo así como: “Kum-pom-chao-mi-teng-huaaaa. Pa-yao-min-su-nooooong. Noooong. Hue-hue-chan-krap-minnnng. Huaaaaa” Repito, no sé tailandés y en este preciso momento no me interesa entenderlo.

Supongo que si Dios me hablara lo haría en ese idioma o en otro aún más confuso; tal vez Dios hable en sánscrito.

No sabría qué me está diciendo Dios, pero estoy seguro de que él generaría sonidos bonitos por la cadencia de su boca, de su boca que no es única sino la superposición, el pegado del pegado, de las bocas de sus ángeles que son mil e infinitos y chorrocientas miles de millares de bocas repitiendo en sus cavidades, en esa secuencia tan extraña y tan sagrada, (y que me alegraría tanto escuchar en un orgasmo ultra sensitivo que vendría a ser EL VOLTAJE por escuchar la belleza de una esfera completa) que dice y dice y repite algo valiosísimo, un secreto comprensible debajo de la cama del rey, y sabré que estoy aquí, observando los muebles del rey de nombre desconocido, pensando si algún día sabré la manera en la que Dios le dice a los Tailandeses: “No te entiendo una puta mierda”.

No sé, quizá él no sepa que el chiste está en pedirles que hablen despacito, con calma, aunque a veces se desesperen y terminen la oración en inglés.

Y entonces, después de hacer sus ofrendas, hablar con Dios (y rezar), los tailandeses se quitan las medias tobilleras y empiezan a gatear por el piso de mármol hasta quedar completamente debajo de la estructura de madera. Escucho a algunos llorar debajo del camastro del rey.

Según los pocos, poquísimos, párrafos que hay escritos en inglés en el templo (los únicos que puedo leer) el rey era el hijo adoptivo de unos comerciantes pobres de Ayuthaya y lideró una revolución que cambió para siempre al reino de Siam. Por esa revolución se estableció la dinastía de los Rama, que aún siguen en el poder, y se movió la capital de Ayuthaya a Bangkok. Bangkok es un apodo, la ciudad tiene un nombre muchísimo más largo.

El nombre original no lo sé ni lo he escuchado en persona, está en internet, escrito en ese alfabeto de bochitos extraños y curvas tumbadas que pueden sonar como una “e” o una “i” dependiendo de la forma en la que cae y si antes de cada letra hay una eñe torcida con bolas en la parte de abajo.

El nombre original de la ciudad tiene una primera versión resumida que suena a algo así como: Krungté Majanakón. Krungté Majanakón se volvió Bangkok, que viene siendo el resumen del resumen del nombre de una ciudad construida alrededor de un río y que no se sabe realmente si está cerca o lejos del mar; supongo que esa distancia es variable, como el nombre, y que se acomoda a la lengua o a la repetición de las personas para sentirse parte de algo, estampar camisetas y poner imanes en sus neveras que digan lo que ellos quieren que diga; Krungté Majanakón o, cómo sea que se escriba, no suena muy turístico. En mi opinión, Bangkok está lejos del mar.

Los tailandeses también suelen ponerse apodos, escogen una palabra en inglés que les suene divertida y la oficializan como su identidad para los extranjeros. Muchas veces esa palabra no tenga nada que ver con sus nombres. Una muchacha se llama Nattanun pero su apodo para los extranjeros es Jin, otra se llama Natharinee pero su apodo es Pear y así se escuchan todo tipo de apodos como Omelette, Piupiu, Guitar, President o Music. El nombre del rey que dormía en el mueble que observo sigue siendo un secreto. En sus estatuas y pinturas siempre está descalzo.

Cuando salgo al muelle y cojo el barco que me lleva por el Chao Phraya, pienso que la gente puede meterse al río y desaparecer por completo y quizá reencarnar como una garuda, esa mujer de alas grandes, rojas y ensangrentadas con coronas doradas en la cabeza, o que podría ser simplemente un perro de peluche que repite una palabra de dos sílabas con una voz extremadamente aguda.

Un día estaba en un centro comercial con una tailandesa cuyo apodo era Earn. Me dijo su nombre real, pero se me olvidó apenas lo dijo.

Earn se tomó fotos con el perro de peluche y las subió a una red social con dibujos e interfaz extraña que no había visto jamás en mi vida, ponía los dedos junto a su rostro y movía su cabeza para verse de una manera específica en un cachete blanquísimo en donde los poros eran absolutamente invisibles. Earn me dijo que se hacía un tratamiento con sueros especiales hechos a base de cúrcuma y loto de nieve y que un tío le trae esponjillas especiales de Corea. El tío se toma fotos con gafas oscuras, tiene una moto Kawasaki deportiva, de esas que usaban los prospectos de bobo hijueputa en mi barrio para hacer ruido los jueves por la noche, y se hace llamar Bam Bam o Tony. Tío Tony tiene una cara muy extraña en las fotos que me mostró Earn, como chupado y estirado al tiempo o, mejor dicho, como revuelto con su piel y sus huesos y su sangre en una batidora industrial que luego se metió en un vaso de plástico y después en una cámara de criogenia que fue guardada aquí, donde estoy ahora, en el cementerio del río Chao Phraya, para finalmente estirarle toda la piel en su cara y decirle: “Estás guapo, te ves muy joven”.

Creo que Earn le dijo “Te felicito, tío. Estás súper papasito. Dame una vuelta en tu moto y llévame a un mirador para tomarme fotos con la panorámica de Seúl”. Imagino que ella se lo dijo así, aunque no sé cuál sea la palabra para decir papasito en tailandés, pero creo que en este mundo hay conceptos universales como llevar a la persona que a uno le gusta a un mirador en su moto Kawasaki e invitarle una cerveza o un bareto y una picada mixta.

Cuando vivía en Bogotá no tenía moto, ni sabía manejar, ni bailar y me quedé con las ganas de llevar a alguien a un mirador a verla tomarse selfies pendejas mientras yo pienso que hay muchas parejas, muchísimas, y que tal vez al otro lado del mundo sea de día, la gente esté trabajando y nadie esté haciendo este plan de mierda. Ahora sólo puedo escoger las cosas que no haré.

Earn me muestra sus selfies, en todas sale bonita, pero en todas se ve exactamente igual. Salimos a un balcón, ella pide un té de jazmín con burbujitas de gelatina y me pregunta que de dónde soy, porque no me cree que yo sea de Camboya y no sepa nada de tailandés. Le digo que no, que no soy de Camboya sino de Colombia. Me dice que Camboya es peligroso y yo le respondo que no sé. A lo mejor ya no lo es tanto como cuando estaba Pol Pot pero no tengo ni idea de la Camboya actual porque, le repito a la Earn, yo no soy de Camboya.

- ¿Y que hay en Colombia? ¿Tienen mangos? – Me pregunta ella en inglés.

Le digo que tenemos mangos y cocos. No me interesa que sepa nada más, a lo mejor porque Colombia sólo tiene mangos y cocos y prospectos de bobo hijueputa que andan en moto y escuchan reggaetón gastado y venden forros de celular en San Andresito. En este momento Colombia no existe, pero no existe simplemente porque me da pereza decir otra cosa, algo más correcto o estable o acorde y que pueda servir como verborrea de oficina de turismo o un informe bien intencionado de algún observatorio de derechos humanos. A mí me importa un culo, estoy cansado y tengo sueño después de estar toda la mañana en el Wat Arun; digamos que existe un país que no es Camboya y tiene mangos y cocos, está en Suramérica, nada más.

            Earn me pregunta que porqué soy negro si vengo de América y en América hay gente blanca como los actores de American Pie o Tom Cruise. Abajo del balcón no está el río Chao Phraya, abajo del balcón hay una cama de palos negros en mitad de la calle.

Sobre la cama no hay nada ni nadie y yo podría escupir desde acá, como repitiendo los concursos de destreza que teníamos en el San Chancho, y mostrarle a Earn como un camboyano puede escupirle a una cama de madera tan lejos y tan abajo.

El rey sigue muerto y su nombre es impronunciable.

Una garuda podría venir desde el edificio gubernamental, desde el banco de ahorros del rey, y arrancarme los brazos y comérselos y hacer un collar más hermoso y más rojo que sus plumas con mis piernas y mi sangre revoltijada de calor y pereza con coágulos gelatinosos por la fructosa de los mangos.

Le explico a Earn que no soy blanco porque los blancos están arriba, en Estados Unidos, y que Estados Unidos no es América. Ella no entiende porque, en tailandés, la forma de decir Estados Unidos es algo así como: “Praté Americá”, entonces no tiene ningún sentido que América no sea una extensión larga de Estados Unidos, como un mapa gigante, de Alaska hasta la Patagonia, que se recorre en un convertible rojo por una autopista de siete carriles en ambos sentidos. En la carretera hay Walmarts gigantes donde venden rifles y hamburguesas.

¿Quién sabe? Tal vez en la parte más al sur de Estados Unidos hay un país con mangos y cocos, la gente invita a sus novias a las montañas y fuman marihuana en miradores improvisados. Ellos piensan que la ciudad es pequeña y siempre lo será así las montañas se vuelvan volcanes, así se infle la tierra de oro y riquezas y prosperidad y lleguen garudas cargando a un rey todopoderoso que salve a Camboya del subdesarrollo. Earn me dice que existen cremas en el Watson´s que podría usar, son ungüentos coreanos para aclararme la piel y parecerme más al muñeco ese, el humanoide plástico que patrocina a una marca de fideos en la pantalla gigante de la avenida Phaya Thai.

El muñeco de plástico se llama Bam Bam, parece un poco mayor pero su piel es demasiado tersa. El muñeco de plástico es tailandés pero no quiere parecerlo.

Hay una cama, una cama que no se suelta y se mantiene sujeta por sus cuatro patas pensando que un soplo del más allá que es el más acá y del más adentro hacia afuera (de nuevo) puede hacer que se desarme completamente su estructura. Habían soplos de los dioses del trueno y la bola de cristal en los tiempos de Ayutthaya, en ese entonces no había pegante y todo se unía por ensamblaje perfecto, por medición exacta.

Debajo de la plataforma, algunos tailandeses han escrito cosas, sus letras son rápidas y nerviosas. Parecen grafitis. Me he dado cuenta de que todos los grafitis del mundo se parecen, y así estén escritos en alfabetos diferentes no hay manera de diferenciar un grafiti sobre una lata de zinc en Bangkok o en Bogotá o en Tiblisi. Quizá es cierto lo que decían las mamás y los grafitis son sólo rayones porque en todo el mundo parecen eso, mamarrachos de algo posiblemente importante.

Debajo de la cama observo los pies descalzos de los demás y pienso que sus uñas podrían salir y estirarse o voltearse y convertirse en puntas afiladas de serpientes, en patas de mujer gallina con las plumas rojas y una corona de oro, son las siete cobras que rodean al buda dorado de un altar más pequeño que ví frente al río.

Los ancianos se tiran al piso y me siguen, gateando, para arrancarme los pies por haberme burlado de la grafía de sus lamentos en madera de trescientos años de antigüedad o por imbécil e irrespetuoso que no se lavó la boca antes de decir “mai-kraaaaap” o por no saber digerir ni el ajo ni el gingseng que se me empoza en la barriga y la hace crujir (tieso, tiesa, tiesísima) esperando el momento perfecto para salir de dónde estoy, escondido de una ciudad olorosa junto a un río y lejana al mar dónde creen que soy Camboyano por lo moreno, y de esa otra junto a una línea de montañas donde los prospectos de bobo hijueputa me decían “chino” por bailar mal.

Aquí bailo muy bien para los estándares locales y me importa culo y medio lo que digan en esa ciudad junto a las montañas. Los colombianos son nazis del baile. Todos se burlan del que baila mal, pero nadie dice “Ven te enseño a bailar”. Prospectos de bobo hijueputa, como si bailar fuese algo que se “enseña”, es como escribir o pintar, cada uno lo hace en la medida de sí mismo, de su propia manifestación.

Un día salí debajo de la cama de mis papás y no había moto ni montañas ni río ni calor ni un muñeco de plástico que hace coreografías y sacude un arete de oro, se acerca a la cámara, sonríe y abajo dice “Bam Bam (Tony)”.

No habían tantas pendejadas porque el mundo empezaba y terminaba en el miedo y en estirarse o escurrirse para evitar el grito de mis papás con la correa de cuero que decía tener mi nombre pero nunca supe leer en las marcas del cuero cuarteado. Todas esas letras son igual de encabalgadas por lo feo de su diseño y tan difíciles de leer como los logotipos de las bandas de black metal o los grafitis en tailandés, en polaco, en el idioma de la ciudad entre las montañas. Mayerli y Johann no saben que nacional es el rey de copas ni que las locas no se lo tragan. Otro grafiti: “menos requisas, más desnudos” (está en tailandés pero igual lo puedo leer).

El mundo era pequeño debajo de la cama de mis papás, en la plataforma del centro comercial, junto al río.  El mundo se llamaba Camboya, tenía mangos y cocos, había una muchacha llamada Earn que estaba enamorada de su tío y su tío la seduce, tienen un hijo y eso arruina la carrera de actuación del tío en Seúl pero esa historia no me interesa contarla, digamos entonces que hay mangos y cocos. Camboya, un país debajo de la cama, miedoso de sus padres, iletrado, constante en una pulsación de su culo, está afuera, afuera hay montañas, explotan por la reacción química de los muertos flotantes, de un volcán donde duerme un rey que recibe mensajes ilegibles. Yo creo que Dios siempre escucha, el problema es que algunas veces no entiende.

En otras, se hace el marica.




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