día de odio (3.3.3)
Uno
Cada repetición de mi cuerpo, lento y automático, deja un lugar vacío por
donde no quedó nada (la nada de la nada) y donde, ojalá, Dios me hubiera
permitido acostarme porque con la rabia de mis pasos sólo hubiera querido
dormir. Dormir y ponerme horizontal como un cadáver (así, exactamente así) y
pegarle tiros al aire con una pistola de dedos.
Una pistola que es mi propio puño y escupe fuegos artificiales de colores
que nadie verá (no) porque no estoy acostado ni mi mano es una pistola (Dios
gran hijueputa).
Dos
Entonces estoy
acostado (hagamos de cuenta) y en la pulsación de mi mano no hay pólvora ni
cohetes chinos y no hay luces LED de carritos de juguete ni motores pequeños
como los de un dildo. Entonces me acuesto y mi cuerpo no es un dispositivo de
la noche (por y para la noche) que me convierta en todos los objetos que llenan
mi vacío y evitan que estire la cumbamba hacia adelante, como un animal, en esa
obsesión bucal de la que mi mamá se burla cuando cree que le voy a pegar un
traque porque me sobrecoge. Me sobrecoge y me envuelve y me sube y me baja la
rabia de mis pasos en este mundo por el que camino en vez de morir (cabeza a la
misma altura de los pies) surcando todas las ciudades en una plataforma con
audífonos a los lados y circulito de plástico para poner la botella de lo que
sea que esté tomando en el momento (ahí, cerquita) en el milagro de la
destrucción de Dios por obra y gracia de mi frustración (mi rabia de amante absoluto)
y la verdad es que detesto la comodidad.
La verdad es que
en la ciudad (otra, esta no) un hombre que ha sido vegetariano hace décadas
empieza a tener cara de caballo.
No sé cómo decírselo,
pero el huevón parece un caballo de tanto comer rúcula y bolitas verdes (sabrá
Dios como se llaman esas cosas) y el huevón relincha, sentado, en un computador
blanco donde lee sobre un muchacho de manos largas y gordas, de tubos
diagonales en su mandíbula como el protector violento de un casco que choca,
que choca (proyectado) contra la pared de su casa.
El muchacho de excesiva
delantera, el muchacho de cuerpo encorvado (igualitico a un signo de
interrogación) es el mismo huevón al que no le dijeron que hay que sacar culito
como una paloma, es el que ahora está pensando en comer más vegetales, en
meterse a otro monasterio budista, en cruzar la frontera e ir al país más
bombardeado del mundo (aún más que su propio país, ese terruncho ingrato de
vegetarianos que parecen caballos) y la boca guarda la fuerza (la suya) de una
cabeza que no cortaron ni la violencia ni el machete escondido que saca con la
punta de la lengua cuando en el restaurante le sirven sobrebarriga. Entonces, una
ensalada.
Una ensalada de
cangrejo o una ensalada de pollo con salsa césar. Una ensalada de papaya con
maní molido o maíz revuelto en un mortero de madera. Al norte hay un país que
fue bombardeado en una guerra secreta, una guerra de la que nadie sabía nada
porque el país no es tan importante como otros, porque las desgracias sólo
existen en los países importantes.
Tres
Yo llego a mi
casa, cierro la puerta y le pongo seguro. Saco el mercado de las bolsas y lo
guardo en la nevera pensando de cuando a acá el mercado se me puso tan caro y
de cuando a acá estoy tan vaciado, tan lamentablemente sin plata, que no tengo ni
para un aerosol que mate las pulgas de mi cama.
Las pulgas esas
que nacieron de un huevo y el huevo que fue mi propio sudor.
Las pulgas no me
dejan dormir recto en la cama. Me arruncho en mi propia joroba, soy una
pregunta sin palabras, y en ese momento llega un camión al barrio. Un camión
que vende un kilo de uvas a ochenta y todos mis vecinos salen con la cara
pintada de esa crema dorada que se untan en las mejillas y la frente y les
aclara la piel (obvio) porque qué desgracia no ser tan blanco como los
muñequitos de cera que hacen coreografías en la televisión.
Los vecinos de
mi barrio huyeron del país del norte, el de la guerra secreta, y del país a la
derecha (derecha de la izquierda o al lado de allá que no es acá dependiendo de
dónde esté uno parado) donde hay una guerra civil que dizque es muy peligrosa.
Un amigo me
preguntó el otro día si es peligroso ir allá y yo le dije que no fuera huevón,
que no fuera cobarde, que en nuestro país matan la misma cantidad de gente
todos los años y que nosotros nacimos, crecimos y moriremos en una guerra civil
permanente, una guerra civil de gente que ama tanto que no sabe amar sin matar.
Le dije que no
se cague del susto porque nosotros somos sapos toreados en siete plazas (lindo)
o (mejor) hijos de una masacre o (no tan bueno) atarvanes de machete escondido
(acostado, si se quiere) en el huequito entre las muelas y las mejillas porque
ahí duerme el placer pasional de la muerte.
De ahí, al
ladito, es que también saco lo que me ayuda con las fibras de la carne cuando
no hay palillos en el restaurante y no, la verdad es que yo no sirvo para ser
vegetariano.
Entonces mi
amigo me dice que no sea grosero y que más bien le traiga un kilo de uvas.
Entonces yo salgo
a la calle y cae una bomba.
La bomba cae en
el aire.
La bomba es como
ese video hermoso de Silvestre Dangond todo soplado diciendo que la vaina es
una vaina (una vaina, la misma) que como que lo coge a uno así y lo sube y se
le mete y la vaina explota acá, no en el país de la guerra secreta, no en mi
país tan violento que los vegetarianos parecen caballos (tampoco) la bomba
explota sobre mi cabeza, gigante, y saca un hongo colorido de abrazo gigantesco
que es una lluvia invisible, un milagro que jamás tocará mi noche y que, peor
aún, no me va a matar.
Pienso y me doy
cuenta (hijueputa) que alguien se adelantó a mi idea.
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