COMEMIERDAPLAY

Yo estaba por la calle pensando si se repetía el cinco, si infinidad de veces podría ver el cinco en las placas de los carros y en los mensajes de texto para reírse (porque cinco es “ha” y de “ha” en “ha” se van riendo los gringos y como ellos creen que todos los occidentales hablan inglés pues toca hacerles caso) y si el cinco caería como un número redondo del aire o el dedo de Jesucristo, nuestro señor, el que gravita adentro del buda de oro que está en una montaña de mármol donde tienen puertas pintadas con lotos verdes. 

El cinco no cayó por obra y gracia de la divinidad, Dios me ama y por eso no me da la razón tan fácil.

Pensé que si encontraba el cinco la suficiente cantidad de veces podría comprar la lotería en esos boletos blancos que venden afuera de los templos, porque los juegos de azar están prohibidos pero la lotería no. 

Dicen ellos que la lotería es una creencia divina en mensajes divinos que aparecen entre sueños y dibujan al número, su letra en el idioma que es una barriguita crecida hacia la izquierda y que se lee como fracción de la risa, y entonces que dizque por eso Buda permite comprar la lotería pero prohíbe los juegos de azar. 

Pero no, mejor no compro la lotería porque si me gano el premio no sé a quién decirle que me gané toda esa plata y que me compraré dos bultos (cinco, mejor cinco) de arroz morado, kao dam, para que la fibra le haga funcionar a mi intestino con la presteza galopante que ha tenido toda la vida. Ese talento innato para crear porquerías y sacar hermosos bollos de mierda; guineos cafés y bien formados con los que aún me recuerdan en Bogotá, la ciudad sin suerte donde ni siquiera me gané la mitad de mi compra cada vez que oprimí el botón del Alkosto.

Alkosto es como una bodega naranja y azúl con empleados vestidos en camisas escocesas y la puerta de entrada a la ludopatía para mi amado país de adictos que ya conocía todos los vicios de la pasión excepto el vicio de los juegos de azar hasta el día desgraciado en que empezaron con esa maricada de oprimir un botoncito y que digan por los parlantes de la tienda: “GANASTE LA MITAD DE TU COMPRA” y suenen aplausos pregrabados porque nadie le va a aplaudir a otro pendejo que se haya ganado la buena fortuna al lado de uno y eso quizá sólo lo hagan acá, en mi paraíso budista de gente bien intencionada que sonríe así le peguen un puño en la cara porque qué miedo el karma y qué miedo expresar las emociones de uno mismo. 

Y entonces Alkosto creó el maleficio de los concursos y la ludopatía y el azar y cuando me fui todos estaban enganchados en esa aplicación pendeja de Betplay o Betano o Wplay o Comamierdaplay porque qué miseria tener sólo un vicio en Colombia cuando se puede ser ególatra, putero, ludópata, adicto al tusi y católico a medias, todo al tiempo, porque en Colombia los verracos son los que tienen muchos vicios a la vez y se bajan por una montaña en una bicicleta sin frenos para entrar en una camilla de urgencias al Alkosto y comprar un vaso plástico, oprimir el botón del destino, y ganarse quinientos cincuenta y cinco pesos (milagro del cinco; cinco, cinco, cinco. Gracias a Jesucristo, al buda de oro y al arcángel Zadquiel que me cubren y me protegen en esa ciudad de mierda que es Bogotá o acá en el paraíso de los budistas bienintencionados que creen que todos los occidentales hablan inglés) y sólo se le puede agradecer al papel y a la barriga en el número (dedo de Dios) y quiero acostar mi cabeza en el papel y pensar en otra cosa que me libró de tirarme por una pendiente en Bogotá (no pasó) y me tiene acá, redondo, contando las monedas antes de montarme al bus que recorrerá el Chao Phraya y se hundirá en un barrio con tres palmas secas y dos motos desvencijadas junto a una fotografía diluida de su majestad, el rey putero.

Al menos el rey sólo tiene un vicio, las viejas. 

Ahí se ve la mesura budista, ahí está el “o soy putero o hago esquemas para ganar el sorteo del botón del Alkosto” pero una cosa no tapa la otra.

Un carro con el número cinco, voy bien. Repito el conteo, cinco y cinco. 

En el bachillerato yo decía “cinco” y mis amigos me decían “Por el culo te la hinco”. 

En el papel hay otra cosa, una mancha de grasa con forma de ombligo y en el ombligo la sonrisa de José Gregorio Hernández, mi más reciente manifestación del todopoderoso.

Los budistas no le rezan a un doctor venezolano ni hacen chistes de doble sentido con el número cinco.




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