El chino que fuma y toma leche al mismo tiempo

 

Qué ganas tan hijueputas y desbocadas de meterme en un tubo y comer y comer y comer para poner en mi boca (después de comer) todas las fibras de la ciudad que hoy está moviéndose agachada por el cielo negro, contaminada, percudida, sin amantes del cielo como yo, en un misil nuclear que se eleve para luego caer en el océano, en la desembocadura del Chao Phraya.

En Colombia tantos y tantos hijueputas que no lo dejan a uno embalarse (literalmente, porque el chiste es convertirse en una versión potencial de misil atómico en el océano pacífico) con el conteo y el reconteo y la muerte por repetición de las crestas de mis palabras, y sólo pienso que menos mal no estoy allí con esa gente que me dice: “Ay, no se entiende” porque me vale culo y medio que se entienda, gran pendejo, como si la literatura fuera un arte de hacerse entender y no el principio de toda la abstracción y de toda la humanidad aprendiendo a contar el alfabeto al derecho y en diagonal, por saltos rectos.

Deliciosa, deliciosamente, me acuerdo entonces de los escritores gramáticos que vienen y le dicen a uno “Dices puras cochinadas” porque en la literatura en Colombia todo se llenó de escritores de ONG, de narradores tan sanos y tan correctos de comunidades vulnerables y voz a los que nunca han tenido y expresión poética de vulnerabilidad y todo empacado en libros bonitos y canciones de ukelele con leche de almendra, triple hijueputas, porque creen que la literatura es para ser mejores seres humanos y nadie escribe para ser mejor persona porque eso es como creer que el sol existe para alumbrarnos la frente y no como una amenaza del incendio, como un mensaje flotante de que el infierno está arriba y nunca abajo.

            Cuando pienso en las cosas buenas me acuerdo de las buenas intenciones de mi cuerpo, de la paciencia de mi mente. Me pongo a contar y contar con la uña metida en la carne del dedo si acaso se va a caer un avión y si posiblemente podría caer en el centro de Bogotá, en esos tres cubos de colores donde duermen los universitarios que creyeron que ese edificio se veía mejor en las fotos, y podamos masticar el tubo atómico del dolor (otra vez, masticando, otra vez) pero no somos capaces de apagar el miedo adentro (sí, adentro, no el del sol) que parece decirles a todos que las buenas personas escriben de buenas intenciones y de mundos que se pueden sanar con novelas bien escritas para gente bien pensante sobre un planeta (encima del agua) que no sabe de la soledad en el interior de sus bocas. Un mundo bueno donde todos escriben como si fueran antropólogos mediadores de una ONG para darle voz a todo lo que nunca ha tenido voz, pendejos, porque se les olvida que nada nunca ha hablado y que todo lo expresado es por remadera opuesta a la lluvia.

Y se les olvida también que todo lo escrito es persistencia del interior, la boca, que ellos no quieren leer porque es ofensivo que la literatura sea ofensiva (pendejos) como si en el mundo uno leyera o escribiera para volverse mejor persona.

            Al lado de mi casa, el señor chino que cuelga sus únicos calzoncillos de una viga de metal sale al balcón para fumar y tomar leche al mismo tiempo. El chino parece un signo de interrogación; se encorva en su figura flacuchenta para chupar más el cigarrillo y meter ambos labios adentro del pico de la botella de leche que no saca humo, pero lo devuelve todo blanco hasta su cara, chino cochino, mirando al Chao Phraya, el río, ahí lejos donde no puedo apuntar con mis labios porque no quiero que el señor chino piense que le quiero dar un beso. Su bocota es tan olorosa como blanca y oscura, que son cosas diferentes.

Su boca se ve blanca por la leche, oscura por los sonidos que aspira, que traga.

En Bogotá dicen que uno no puede decir “chino cochino” porque eso es ofensivo, pendejos.

En Bogotá sólo vive gente que no le gusta Bogotá. Además, no importa que diga “chino cochino” porque ningún chino viviría en Bogotá, la identidad de esa ciudad es odiarse a sí misma, no hay chinos que vivan en un pozo mojado de luces percudidas. No hay boca entre el sol y el río. Otra vez. Metido entre la pausa del sol que se esconde, apuntando con mi boca al avión que cruza allá, donde apenas está amaneciendo, y un avión sea como una bomba atómica que tumbe los tres cubos de colores en el centro de la ciudad.

Apunto, el Chao Phraya se detiene. Apunto, otra vez en mi boca, un arroz atrás de la lengua. “No se entiende nada” y pues sí, obvio, pero a mí nunca me importó que me entienda nadie.

El chino sonríe, me ofrece un cigarrillo; no, gracias. Tomo un sorbo de leche, cuento al revés. 




 

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