libra de cuajada y penca de sábila
Una señora
embutida, carita caída, escribiendo en su celular (todo mayúsculas) que gracias
a Dios el presidente le va a dar bala a los comunistas, los ateos, los
maricones y los de nariz torcida. Menos mal. Todo mayúsculas porque los horripilantes
que no se hicieron la rino con el doctor Martínez ni fueron donde Martica
Esguerra que les pone polvos reafirmantes con ácido hialurónico y embrión de
codorniz diluido en la cara y ella les da besitos y todo divino-divino-divino
como sus tetas caídas y su cara de bulto en páramo dando las gracias (gracias a
Dios) por el tumor en el ojito de Ernesto que lo hace parecer una papa
estallada, un John Travolta escondido en los cerros orientales poniéndose
camisetas de la selección Colombia que le dejan el ombliguito peludo al
descubierto (Adonis) y John Travolta de los cerros saca su penecito, su botón
diminuto, su tripita colgante que se agarrara con índice y pulgar y se pajea
pensando en Marujita Toloza cuando protagonizaba “Amazonas” y se ponía un
vestidito de hojas (Brigitte Bardot subdesarrollada (por eso mismo más bonita))
y hacía con las manos el baile de la guayaba y la sobrebarriga flotante, del
eructico suave antes de dormir y sus axilas matriculadas a un olor de lácteos y
penca de sábila (excelente para la digestión) y la señora embutida, la
casi-caída, con su piel de libra de cuajada, la misma, con su personalidad tan
bogotana de polillas y porcelanas baratas llenas de polvo y mueca de trompetas
creciendo, creciendo siempre en su nariz cubriendo las mejillas y olvidando los
besos que le dio Ernesto cuando era un John Travolta sin reflujo crónico,
cuando su carne no era plasta olorosa de mal aliento y clasismo acercándose al
cuello de la enferma que asigna las citas y decirle que está bonita y que el
clima está muy frío últimamente y que su boca será el final de la poca belleza
que queda en este mundo, en esta ciudad, en la llanura de la sala de espera con
un televisor sin sonido que pasa el programa de la mañana, después el sorteo
del guayacán de oro y después la información sobre la última masacre, allá
lejos, en ese sitio al que nunca irán porque hace mucho calor y hay muchos
mosquitos.
Y hay una señora,
una señora embutida en su ropa. Una señora más insípida que un vaso lleno de
babas. Una señora tan insignificante que hace más falta cuando está.
Y entonces el televisor
en la sala de espera pasa un resumen de la situación. Hay comunistas y ateos y
maricones y gente con la nariz torcida y gente fea. Mucha gente fea que pasa
rápido por la pantalla de la casi-caída y ella mueve el dedo rápido, hacia
arriba, para que le salgan perritos o conejitos o puentes flotantes que
construyeron allá lejos, en un allá lejos que es más lejos porque es otro país
en oriente donde fue Ernesto a visitar una nieta que no le colaboró con el
votico al candidato de plástico que les iba a regalar a todos los colombianos
una finca con piscina y tobogán gigante porque es un derecho universal ir a una
finca a dormirse en el borde tomando cerveza sin gas; correcto. Y entonces todos
los puentes flotantes se construyen allá lejos porque acá sólo hay comunistas,
ateos, maricones, gente con la nariz torcida y gente fea que no le asigna sus
exámenes a tiempo y la pobre, la embutida, la casi-caída, tiene que dormirse en
la sala de espera eructando el kumis y la almojábana y la changua con mucho
cilantro y el queso y todos los lácteos que se expulsan en su crónico olor a
leche podrida, a queso dañado, a libra de cuajada y penca de sábila y manos
babosas y mucha baba al pronunciar cualquier letra sibilante; eso mismo. Y el
borde de su boca ya es un estanque que escurre baba mientras ella se duerme,
señora mal embutida, en el sofá de la sala de espera mientras la enfermera le
recuerda sus derechos y deberes como paciente.
Ni más faltaba.
Mientras matan
gente en este o en otro lado, en otro allá lejos que ni idea porque como acá
uno no se entera de eso sino sólo cuando el comediante de la ruana dice que hay
un país que se llama “Chupamestepenco” y carita-caída se demoró tanto tiempo en
entender el chiste, tanto tiempo en comprender que Fernandito le estaba mamando
gallo cuando le dijo: “Para esa gripa tiene que ir a una farmacia y pedir
Kenal, es un medicamento muy bueno, pero tiene que pedirlo en gotas” y
carita-caída iba de droguería en droguería diciendo: “Buenas, sumercé. ¿Tiene
Kenal gotas?” y tanto que se demoró ella en entender el chiste, tanto que se
demoró ella en darse cuenta que el candidato de plástico no le iba a dar una
finca con piscina y tobogán gigante como le prometió a todo el mundo, tanto que
se demoró en recibir la orden para hacerse sus exámenes y es el colmo.
Sí, es el colmo.
Es el colmo que haya tanta gente fea en el mundo.
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