Jovani Vásquez: El sol de América (Capítulo uno)
Un día el cielo
se revolvió y salió metido en un vaso. En las nubes había un color como entre
cloro y leche y las personas salían de los edificios centrales de Ari a
sentarse en un andén y comer fideos aguados en cuencos plásticos con florecitas
en el borde.
Esos cuencos me parecen feos. Prefiero los que tienen a
una gallina o los que muestran la carota de pelmazo de “ya-sabemos-quién” y en
caso de que “no-sepamos-quien” pues ese “quien” es el rey.
No me importa
decirle pelmazo (así, con esa palabra) porque dudo mucho que él sepa leer
español.
La verdad es que la comida que coma o no coma la gente
que trabaja en Ari no importa porque todo se guardará, se encajonará en el domo
de los puentes y los toldos plásticos de los restaurantes. Las sobras las
botarán al río y “ya-sabemos quién” saldrá en el noticiero dedicado a la
familia real, a las ocho de la noche, regalándole bultos de arroz a las
familias desplazadas por la guerra con Camboya.
En la ciudad, todo
lo guardado pensará si el cielo es más leche o más cloro y no importará la
respuesta porque seguirá igual de feo, de una u otra manera.
La ciudad también
pensará en por qué Dios lo metió todo en un vaso, así, tan fácil, porque todo
lo que se guarda no importa si se llega a perder, a caer, a regarse en el piso.
La verdad es que
el cielo no es azul, está muy lejos de serlo.
Y entonces yo quiero
pensar que estoy en mi ciudad linda. En mi ciudad tan linda y tan horrible con
gente quejona y buses rojos que se meten en agujeros permanentes y donde todos se
pelean hasta por la construcción de unas escaleras eléctricas. Mi hermosa
ciudad de gente cansona donde pelear porque sí, porque no o por si acaso es
sinónimo de estar vivo.
En el cielo hay
un avión, uno de esos que parecen de papel y se usaban a principios del siglo
XX.
Una vez alguien
me dijo que pocas personas vieron el potencial del avión para lanzar bombas
desde el cielo. Como pocas personas tuvieron esa idea, lanzar bombas desde un
avión no se hizo sino hasta bien entrados en una guerra mundial, la primera de
las dos que van hasta ahora.
Para bombardear
desde uno de esos aviones pelele que más parecen juguete para niños que hito de
la ingeniería, los pilotos llevaban entre sus piernas una caja de madera llena
de bombas. El piloto volaba (elegantísimo) con su chaqueta de cuero con
peluchito y gafas pegadas a la cara que lo hacían parecer un marciano feo o una
rata embutida en un condón sobre las posiciones enemigas. Cuando creía que era
momento de tirarles la muerte desde el cielo (como un perezoso copión de Dios) entonces
cogía con su mano cada una de las bombas que tenía entre sus piernas y las iba
lanzando por el borde del avión, asomándose antecitos a ver si habían unos
círculos gigantes en el piso con carteles en los cascos de los enemigos que dijeran
“ES AQUÍ” y como no había nada dibujado para facilitar el bombardeo, entonces
sólo iba botando esa vaina como mi papá cuando tira las cáscaras de mandarina y
las pepas de durazno en el carro. “Eso ahí va a nacer un arbolito. Póngale
cuidado que hasta mis babas son fertilizante”.
Y así se
bombardeaba cuando el avión era un chistecito de armatoste feo y los pilotos se
vestían como Snoopy.
Y entonces el
cielo de la ciudad seguía cochino, feo con ganas, distanciándose de mi cabeza y
de los edificios de Ari que ahora se encontraban vacíos y por donde cruzaban
los trenes con publicidad de cremas de dientes y cirugías para agrandarse los
ojos. En el cielo de esta o de la otra ciudad va volando la maqueta de lona y
madera que sí parece el esqueleto de un pájaro.
Entre las dos
ciudades, una repetición de lo que no se va si no se deja de ver, y en todas
las distancias posibles me siento cansado, me siento sudoroso, pego la cabeza
contra un poste de luz y veo el punto medio entre los vagabundos de una ciudad,
tan carismáticamente violentos ellos, fumando basuco en un tubito de PVC o
preguntándome si les puedo dar un minuto de mi preciado tiempo para hablarme de
la política nacional, el valor de la educación y su emprendimiento de cartillas
con mensajes motivacionales para no volver a la cárcel.
En el punto
medio, los vagabundos de la otra ciudad son más bien respetuosos y no dicen
nada, sólo pegan las manos y esperan que les tiren monedas por la inmensa
misericordia de Buda. Yo no soy budista y si no me piden plata pues no les doy.
Tampoco es que yo sea buena persona; mucho menos alguien medianamente perceptivo.
El que quiere besar busca la boca y si uno quiere plata pues hay que buscarla.
Entonces, como
los vagabundos budistas no saben mendigar y tienen miedo de que lleguen los
policías en sus uniformes beige a pegarles en el cuartel y obligarlos a meterse
cáscaras de ajíes por la uretra (entonces), entonces la ciudad es silenciosa y
todos los que sorben fideos en Ari piensan si alguna vez saldrá el sol o si la
eternidad se va a descomponer así, permanentemente, en una repetición de la
repetidera mediocre que no se acaba por el bombardeo de un ave gigante, el
hombre pájaro que lleva a Rama, encarnación de Vishnu, y que se llama Garuda.
En el colegio de
M un profesor trató de enseñar la historia del Ramayana. En la explicación del
profesor todo es tan sencillo como decir que es una versión de la Ilíada que transcurre
en India (pendejo).
En la forma en
la que narra las cosas, todo se ve desde una plantilla de PowerPoint con flores
y serpientes y todo tiene títulos grandes en letras anaranjadas, verdes y
blancas para que a nadie se le olvide que la bandera de la India no tiene ni
amarillo ni azul ni rojo, y que en sus colegios nadie hace preguntas pendejas
como si es verdad que la gente caga en la calle y se limpia con la misma mano
con la que come.
Esas preguntas
no se hacen porque en caso de que alguien las haga no suceden en español.
Quizá las
preguntas se hagan en otros tantos idiomas que se hablan por allá, en español
nadie va a decir una burrada de ese estilo.
En India hay un
monumento a un aviador, uno de los primeros del mundo. El visionario pensó en
repartir paquetes llenos de comida, flores y dulces rellenos de leche para los
pueblos más alejados de las vías férreas. Cuando todos hubieran disfrutado los
regalos del cielo, los cuervos se comerían las servilletas con migajas. El
pionero indio de la aviación inventó el bombardeo táctico antes de cualquier
guerra mundial. Inventó la repartición milagrosa de paquetes pesados que se
romperían antes de tocar el piso o que descalabrarían a un pendejo que no mire
hacia arriba cuando suene el zumbido (el superior, porque si algo zumba a ras
de piso son motos o pataletas del diablo) y ninguna persona al lado suyo tenga
la delicadeza de decirle que le va a matar un bulto del cielo y que tiene que
dar las gracias por la inmensa generosidad de un millonario desocupado que se
cree el poderosísimo Rama volando sobre Garuda.
Mejor dicho, ese
es el problema; que los pobres son malagradecidos.
Y así uno les
regale moneditas para los pipazos de basuco o vasos de fideos instantáneos ya
vencidos, los que menos tienen seguirán con la carita de perrito triste, de
animal de la lástima que en su avaricia quiere cerrar el vacío de su existencia
con todas las delicias y todos los lujos (a veces los invito a comer) pero en
las mesas de los restaurantes de fideos en Ari no les darán de postre natillas
de coco con taro, y cuando salgan otra vez a la calle se les tostará la piel en
esta resolana cochina, cero deliciosa, porque un cielo así no da ganas ni de
echarse un pajazo mirando al techo.
Todo mal, mal,
muy mal.
Y entonces
pienso en la escasez de cosas hermosas que hagan sentir una cercanía de amague
con la divinidad. El estar al borde de comerse la bocota de Dios y sentir la
vibración al mismo nivel de todas las crestas y todas las erupciones volcánicas
como todas las cartas de amor y todos los mensajes repetidos en el milagro de
que ya, ya pronto, llegará Jovani Vásquez en un aeroplano pegado con babas. M
será mi acompañante para el acto benéfico que haremos en su honor, regalando amuletos
con la silueta de una Garuda entre los habitantes de calle, entre todos estos
desfavorecidos que jamás han volado en avión, que aún no conocen la tierna
compasión que da mirarle la coronilla desde arriba a toda una ciudad (ante todo
la humildad) y querer darles todos los dulces y las ofrendas y los regalos del
mundo, bombardeando de amor a todos los ingratos que aún no entienden que el
pobre es pobre porque quiere.
Ellos, tan
pobres que aún nadie les dice que querer es poder y querer siempre será tener
una figura alada para recordar el Ramayana y las lecciones de Jovani Vásquez, hombre
pájaro que baja del Himalaya, tan puertorriqueño como Chayanne y tan poco azul
como el cielo de estas dos ciudades que aún no conocen lo bueno, que no lo
conocen a él, porque su avioncito de papel aún no aterriza en nuestros
corazones. Y aún tendremos tiempo con M para voltear los tazones de fideos de
los restaurantes de Ari y usarlos como cascos en un juego de niños para
protegernos del bombardeo, para ver los edificios arder en gritos que no
entenderemos muy bien y que quizá sean una forma de expresar amor, amor tan
necesario, a ver si al fin se va la vergüenza de cogerse de la mano o decir
“eres mi sueño” en la primera cita.
En la ciudad
intermedia “ya-sabemos-quien” se quiere quedar con todo el crédito moral de
Garuda, del Ramayana y de la compasión con los pobres. Le digo a M que
deberíamos coordinar una reunión entre el rey, el señor ese que sale en los
billetes, y su majestad Jovani Vásquez.
Espero que no se
den la mano con esas maromas patéticas que hacen los políticos ahora,
cruzándose los brazos para darse un apretón de manos conjunto cuando son más de
dos hombres y piensan ellos que salir cogiditos de las manos, normal,
intuitivamente, los hará verse como maricones en las fotos del evento. Son
pelmazos, es política de tipos y tipos muy pelmazos para colmo de males. M me
dice que piensa inscribirse en un curso de aviación acá, en esta ciudad
intermedia del paréntesis cojo, acá donde terminará comprando un bloqueador
solar con químicos para aclarar la piel y poner el pulgar y el índice como un
corazoncito tímido en las fotos en las que quiera verse tierna. La gente que
pone los dedos así no se ve tierna, se ve ridícula. Le digo a M que tomemos
aguardiente y escuchemos a Chayanne antes de que se vaya para allá, para acá,
para el otro lado del otro sitio en el allá que no se alcanza a señalar
poniendo los labios como un patito.
El amor es un
domo cubriendo dos ciudades cojas, el domo es una extensión de caprichos. Amo a
Jovani Vásquez. Amo el presente y amo a Dios y amo las crestas profundas de mis
pensamientos en vibración cálida. Soy un avioncito de papel en un espacio
indeterminado. Tengo calor y el cielo se va a poner azul, azulísimo muy pronto.
Cielo azul, azul.
Soy la cresta completa y te amo. Te amo, Jovani Vásquez.
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