Bang Sue Min

 

Uno, el uno como número, casi siempre siendo y dejándose hacer como un dibujito de alas y tierra caída, como la meseta en las manos de un letrero que dice “Territorio uno” antes y después aunque suele ser más caída posterior que anterior y así su dibujito no ponga un punto arriba, un huevo de papel-paloma como la luna o el sol, entonces, el uno no existe.

Pero volviendo al puntico, el puntico no existe si no está la necesidad de decir “Muchas gracias”, “Ya me lo dijeron”, “No he tenido tiempo”.

El no tener tiempo es una excusa pendeja, de línea hueca. Una excusa de sí-sí-sí-jaja-lo-que-tú-digas. Es una cara de cera muy condescendiente que se sube a un bus sin saber muy bien a dónde va, “No he tenido tiempo”. Pienso que esa expresión es un soplo hacia adentro, un hueso sin tuétano. Cojo el hueso, lo levanto de mi tazón y soplo. Soplo y sale un número, el número dos.

Entre las dos cosas, por el espacio vacío del hueso en el que se puede ver el planeta tierra sin más de dos números, un restaurante chino, una parrillada china, se llama Bang Sue Min.

Sue Po, ese podría ser el nombre occidental de mi amiga, la que me explica la teoría de numerología mística ascendente que existía en China antes del Confucionismo. Mi amiga se llama Xu Xinyi.

Xu Xinyi suena como decir “Susi”, no le digo “Susi” ni Sue Po. Cuando la saludo le digo “Hola, Xu Xinyi” y ella me dice “Hola, Andrés David García Suárez” y se queda sin aire, mi nombre es muy largo. El número tres aparece en la máscara de lycra que Xu Xinyi se pone en el rostro para no quemarse. Quiere ser blanca, muy blanca, desintegrarse en un fondo monocromático cuando se tome la foto para extender su visado en el complejo empresarial dedicado al cumpleaños ochenta del Rey Bhumibol.

El Rey Bhumibol mastica menudencias de patos y palomas. Se baja en el bus lineal del Olaya y entra a un salón de masajes lleno de transexuales con implantes mal puestos, sus tetas llegan hasta los hombros. El salón de masajes se llama: “Acacías”.

Cuando el Rey Bhumibol mete la lengua en el tuétano y mastica cada uno de los números antes de generar su letra, su escudo real, una garuda viene a recogerlo y lo lleva hasta el sol. El mundo explota y se carboniza y se condensa en una lluvia de confeti.

Una garuda es una mujer-gallina de plumas rojas. En el Mahabaratta la garuda salva a Rama y lo ayuda a derrotar a Brahman, el destructor de mundos.

Afuera de mi casa, un edificio de cristal con una garuda de alas abiertas en la entrada. La garuda es papel y plástico y cinco sensaciones que se explican por la teoría de Xu Xinyi o una vuelta en el reloj de la mano, la mano del Rey Bhumibol, montándose en un bus lineal que dará vueltas por la rotonda a medio construir de la avenida embarrada. La garuda es también una masajista transexual con tetas rojas, tetas torcidas en sus hombros que son rojas. Se le pusieron así por un tratamiento ilegal que se mandó a hacer con un amigo del Rey Bhumibol, Maicol, un paisa que iba a jugar en Envigado pero se lesionó la rodilla por hacer carreras en su moto.

Afuera, la avenida empantanada. Se cuenta y se cae. Se pone la posición y la inclinación. El barro atrapa el sol, que explotó, pero el fin del mundo aún no llega. El Rey Bhumibol se duerme contra la ventana del bus lineal. Otra vuelta a la rotonda.

Maicol niega categóricamente la existencia de más números en el universo. Se acuclilla en una esquina y ve a la vendedora de fritos patear a una perra gorda. La perra también se llama garuda.

El Rey Bhumibol dará vueltas en la rotonda hasta que el mundo reviente.

El planeta tierra: Tres dedos en la frente.

Toco mi frente, más de tres dedos, me estoy quedando calvo. Otro número.

Xu Xinyi se queda callada, promete no volver a decir mi nombre. Xu Xinyi se monta en la moto de Maicol.

Ya me lo dijeron, tampoco he tenido tiempo.




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