cuento de terror

 

Hay un agujero en las montañas similar a los lunares en los edificios. Este espacio vacío es una categoría particular de apartamento o residencia en la montaña donde se puede esconder un monstruo que grite sin que los otros habitantes de la montaña se den cuenta.

            Cuando la montaña se inclina porque el monstruo ha hecho tanta presión que se pierde el balanceo estable de la base, las luces en el interior de cada lunar parpadean dando un mensaje, algo tipo código morse, que si alguien tiene la voluntad de entender e interpretar podría ser la despedida de una máquina que sabe que se va a consumir por su propio interior sin saber lo que es volver al lugar en el que fue creada, menos aún al café internet en una calle llena de charcos donde alguien decidió pensar, porque fue su decisión sobre todas las cosas, que los agujeros en la montaña serían las rocas de un edificio; una elevación sobre la tierra que tiene una mano y mueve su mano de lado a lado.

Como una caricatura, la elevación se despide.

En el café internet, la muchacha que tuvo la idea piensa si es posible sentarse de otra manera y poder jugar Starcraft con otra silla que no sea una pieza única de plástico blanco. Cuando la muchacha tiene la idea, en ese mismo instante, suena un sonido al interior del computador que sube y se revuelca generando la forma de una letra o con dos cachos en su parte superior. La letra se lee, como creo que se leen los fonemas, como una aspiración en la garganta que es una o pero al mismo tiempo no lo es y si se aguanta la respiración y se cambia el tono del sonido, la muchacha casi puede adivinar que el computador le está diciendo algo.

Muy lejos, en un país de tierra caliente lleno de hombres negros y barrigones que andan en moto un niño hace una broma. El niño mete un petardo dentro de una guayaba y graba la explosión de la guayaba en la cara de su abuela, una señora ciega que mete cangrejos vivos en una olla. La bomba-guayaba deja a la señora atontada y rabiosa, emputada y adolorida porque la bomba no era un simple petardo de año nuevo sino un tronco rojo de dinamita que le corta los párpados y le destroza el pecho a la señora que grita alaridos profundos que dibujan una figura en el oído del niño. Es un círculo, un óvalo. Este óvalo tiene dos protuberancias arriba como dos cachitos que quieren evocar un corte en la garganta, más adentro, que no deja soltar el aire completamente para dejar atrás otra posición. La abuela mete la cabeza del niño en la olla de agua hirviendo llena de cangrejos. La muchacha en el café internet sueña con la ampliación de un sonido capaz de dar vueltas y hacer que se mantenga erecto y que no se caiga. El sonido toca las cosas que le vienen y no le importa porque las suelta y abre sus alas como membranas de murciélago transparente. El sonido es la muchacha y ambos sienten que sus columnas vertebrales están mal ubicadas y que se van a caer hacia el frente. La muchacha se ve cayéndose hacia ella misma, por un portal que exitirá solamente si decide que exista y que la llevará, como una guayaba con un taco de dinamita, al lado opuesto de la calle al café internet.

En la montaña, las personas tienen un agujero privado. En cada agujero hay una fotocopia de sus rostros y un lápiz para que se dibujen los lunares que quieran.

La muchacha comienza un emprendimiento de cremas y bálsamos para el rostro, el emprendimiento fracasa y ella va a la montaña.

Escribe tres cosas, borra dos y deja una.

En el dibujo de su rostro dibuja la letra que escuchó y que se posó para siempre atrás de su cabeza. El sonido y la letra y la evocación de la letra le subía y le bajaba por la columna vertebral como un tobogán de agua que estaba torcido, quebrado y dividido en trozos de plástico por sentarse mal mientras jugaba Starcraft en el café internet; la muchacha infló su boca y trató de sacar aire y se volvió una cosa horizontal que no dejaba de crecer ni de hundirse sin totalmente poder expresar el vacío de la letra y su sonido.

Salió de la montaña, era un edificio residencial.

Escribió tres cosas y borró dos. A partir de la tercera piensa elaborar un juego de dinosaurios y frutas que se ensamblen con piezas de plástico. Como ya entendió el agujero de la montaña, coge un taladro y se abre un agujero en la barriga, directamente en el ombligo. Alcanza su intestino, lo quiebra y lo proyecta hasta percibir que su ano está, como el sonido atrás de su cabeza, en una posición visible pero silenciosa. Curva aún más su espalda y se mete en el agujero, aparece en un país de tierra caliente lleno de hombres negros y barrigones que andan en moto.

Está en un apartamento, tiene hambre, se asoma otra vez.  



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