caudillo

 

Uno más uno, los dos pegados a la moto.

Uno se cae y se da un totazo contra la calle, casi que dándole un beso a la llanta de otra moto, una moto de tres ruedas.

Uno más uno ahora no se caen. Ahora la moto va sencilla, zumbándole al río que no escucha. El río que va al ladito.

Recordemos que en ambas secuencias está lloviendo.

La calle se inunda, el río aún no escucha, pero a uno más uno le gritaron que ya casi, que pronto acabarán las penas, que los conspiradores adentro de las nubes habían llegado a un acuerdo con el doctor Goyeneche, con el creador de las líneas rectas y el principal promotor del techo de zinc para cubrir la calle.

El doctor Goyeneche también prometió verterle anís al río para convertirlo en un río de aguardiente. El río no supo nada de las intenciones del doctor Goyeneche (aún).

El río tiene nombre. Se llama Mekong, río Mekong.

Los francotiradores de las nubes (desparchados, profundamente desparchados) seguían contando uno más uno más uno más uno más otro uno.

Al cerrar sus ojos por breves intervalos de tiempo, los francotiradores de las nubes pensaban en maneras más convenientes de imaginar persecuciones numéricas.

Como nada cambiaba decidieron dormir.

El río pensó en el conteo, en la nueva mitología interior, en las líneas rectas, los cubos, los vacíos, la intensidad de las nubes y las luces rojas que apuntaban a un punto medio entre ambas cejas, un lugar perfecto para activar la glándula pineal o recibir un pepazo que les abriera la cabeza discretamente por un lado y les destruyera el cráneo por el otro. En la salida de la bala, una corteza hueca. Sin sesos, las víctimas de los francotiradores de las nubes son como cáscaras de sandía chupada, sin contenido, sin pulpa roja y jugosa, sin numeración ni secuencia. 

1+2= Uno más uno.

(Es importante aclarar el asunto concerniente al doctor Goyeneche)

El doctor Goyeneche salió de su casa, cogió el bus que iba al centro, se bajó dos cuadras después del sitio donde quería bajarse.

El doctor Goyeneche entra al senado de la república y hace una propuesta: Verterle anís al Mekong para que sea un río de aguardiente.  

En el senado de la república lo observan confundidos.

Un tipo con una abolladura en el cráneo le pregunta al doctor qué haría cuando el agua de la lluvia que cae sobre el río disuelva el anís y el Mekong deje de ser, poco a poco, un río de aguardiente.

El doctor Goyeneche abre un sobre de manila y saca tres imágenes diseñadas con inteligencia artificial de su visión de país:

1.      Un techo de zinc entre las nubes y el Mekong para que no llueva sobre el río.

2.      Uno más uno aún no van pegados en la moto.

3.      Uno más uno ven el cielo sin nubes, sin colores, casi como un ombligo peludo en un espejo oscuro.

Se acaba la intervención del doctor Goyeneche.

Él se duerme de pie en el bus que lo devuelve a su casa. Un vendedor de cubos de hielo se pinta la cara de rojo, coge un peluche abierto por la barriga y se mete felpa en la boca, medio salida, para que parezca que está babeando. El vendedor de cubos de hielo coge un machete y despedaza dos cubos gigantes que reposan sobre el andén. Después de su arrebato, el vendedor tira el machete a la calle y agarra un micrófono que le extiende un ayudante de su negocio. Grita que hay ofertas de helado artesanal.

Como nadie lo escucha grita más y más duro, cambia el tono de su voz y escupe la felpa de su boca para poder vocalizar mejor y que su voz no siga siendo mera gritería sobre las capas de ruido inmensas, oscuras, como techos artificiales cubriendo las nubes, de la avenida estallada, los pitos de los taxistas porque un loco acaba de tirar un machete, y el equipo de sonido con luces amarillas y rosadas que repite un remix guarachero de Pablo Escobar amenazando con matar, desenterrar y volver a matar a la abuela de alguien. No, no lo escuchan.

El vendedor de cubos de hielo se desespera. El loco que fuma basuco frente a su local, el que a veces se disfraza de Osama Bin Laden (con todo y AK-47 de plástico) para pedir monedas en el semáforo, le contó alguna vez que cantar merengue sirve para llamar la atención de la gente.

El vendedor de cubos de hielo decide cantar merengue y ponerle apodos a todos los que vayan pasando por la calle. Un bus se detiene en el semáforo, el vendedor de cubos de hielo observa a un señor bajito y orejón con un sobre de manila debajo del brazo que duerme de pie, decide llamarlo “Tres cuartos”.

La moto es una bicicleta, una bicicleta encabalgada en un motor.

En la calle, la paralela al río, hay motos de dos y de tres ruedas.

En el taller de mecánicos inflan las llantas con helio, a los pendejos con cara de “róbame” les dicen que las llantas fueron infladas con “aire premium” y que por eso es justificado que paguen más.

Uno más uno tiene un padre, este padre le pregunta a su hijo, Uno mas uno, que cuál es ese tal “aire premium” para poder respirarlo. Uno más uno compra lo que le ofrezcan y paga lo que le digan, siempre.

El Mekong prohíbe las estafas tanto como las loterías clandestinas, las apuestas deportivas, la pornografía que no involucre seres humanos, la ropa interior que haga referencia a alguien de la familia real y las menciones a la guerrilla independentista del sur o a la masacre estudiantil de la Universidad Thammasat en cualquier canción que se reproduzca en la radio.

En la calle del río de la república los dibujos están prohibidos, los grafitis no.

Adentro y afuera, colgantes o pasmados en su eje, todos parecen adictos a algo, como caídos, como chupados, como metidos en un tubo metálico que les conmueve el interior con anuncios luminosos de todo lo que han olvidado, de todo lo que pudieron ser, de la “república milagro” que prometieron sería el país del Mekong cuando aceptara las lluvias de balas desde las nubes, los francotiradores perezosos, la alteración de las leyes gravitacionales para, por, desde, con, contra y entre el subconsciente de la espera, de las leyes matemáticas, del agujero frontal que queda entre ambas cejas cuando deciden disparar desde más arriba.

La glándula pineal sigue titilando como lucecita de navidad, como palpitación oculta de la noche (ya sin milagro alguno).

            Afuera y adentro y más afuera todos son adictos a algo.

El doctor Goyeneche intenta, pero no puede hacer nada realmente significativo.

Todos los adictos observan la calle sin entender que el río es más grande.

De frente, los ojos son estrellas bizcas que no aterrizan ni en el cielo ni en la lluvia.

El río vuelve a ganar, propone un cambio de reglas: 1+1=1.

Con la propuesta del doctor Goyeneche (el domo de zinc) se acaban las preguntas.

La idea de la república es acabar con las preguntas porque el que pregunta sufre y el que abre el vacío sufre aún más (permanentemente) por no saber contestarse otra cosa que “tengo hambre”, “tengo frío”, “quiero un río de aguardiente” o “soy adicto a todo lo que me recubre”.

El Mekong es un mago en un cumpleaños para niños.

El doctor Goyeneche le propone un negocio al vendedor de cubos de hielo.

El vendedor de cubos de hielo acepta ser el nuevo ministro de transporte de la república.

En su primer decreto como ministro de transporte, el vendedor de cubos de hielo anula el proyecto que pretendía convertir todas las calles del país en calles de bajada.

Al ser todas las calles en bajada se ahorraría gasolina, esto según el doctor Goyeneche.

El doctor Goyeneche proyecta, cerrando un ojo, sacando su lengüita blanca por el borde izquierdo de su boca y mordiéndola con sus dientes blanqueados con tiza y estuco y poniendo sus manos como un transportador: el ángulo ideal para la caída. El ángulo ideal para el desbarrancamiento controlado de los carros que tendrán que deslizarse con suavidad para entrar y salir de los laberintos de las calles y saber dar el giro justo en la esquina correcta para que los carros no se vuelquen, para que todos no caigan al río.

El Mekong es como decir “eso”. Es señalar con los labios porque ambas manos están ocupadas en el timón, en evadir el ruido del vendedor de cubos de hielo con la cara pintada de rojo que tira machetes y darle unas moneditas a Osama Bin Laden con AK-47 de plástico que dice “Dios lo bendiga, padre” pero el once de septiembre ya fue hace mucho tiempo (mucho) y ya nadie llora con los videos de la gente que se lanza y las torres que se hunden para siempre en nubes blancas.

No pasa porque el once de septiembre de 2001 el atentado fue en las torres Jiménez de Quesada, en Bogotá, y supongo que alguien dijo la noticia muy rápido y todos entendieron “Torres Gemelas” en vez de “Torres Jiménez”. Y el error es entendible.

Y el Mekong es un punto de nube, un color gris que suelta para atraer la borrachera de todos (todos los otros) que en el futuro ya se emborracharon en el río de aguardiente.

Doctor Goyeneche es un país que se apunta con sus manos (“tres cuartos” puede ser la república) y la ecuación, el ángulo de caída cuando era pequeño y jugaba a tirarse pepas de guamo en una cauchera con sus primos y los vecinos en el barrio Acevedo Tejada, junto a la ciudad universitaria y al ladito del Mekong, esos que se vestían todo de beige y no reían ni lloraban porque los sentimientos eran trampas de la pasión y la pasión es ego y el ego es vida falsa.

Doctor Goyeneche puede calcular la distancia y los ángulos, puede proyectar sus secretos y dibujar cada nube que saldrá chorreando agua café del río para montarse en una moto (1+1(Uno más uno)) y ser el dibujo en su cabeza que (se supone) significa “ecuación” y también “presidente de la república”.

Presidente de la república es una línea recta y la línea recta es 1+2, o sea, uno más uno.

En el mundo hay un territorio, es una república de gente silenciosa vestida toda de beige.

Los beige dicen ser superiores a los demás por su vida minimalista y sin sentimientos, en realidad son más insípidos que un huevo sin sal o un litro de babas.

Los beige no son de la república del doctor Goyeneche.

Los beige no van a votar a favor de construir un domo de latas de zinc para cubrir al río de la lluvia.

En la república de los beige los mensajes son directos. Lo más aburrido de ellos es que sus sueños están estructurados narrativamente.

Las matemáticas para los beige son lenguajes inalterables, caminos directos para hablar con Dios y preguntarle cómo hacer más plata.

1+1=Uno más uno.

Los cálculos con la mano, esa forma de cerrar un ojo y extender la palma en el horizonte.

Usar el pulgar como medidor espacial, como comparador de ángulos para el balance entre las nubes oscuras y el horizonte.

Fue en ese momento que se enteraron del exceso de huecos, de la plaga de huecos más bien. El doctor Goyeneche fue de inmediato a darle un informe al ministro de transporte.

Los huecos germinaban como turupes gordos y su elevación cambiaba diariamente (a veces más de una vez en el mismo día).

Las gotas de agua ensanchaban el Mekong, lastimosamente, este aún no era un río de aguardiente y el vendedor de cubos de hielo (ministro de transporte) no lograba entender la ecuación de las figuras.

El doctor Goyeneche se montaba en su buseta y llegaba cansado de una jornada intensa en el senado de la república. En ningún lado una calle en bajada, como si todas evitaran las superficies determinadas y una conspiración geológica quisiera taparle la mano medidora del universo a su proyecto visionario.

Las calles en bajada siempre evitarían el río.

Las calles se esconderían por la noche en el agujero de sí mismas y tocarían la niebla del amanecer en el río con señales rápidas, aruñando la calle paralela con sus proyecciones de puentes, domos de zinc, correlaciones entre la violencia, la ciudad y ambas orillas del cuerpo del Mekong. Los beige se referían a esta práctica como “Matemática”. Según ellos, el incidente de uno más uno era una señal de la más profunda aberración.

En ese entonces la gente empezó a caer sin hacer ruido. A pesar de que los accidentes en moto eran comunes y tanto los vendedores de coco y mango tajado a diez mil kips, como los revendedores de lotería china, e incluso los que ofrecían jugo de naranja con enano pichón y cucharas metálicas para soplar perico se caían todos los días contra el asfalto de la calle paralela, aún así, nada ni nadie emitían el más mínimo ruido.

Empezaron a convencerse de que las capas del río eran hilachas de piel vieja que se arrancaban con los dedos y se masticaban con los dientes frontales, sin sabor, pero dejando una textura progresiva de placer repetitivo en la boca.

El doctor Goyeneche habló con el vendedor de hielo. Tuvieron una reunión rápida en el museo que se construyó para conmemorar la caída de uno más uno, ese choque molecular que cortó el telón longitudinal que tapaba al mundo invencible, ese que había existido a pesar de los vacíos cuantificables. En aquel mundo, el Mekong tapaba dos repúblicas: La beige y la del aguardiente.

El ministro de transporte dio la noticia después de su reunión con el doctor Goyeneche.

Se lanzarían bombas atómicas desde la cima de las calles (las encaramadas) en el momento corto y milagroso en el que el suelo dejase de germinar a su mero capricho todo lo que se le daba la gana. Las bombas atómicas matarían al Mekong, por lo menos.

Con el techo de zinc (apenas en etapa de planeación y estructuración financiera) se taparían los hongos de energía fuerte que totearían las nubes y bagre despedazado que caería ya cocinado, acaso chamuscado, acaso en cortes rectos de filete, para ser contados, inventariados y distribuidos según la matemática de los beige en la república lineal, ese lugar al que apunta el doctor Goyeneche con la boca, mandando un beso de pato con ácido hialurónico, cuando chupa una pepa de guamo: “Ya no vamos a volverlo un río de aguardiente. Pasado mañana el Mekong será una autopista a doble carril”.

Y así se hizo. Los beige no se quejaron.

Para los beige el cuadrado era eso, una figura. Las manos eran entendidas como instrumentos ceremoniales, no escalas ni reglas ni medidores territoriales o alternativas expresivas al dolor de un mundo hundido, tan achicopalado y tan lejos del agua.

Los beige eran aburridos, repetían como un mantra que uno más uno es igual a dos.

 

Luang Prabang, Laos, 2025.




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