el carefabio línea recta
hay
gente que se mira el ombligo y dice “¿Será que merezco que me quieran y me
abracen y me absorban en lengüetazos en la mejilla?”
y
la verdad es que yo creo que sí porque la ausencia de mastique en la boca y de
color de papel atrás de los ojos (los míos, esos en los cuales planeo las
texturas de mi amor) son todos los mecanismos por los cuales uno (cualquiera)
merece pasar para no abstraerse en una repetición de la repetidera que los
hacen decir “Sí, mejor me quedo calladito” por que el que se calla se está
durmiendo en la ventana del avión y se mete el dedo en el paladar y dice “No lo
estoy haciendo bien”.
la
arrechera de la distancia es la misma sensación del elefante que se escurre por
la punta de la aguja y le dice a Dios que la parábola religiosa en su nombre
sólo le sirve a los atembados, a aquello que no pueden recuperar el olor de sus
cuerpos ni dormirse con la boca abierta en un bus porque les da miedo que les
metan bolas de papel en la boca.
MI
BOCA, LLENA DE BOLITAS DE PAPEL.
mi
mirada en un cuadrado que no se hunde y que me recuerda que ya me fui, que
escribo mirando una parrilla con pedazos de pulpo y me acuerdo de querer volver
a Colombia en un helicóptero a besarle el ombligo a una cancha de fútbol, así
como hizo Edgar Rentería y como muchos años después se iría a copiar el santo
padre. Muy lejos hay una ciudad que se llama Bogotá, una ciudad llena de
escritores bien intencionados que hacen novelas de ONG con color papel en sus
letras invisibles y llenas de baladitas de gente con aretes en la nariz que
lloran pegadas a un ukelele porque las ballenas se comieron una bomba atómica y
un niño en un pueblo del pacífico usó una bala perdida para jugar a patear plátanos
podridos. Supongo que está bien que a todo el mundo le gusten las buenas
intenciones porque “Uff, muy poderoso” y somos todos buenas personas con buenas
intenciones gracias a la literatura y nos metemos en una cabinita de líneas
diagonales a ponernos aretes con virutas de pan tieso y sacar otro ukelele y
hacer un mapa azúl de Colombia y ya no es un secreto que una generación de
hippies sólo sirve para fertilizar a una generación futura de anti-hippies con
colmillos plásticos y ya-para-qué-se-ponen-a-joder si igual el planeta se iba a
destruir desde el principio de la existencia humana.
otra
vez, mejor dicho, nuevamente por no morder y por no sujetar y por la sed del
hambre de la ausencia de agua para acostarse en el olor de un sudor de leche
con arroz o de leche con jabón y fresitas artificiales que se estampan en las
faldas de mi helicóptero, mi vehículo de telas y anuncios publicitarios de cremas
dentales de sal y carbón donde aterrizaré en Ubaté, el pueblo más feo de
Colombia, el pueblo donde Andrea me muestra el café internet y me lleva al
palacio de fritanga, el puesto tres, y le chupamos el pescuezo a una gallina
muerta muertos nosotros de amor por tener arvejas en los dientes y ají de
picadillo y cebolla sangrona para besarnos los dientes y que ella levante su
mano sin guantes plásticos y señale:
Aquí
la tarima.
Aquí
Orquesta Parranda.
Aquí
Grupo Guayaba.
Aquí
el gordo que se murió en el concurso de comer morcilla.
Aquí
el campesino que mató a una vaca de un grito.
tampoco puedo decir que entro si no
estoy. muy lejos, un canal lleno de basura y un mensajito de celular en letras
subidas con copetín mudo y curvas incompletas que se leen con la nariz tapada. algún
día me referiré al video del ñato Oscar en un cuarto caluroso rogándole a Dios
por una transferencia de tres pesitos para comprarse una bolsa de agua que se
pueda poner en el culo, en el mismísimo CAREFABIO, para que los espíritus de la
celda de cada cuadrado dibujado en la luna no lo violen.
En
este momento, Bogotá es atravesada por un bus azúl lleno de buenas intenciones
y de gente honorable que va a leer sobre la violencia gravitacional de responder
“Aquí la tengo para que me la bese” cuando un niño dice trece en el patio del
recreo. Yo también odio la violencia del alpinito y también me enteré hace poco
que es cuajada con tinte industrial para chaquetas de cuero.
Andrea imita al ñato Oscar muy bien.

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