Puto, 1+2
Últimamente
pienso en un círculo de piedras que giran rápido, mucho, muy rápido, y generan
una especie de vórtice, una puerta que dice “Bienvenido” en letras verdes y
rosadas y un fondo azul (azul celeste) con lucecitas tan brillantes que saturan
la vista y piedras, las piedras del círculo que entran y salen de la órbita del
giro, que no dicen nada y no evoca otra cosa más allá del concepto de ser
bienvenido a un círculo de piedras gigantes: El mecanismo.
Hace
un año llegó a la ciudad un grupo de transexuales filipinas. Las transexuales
filipinas se alojaron en un hotel de la calle Sukhumvit once y salían en
lencería a decirle a los hombres que pasaban por ahí que muy bienvenidos a sus
cuartos, que les harían lo que ellos quisieran y que comerían un postre blanco
llamado “Puto”. El puto lo comen las transexuales filipinas en la puerta, tocan
a los clientes y le piden a cada uno de ellos que abran sus bocas. Las
transexuales filipinas cuentan los dientes, piensan si la distancia es acorde y
si el viento cabría entre cada diente (dientecito ahuecado por el azúcar del
puto) y el círculo que se ve, pero no está muy claro.
El
círculo es el segundo escenario, sin mecanismo.
Puto,
un postre blanco de filipinas.
Hace
un año y un día, transexuales tailandesas llegaron a la calle Sukhumvit once
para golpear a las filipinas que se estaban prostituyendo en la calle, la calle
de las tailandesas, y les pedían a los clientes abrir la boca para identificar
quienes tenían grumos de azúcar por comer puto. La velocidad absorbía las
piedras y los dientes, como paredes blanquecinas gigantes, pero con huecos
cafés de oscuridad dolorosa, se metían atrás. Todas las bocas de la calle
Sukhumvit once olían a sudor dulce.
La
boca, algo así como el tercer punto indirecto entre las transexuales filipinas
y las tailandesas, tiene las vueltas y los círculos cortados de un cráter
antiguo, de un golpe anterior a la creación de la calle misma. La calle es
cerrada. Hay un golpe, una línea recta y una emoción; una piquiña interior hace
que todas se empiecen a odiar, se empiezan a ofender en idiomas que las otras
no entienden. Un vacío, el recorte de la calle, el final de su curva para
meterse en la desembocadura en la principal, la calle Sukhumvit en mayúsculas y
sin número, esa calle por la que entró la policía.
Las
prostitutas tailandesas eran más fuertes que las filipinas. Creo que una pelea
de transexuales en estas condiciones fue bastante injusta, la policía permitió
que las tailandesas les pegaran a las extranjeras. Cuando un grupo de piedras
empiezan a girar a altísima velocidad en un círculo que flota en el espacio, la
luz parece capaz de cortarse para transmitirse en una repetición profunda. A
las Filipinas les jalaron el pelo y les escupieron y pegaron y aruñaron con rabia.
Las tailandesas le decían a la policía que las filipinas tenían Sida, las
filipinas no entendían pero pasaban la lengua rápidamente entre sus dientes,
calculando las otras piedras, generando huecos de colores en la piel de sus
rostros golpeados. El blanco, sin ser color, era otra forma en la que el puto
se identificaba más fácilmente. La policía tailandesa decomisó lo que encontró
en la calle.
Todo
lo que parece incapaz de tolerar la velocidad se vuelve más compacto.
Pienso
el permiso de las fisuras. Pienso en por qué la rabia se multiplica sin ser
capaz de repetirse y las transexuales que rasgan la ropa y gritan y patean, tiran
todas papeles que arrasan con las otras. Las filipinas se agarran de las manos
y hacen un círculo protector.
Todas
las “otras” son las capaces de cerrar los ojos y pensar en el movimiento de las
piedras cuando sus párpados titilan, cuando entran y salen y la mancha de la
oscuridad sube para un lado; sube para no bajar. Los que piensan son incapaces
de decir otras cosas. La calle Sukhumvit once sólo tiene una desembocadura, una
entrada que es la misma salida.
Por
la boca, la salida misma. El agujero de la calle es un punto fresco capaz de
atraer a las tailandesas con palos y tarros de frijol que expulsan gas
pimienta. A las filipinas las cogieron a golpes y la policía llegó a tomar
fotos y abrir sus brazos en forma de T para hacer creer que estaban ahí, que
hacían algo, que evitaban los golpes que se habían dado después de que ellos
llegaran.
La
calle también era un punto seco, un hueco sin globo blando que pudiese observar
las piedras que giraban más rápido que nunca. Otro lugar en el interior de la
calle, el ángulo de la cámara apuntando desde abajo.
Los
empujones ahora los da la policía. Desde un bar en el ano de la calle, el dueño
pone a todo volumen una balada del norte. La melodía es lenta y sufrida, la
letra habla de una muchacha que se va de su pueblo y hace mucho dinero en
Bangkok. Un día su novio del pueblo viaja a la ciudad para sorprenderla en su
cumpleaños y descubre que su novia se prostituye en la calle Sukhumvit once. El
ano tiene dos entradas, la calle Sukhumvit once (viniendo de norte a sur) y la
calle Sukhumvit once (en dirección sur-norte).
La
calle aspira a la piedra, aspira a su posición y su velocidad. La destreza del
círculo está en la velocidad de sus movimientos, en el vórtice agitado que
genera un portal invisible que sólo gira cuando cierro mis ojos, que repite la
secuencia que veo, pero no da una solución categórica.
No
hay solución. Y es innecesario porque no hay sentido alguno en creer en la existencia
de una solución y la pelea entre transexuales filipinas y tailandesas seguirá
siendo un evento canónico, una peregrinación de rabia y brillo y gritos en dos
idiomas que no conozco; el tailandés y el tagalo. No, los policías no tienen
intención de parar la pelea. Y las transexuales parecen saber que la entrada es
el precipicio (Calle Sukhumvit once en un giro al final que devuelve al
principio) y se rompe el círculo de los ojos (no) porque entre una transexual y
otra no diferencio cuál es de un país y cuál del otro y ellas me ven y saben
que mi sueño de piedras no gira hacia arriba.
Otro día me decido a inscribirme en
una escuela a de idiomas y aprender a decir “transexual” en tailandés y en
tagalo. En tailandés es fácil: “Kathoey”. La palabra en sí no significa
transexual, más bien algo así como “no binario”. En tagalo no supe cómo se
decía la palabra. Mi profesora de tagalo se fue de la ciudad, volvió a
Filipinas y ahora vende puto (el postre) para hacer un poco de dinero. Mi
profesora tuvo que salir corriendo de Tailandia, encerrada entre una montonera
que trataba de apuñalarla con la punta de los tacones y bolsos llenos de
piedras que caían sobre las cabezas de otras filipinas (ellas sí) que se
quedarían para romperle la cara, los dientes, las pestañas, el fósil
transparente de polímero y el orgullo de los implantes en las tetas de las
tailandesas que les reventaron tantos golpes sin dejarlas salir de la calle,
no, no se puede, atrapadas, en Sukhumvit once.
Los
policías tailandeses graban todo con sus celulares y se ríen entre ellos.
Kathoey:
Lo más cercano a “transexual” en tailandés.
Puto:
Postre filipino.
Piedra recta, piedra circular, piedra repitiendo círculo rápido y aún más rápido. Dos puntos, el ano-boca, el ya-casi. Sukhumvit once, otra piedra. El mecanismo repite.

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