Cinco noches con Ferney

 

Miramos las cajas en la parte de arriba. Dicen que se van a caer y nos van a aplastar, yo creo que no, que es pura exageración o miedo de los bodegueros. Pienso en la forma en que las cajas están mal colocadas, en el borde, ariscas, sacando sus puntas y dejando un espacio muy pequeñito por donde pasa la luz del bombillo, el ruido del reloj Mondadori que se trajeron de España, la risa boba de los empleados viejos a punto de pegarle un puntapié a las estanterías para que nos caiga todo encima. Me quedo callado. El Arturo, al lado mío, dice que todo parece un meme, el de cinco noches con Ferney.

¿En qué consiste el meme de cinco noches con el Ferney?

Pues me cuenta.

Hacemos tiempo mientras caen las cajas y la señora de la vocal absoluta entra a la bodega a gritarnos, a decirnos que le vamos a dañar sus libros y su negocio. Que la pobrecita no tiene plata para darnos un contrato a tiempo completo.

Entonces cinco noches con Ferney.

 

En el fondo negro los bordes de los muñequitos numerados como plano arquitectónico de algún proyecto serio. Una pizzería vacía, un templo de arcos curvos, la nube metálica de lo que se deja ver.

Las cabezas flotan y las líneas del peluche hacen un triángulo: acá está claro y de allá para el fondo todo es negro.

Cinco noches con Ferney es una oración sin sentido, escrita en rojo, por el diseñador rápido de la editorial, el que quería asegurarse de que el meme fuera la puerta de entrada a otras personas que compraran el libro por la simple y mera gana de hacer lo que los demás hacen.

La cabeza es un cantante mexicano de baladitas pop de los dosmiles con aretes en forma de calaveritas y delineador morado pero sin ser gay. Observo. Vuelvo a pensar en la gravedad de las cajas. En la posibilidad de un trueno gigante que me aplaste antes de entender nada. La peladita linda de recursos humanos, la de las gafas rotas y la blusa apretada en las axilas dice que así es por acá, que todos debemos trabajar en lo que nos toque.

Quizá pude haber sido un buen diseñador gráfico.

Aún mejor promotor de videojuegos con peluches satánicos en Alkosto, en K-Tronix, en los locales de San Andresito donde tenga que competir con las impulsadoras de aguardiente en trusa verde con blanco. La de recursos humanos abre la boca, no sale nada; escupe aire con tres goterones de saliva para (supongo) dejar su punto claro, y en ese momento la señora de la vocal absoluta propone que el de la barba chueca, el de dedos como tuercas y el señor pensionado con permanente tufo de aguardiente se encarguen de enseñarle el trabajo al muchacho de pelo largo y barba, al tonto que espera el fin del mundo para generar un accidente laboral y pedir compensación remunerada mientras se reacomoda los huesos con apios largos, larguísimos, en el hospital público.

Otro día también es de noche. Pasan una, dos, infinidad de noches hasta que el cantante emo-mexicano se va a dormir.

Los robots satánicos se quitan las cabezas de peluche y exhalan, cansados, sudando el cuerpo entero debajo del traje.

“Mañana a las cinco y media de la mañana.”

La señora de la vocal absoluta me invita a su oficina. Me informa que ya está el equipo completo, que bien puedo colaborar siendo bulto izquierdo o estorbo derecho.

La miro a los ojos, prometo una venganza silenciosa y salgo para llegar media hora después a mi casa.

Empiezo a escribir, me infecto de una imagen y la vuelvo un meme. Otro día sin ser de noche. Ya son cinco esperando que me maten las putas cajas.




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