Sip Song (antología horizontal de cacho contento)
Quiero
un espacio gigante que sea más fresco que mi cama actual y donde me pueda
recostar a mirar el techo y tomarme una Chang (no azúcar) y escuchar una canción
que venga y se vaya y tire una onda o un correazo de forma oscura, anaconda,
que me diga “cascabelito, ¿dónde dejaste el control del televisor?”
Cascabelito,
no sé. Busque debajo de la almohada.
Pero
ni puta manera de decirle a esta gente que revise debajo de la almohada porque “almohadation”
no es la palabra para decir almohada en inglés, no.
Entonces,
si no es “almohadation” debe ser otra cosa lo que debo hacer. Pienso en imitar
la forma de una almohada y poner mis manos juntas haciendo un bulto en el cual
recuesto mi cabeza y hago que me duermo. El vendedor no me entiende y el
espacio es más pequeño, pero yo empiezo a roncar como en las caricaturas.
AAAAH,
HMMMMM, AAAAAAAH, HMMMM (ese es el sonido de un ronquido)
Pero
el sujeto no me entiende y me pasa un papel, es un código QR que abajo dice “Krungsri
bank thai. Savings”. No voy a comprar nada. Voy a recostarme en la posición
horizontal, en la que está mi cabeza, y encaramaré el resto de mi cuerpo para
ponerme larguito y dormir sintiendo que el espacio se va ampliando y se mezcla
con las paredes que cambian de color sin salir de la tienda.
Mi
amigo, el vendedor, tiene un tatuaje que dice “Pornstar” en la frente. Es de
Myanmar y maneja una moto con pedales.
Entra
a la tienda un pelado más joven, como de veinte años recién cumplidos, tiene el
pelo como un personaje de anime y se compra una lata de Birdy sin azúcar y un
Carabao sin gas. Carabao pone esa carraca de vaca en sus botellas de medicamento,
me parece lo menos atractivo para el consumidor, pero de todas maneras no
importa porque el pelado, tan otaku y tan patético, da un billete de cincuenta
bahts y le devuelven dos monedas de diez de las viejitas, de las que aún tienen
al Rama noveno tirando gafa en el sello de la moneda.
Aún
el espacio no se hace más grande, ni alcanzo la posición que deseo. Esa posición, como la del buda de los tres o
cuatro o veinte ojos, o como José Gregorio Hernández cuando me dijo “Hazme una
promesa” y yo decidí hacérsela y estoy en la posición del sonido sin poder
reacomodar mi almohada ni tener una cama en la que sea posible dormir sin sudar
(uso sábanas negras) pero es mejor comer uvas y pitayas moradas en el exterior,
con su respectiva piel fucsia e interior blanco con pepitas para hacerse pasar
por la fruta del helado de oreo. Fruta embustera.
En
la cama como pitayas y uvas y tengo una botella grande de jugo de guayaba agria
con el que bajo el picor del Larb y el Khao Tom Yum que no supe pedir sin esos
pedazos de jengibre que parecen las uñas de los pies de mi papá; tengo sed y
sueño.
En
la cama hay tres o cuatro cosas que son pelotas y con las pelotas se hace
malabarismo, se alternan en amague indirecto de entrada por salida con sus
piernas más largas entre una y otra, ambivalentes, que quisiera recortar metiéndome
al canal Saen Saep y haciéndome el marica para no pagar los doce bahts que
cuesta el trayecto en bote. Recibo un papel diminuto, es un cuadrado con letras
y números en sus cuatro lados.
Están
en orden, en un orden que me cuesta entender.
Las
placas de los carros, todas tienen un malabar de la correlación. El canal se va
a desbordar porque llegó el monzón y yo no traje zapatos, solo chancletas y uno
guayos total 90 por si se presta la ocasión de que el pasto absorba el canal
Saen Saep y un tailandés se de cuenta que llevo la de visitante del
Bucaramanga, la antigua, la patrocinada por Freska Leche.
En
la cancha de fútbol de mi barrio hay un mural. En el mural, los personajes de Super
Campeones tienen camisetas de equipos ingleses y corren detrás de un balón amarillo,
en realidad el balón es un mango.
Al
frente de la cancha hay una tienda, un vendedor birmano que se llama “Pornstar”
y una repetidera que ya me tiene chato con este sujeto diciendo: “kiu ar coud?,
kiu ar coud?” y me pasa un papel.
El
papel es el cupón de una almohada ortopédica. Me duermo en la lancha, casi me
caigo del bote y ahí el conductor se da cuenta que no he pagado los doce bahts.
En
mi bolsillo, las monedas hacen malabares con mis dedos. Paso dos de diez de las
viejas, las que tienen a Rama noveno en gafa.
En
Cartagena, los vendedores de la playa gritan: “GAFA FINA PARA LA RETINA. GAFA
FINA PARA LA RETINA”. Pero tengo hambre y las uvas están secas, frías pero
secas.
La cama: más grande.
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